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Resquicios de formas de vida

  • El diseño industrial, el consumo, la preferencia de los jóvenes por otras labores y la escasa rentabilidad económica sesgan oficios de toda la vida que están a punto de desaparecer

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"Que prepare la yegua, dile al yegüero que mañana es la trilla del raspinegro...dale vueltas a la parva que es temprano y cuidado que salga muy limpio el pez del grano". Estas letras con sabor terruno se solían cantar por los campos andaluces al compás de una yunta de mulos. Actualmente, sólo se pueden escuchar en algunos escenarios flamencos, ya que quedan pocos agricultores que realicen estas labores con mulos. La siega y la trilla han sido sustituidas por máquinas dejando casi en extinción a la milenaria labor que regaba de sudor los surcos andaluces.

La poca rentabilidad económica, la mucha dedicación y la preferencia de las nuevas generaciones por un trabajo mejor han segado muchas profesiones de las que se sólo quedan resquicios. Esquilador, pastor, pregonero, tonelero, orfebre, costurero o cochero son algunas formas de vida cuasi extintas y que suenan a casi otra época para los jóvenes. Oficios de toda la vida que cada vez menos encuentran hueco y clientes en una sociedad dominada por el diseño industrial y el voraz consumo. Las profesiones normalmente suelen evolucionar en función de las necesidades del mercado. La tecnología y el modelo de economía capitalista empujan a la extinción de oficios tradicionales. El ritmo de vida acelerado parece ser incompatible con oficios para los que se requiere mucha dedicación y amor por el detalle.

Herreros, alfareros, hojalateros, esparteros, barberos y todos aquellos que trabajan con las manos viven días de decadencia y recesión. Los vestigios de estas profesiones recaen normalmente en personas mayores que trabajan sólo como hobby, por puro pasatiempo o lo hacen porque no pueden o no saben dedicarse a otra cosa. La tradición de estos trabajos se han transmitido normalmente de padres a hijos, de abuelos a nietos, aunque esta cadena se ha roto porque cambian los tiempos, por desidia o por el mismo deseo de los progenitores que desean una mejor vida para sus hijos.

Antonio Salmerón es uno de los 'últimos de Filipinas' de una profesión que ha pasado del galope al paso. Toda una vida junto a su coche de caballos dando viajes por Almería. Comenzó en la Puerta Purchena cobrando diez pesetas por porte, pasó por la calle San Leonardo y actualmente su particular parada se encuentra en la Plaza Circular.

Pasa muchas tardes esperando la llegada de clientes, sobre todo, de los turistas que arriban al Puerto con los ferries. El coste de un paseo durante tres cuartos de hora por el centro de la capital es de 20 euros. "Estoy tres o cuatro meses en verano y cada vez se va ganando menos en esto. Con este trabajo no se gana nada, ni para los caballos. Esto es hambre y compañía, lo tengo por tradición, por distraerme", comenta Salmerón.

El cochero almeriense está seguro de que su profesión está abocada a la desaparición. " Cada año va a menos. Antes se montaban mucho los alemanes, lleva ya unos años que hay poco trabajo", manifiesta resignado Antonio.

"Chicooooo, cucha el caballo, deja el tronco, chicooo". Le grita al équido que juega con un árbol cercano. Sus animales cada vez pasean menos por el centro de la capital. Salmerón recuerda con nostalgia cuando él empezó. "Esto era el taxi verdadero para ir al barco Melilla, a la estación de autobuses. Había 20 ó 30 coches de caballo y ganábamos dinero, pero ahora estoy muerto de risa", apostilla.

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