Untouchable (Intocable) | Crítica Pena de documental

Harvey Weinstein, custodiado por la policía, en una imagen reciente. Harvey Weinstein, custodiado por la policía, en una imagen reciente.

Harvey Weinstein, custodiado por la policía, en una imagen reciente.

Mientras el absuelto Kevin Spacey se pasea por Sevilla dejándose fotografiar con la tuna (allá él) y arrecian por oleadas las denuncias contra nuestro Plácido Domingo por conductas poco apropiadas o abusivas con algunas colaboradoras, llega a la cartelera el documental sobre el que sin duda ha sido el principal objetivo y pieza cobrada de la campaña #Metoo, el todopoderoso productor cinematográfico Harvey Weinstein, creador allá por los primeros noventa del imperio Miramax que revolucionó la industria de Hollywood desde los márgenes de la independencia.

Si un día fue un nuevo Rey Midas y una figura intocable, Weinstein es hoy por hoy a los ojos de la prensa, de sus denunciantes y de la correspondiente turba viral el monstruo por excelencia, la bestia inmunda que, sirviéndose de su poder casi omnívoro en el sector, medró y campó a sus anchas también en el ámbito privado, haciendo del acoso, el abuso sexual e incluso la violación prácticas sistemáticas que las declaraciones de sus víctimas y las investigaciones periodísticas y judiciales no dudan en describir como patrones de comportamiento a lo largo de los años, ya incluso desde sus primeros pasos profesionales como promotor musical.

Si ya aquel libro de Peter Biskind, Sexo, mentiras y Hollywood: Miramax, Sundance y el cine independiente (Anagrama), dejaba entrever la cara más siniestra del personaje en tanto que profesional con pocos escrúpulos y muchas ambiciones, este documental pasa rápido por la juventud y la carrera de éxitos de Weinstein para ir al meollo de las denuncias de un puñado de mujeres con nombres y apellidos, entre ellas antiguas colaboradoras o actrices conocidas como Paz de la Huerta o Rosana Arquette, que describen encuentros y situaciones violentas con el productor con todo detalle y bastantes visos de credibilidad, aunque no es menos cierto que las únicas pruebas y evidencias que aquí se aportan son unas grabaciones de la voz de Weinstein recogidas en contestadores automáticos que indican su ansiedad e impaciencia por hablar o resolver ciertos asuntos con sus interlocutoras.

Estamos por tanto ante el clásico documental denunciatorio que, como el reciente Finding Neverland, sobre Michael Jackson, sólo da la voz a una de las partes, aunque en este caso son muchas de un mismo lado y sus testimonios corroboran ciertos patrones de comportamiento, sin que podamos escuchar apenas argumentos de defensa o autodefensa más allá de alguna declaración cogida al vuelo.

Funciona aquí también el todos sabían pero todos callaban y la aparente valentía de algunos excolaboradores e incluso amigos que abandonaron el barco a los primeros síntomas de culpabilidad del jefe, gentes que se ponen ahora delante de las cámaras tal vez intentando expiar sus propias culpas por las horas de más que pasaron junto al monstruo. Porque es un monstruo lo que emerge de este retrato parcial e indudablemente convincente en su estrategia discursiva de corte televisivo, montada a base de material de archivo, testimonios más o menos emocionados, músicas dramáticas y esas inevitables imágenes de drone para hacer transiciones que se han convertido ya en peaje obligatorio, tic y marca de calidad de todo documental que se precie.

A Weinstein, como a Spacey, como a Allen o como a Domingo, quién sabe, lo juzgará, condenará o exculpará la justicia correspondiente. Mientras tanto, la pena de telediario o de documental que no falte.