“La mujer ocupa el sitio que le pertenece”
8M
De la educación básica a ocupar despachos, laboratorios y escenarios: ellas se abren paso y reclaman su lugar
Ellas dominan las aulas, ellos, la cúpula: 45 años de cambio en la universidad andaluza
“Existen pocas armas en el mundo tan poderosas como una niña con un libro en la mano”, dijo la activista Malala Yousafzai antes de morir en un atentado hace 14 años. Por desgracia, muchas mujeres que hoy son abuelas no tuvieron la oportunidad de pisar la escuela. Ni siquiera le dieron la oportunidad de soñar con algo más allá de las cuatro paredes de una casa. La frase de Yousafzai resuena con especial fuerza –incluso con cierta desazón– si se toma como referencia la historia de Carmen Mochales, que camina con orgullo hacia los 94 años. Nacida en 1933 en Jaén, su infancia transcurrió entre libros que la hacían volar y tareas domésticas que la llevaban a una realidad truncada por una sociedad que no valoraba la educación de las niñas.
“La mujer en mis tiempos era nada más que obedecer. El hombre era el que mandaba y tú tenías que estar a sus órdenes”, recuerda con pesar. Su memoria viaja a una niñez en la que soñó con ser profesora y, de hecho, tuvo una maestra que habló con su familia para proponerles que siguiera estudiando. La conversación fue breve. “Mi madre le dijo que cuando terminara el colegio tenía que ponerme a barrer, buscar un novio, casarme y tener hijos”, apunta Mochales.
“Me gustaba mucho enseñar”, dice todavía. Sin embargo, perteneció a una época en la que estudiar más allá de la educación básica era una realidad remota para la mayoría de jóvenes. Como tantas mujeres de su generación, trabajó toda su vida como ama de casa, velando por la economía familiar y protegiendo a sus cuatro hijos como una auténtica guerrera. De hecho, afirma que siempre tuvo claro que no quería que su historia se volviera a repetir: “Quería que ellos estudiaran, yo lo deseé muchísimo y lo pasé muy mal no pudiéndolo hacer”.
Con el paso de los años ha sido testigo de un cambio profundo. Por eso, cuando mira el presente, su tono se tiñe de un evidente entusiasmo: “Ahora la mujer ocupa el sitio que le pertenece. En los últimos 80 años, la vuelta que ha dado todo es maravillosa”.
Muchas caminaron –y soportaron– para que las herederas de la historia pudieran –pudiéramos– correr. Las oportunidades que la jiennense no tuvo son las que hoy permiten que muchas mujeres desarrollen su carrera en ámbitos muy distintos. Porque siempre han desempeñado funciones esenciales en todos los sectores, pero su contribución no solía ser el centro del relato.
La visibilización no responde a una revolución súbita, sino a una conquista construida sobre referentes y oportunidades que se van abriendo paso en distintos espacios. Desde los escenarios musicales hasta los laboratorios científicos, pasando por los despachos empresariales y las explotaciones agrícolas. Las voces femeninas comienzan a ocupar lugares que durante generaciones parecían reservados exclusivamente a los hombres. Y todas tienen mucho que decir. Porque el camino que queda por recorrer todavía es largo.
La música, un escaparate más allá del escenario
Casi seis décadas después de que naciera Mochales lo hizo la cantante Marta Soto. La joven puntaumbrieña despunta en el terreno musical desde hace años. No han sido pocas las grandes estrellas que se fijaron en su talento. De Alejandro Sanz a Vanesa Martín. Con su tercer álbum –Reinicio– recién publicado, confiesa que dentro de la industria a la que pertenece “siempre hemos sido muchas”, pero “ahora hay más escaparates”.
Es una obviedad que el presente musical se escribe en femenino. Lo demuestran grandes voces como las de Rosalía, Lola Índigo, Queralt Lahoz, Ángeles Toledano, Nathy Peluso, Ana Mena, Bad Gyal o Samuraï. Por citar algunas. Pero más allá del escenario, Soto pone el foco en la trastienda. En esa parte que no se ve. Por ejemplo, cada vez es más frecuente llegar “a un concierto o al estudio y encontrar a una mujer al mando de la mesa de sonido”. Comienza a normalizarse que ellas sean técnicas de sonido, responsables de iluminación y profesionales del audiovisual. Según la compositora, “ver a otras mujeres desempeñando” este tipo de trabajos “anima a las jóvenes a imaginarse en esos puestos”.
El arte cambia su relato
Esa misma idea –la importancia de verse reflejada– aparece en otros ámbitos creativos como el arte. Si durante siglos cuando se hablaba de grandes artistas, los nombres que aparecían casi siempre eran los mismos –Velázquez, Murillo Picasso o Goya– ahora figuran también Georgia O’Keeffe, Maruja Mallo, Yayoi Kusama, Ana Barriga y Cristina Lama. “Pintoras buenas ha habido siempre. Y ahora hay muchísimas”, asegura la artista sevillana Cristina Vázquez.
A su juicio, uno de los obstáculos más frecuentes es la inseguridad personal que muchas artistas arrastran durante años. El miedo a no valer lo suficiente. Sin embargo, la pintora que refleja con una profundidad sinigual en sus lienzos las playas que nos han visto crecer es clara sobre este tema: “Lo importante es creer en lo que haces y transmitirlo con convicción”.
Referentes de la ciencia
La importancia de la visibilidad y el reconocimiento aparecen también en el ámbito científico aunque con distintos matices. La investigadora Raquel Ajates, científica titular en el Instituto de Estudios Sociales Avanzados del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en Córdoba, prefiere reformular una idea muy extendida: la invisibilidad de las científicas.
“Es importante aprender a nivel individual e institucional, qué tipo de sesgos continúan sucediendo, para identificarlos y corregirlos”, sostiene y valora que la responsabilidad de hacerlo “es colectiva”. La científica, que pasó 17 años viviendo en Reino Unido antes de regresar a España, hace especial hincapié en que “no hay falta de talento femenino en la ciencia”, sino “espacios seguros y oportunidades”. “La prueba está en que cuantas más oportunidades han tenido las mujeres para estudiar y para entrar en ámbitos científicos, más referentes femeninos hay”, reflexiona.
La brillante carrera de Ajates evidencia que las redes profesionales, las oportunidades de colaboración y los espacios donde se toman decisiones estratégicas ejercen una enorme influencia en las trayectorias científicas. También los “sesgos silenciosos”, tienen mucho poder en la investigación: “a quién citas en un artículo, a quién invitas a participar en un proyecto o a quién propones para un comité científico”. Factores que deben “identificarse y monitorearse para seguir avanzando”. La experta no duda en citar “una idea clave” de la periodista y Secretaria de Estado del gobierno francés entre 1974-1977, Françoise Giraud, quien manifestó que “habrá igualdad cuando haya tantas mujeres mediocres en puestos de poder como hay ahora hombres”.
Su colega Lola Yesares, geóloga del Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra ha vivido otra de las dificultades que aún persisten en la ciencia: mantenerse en la carrera investigadora a largo plazo. Más allá de la universidad.
Desde que comenzó su trayectoria, en 2007, en la Universidad de Huelva, su experiencia ha estado marcada por la escasa presencia femenina en su disciplina. De hecho, recuerda que en su primer departamento apenas había dos mujeres entre el profesorado y el personal investigador.
La experta dibuja un problema que no reside en el acceso de las mujeres a las carreras científicas, sino en la dificultad de mantenerse en ellas a largo plazo debido a la dedicación que requieren. Mientras en las aulas universitarias el número de estudiantes de ambos sexos es relativamente equilibrado, la diferencia aparece más adelante: cuando la carrera investigadora exige largos periodos de estudio, estancias en el extranjero y una competencia constante por consolidar una plaza estable.
“No he sido madre porque, en mi caso, no era compatible con la carrera investigadora”, confiesa. Aunque sostiene que se han tomado medidas, la cuestión no atañe a los centros de investigación, a las empresas o a las instituciones. Es mucho más profundo: “Hasta que el cuidado no lo asuman los hombres y las mujeres por igual, esto va a seguir siendo así”.
Abrir camino en la empresa
Por su parte, Ana Belén Morales, directora comercial de CaixaBank en Sevilla, ha sido testigo directo de la fuerte transformación en el sector financiero durante sus más de dos décadas de carrera profesional. La granadina recuerda perfectamente cuando ser mujer en determinados puestos significaba abrir caminos donde antes no existían: “Muchas veces he sido la primera directora o la primera subdirectora”. Frente a ello, el panorama ha cambiado de forma sustancial. Así lo evidencia su propio equipo directivo, en el que la mitad de las responsables de área son mujeres. “Siempre me he sentido muy apoyada por la entidad, pero eso no quita que es un camino que hay que seguir abriendo”.
Comprometida con un liderazgo cercano, orientado al cliente y al desarrollo de los equipos, la directora representa el papel cada vez más relevante de la mujer en posiciones de alta responsabilidad dentro del sector financiero. “Cuando empecé, el reconocimiento de la sociedad o del tejido empresarial no era el mismo, pero la profesionalidad y la fuerza de las mujeres han hecho que los clientes y el sector nos reconozcan como interlocutoras super válidas”, recalca Morales.
Aun así, la directora identifica un obstáculo menos visible: la presión que muchas profesionales sienten a la hora de asumir responsabilidades. “Muchas dudan antes de aceptar un puesto, porque sienten que tienen que demostrar constantemente su valía”, señala y hace hincapié en que el desafío pasa por cambiar esa percepción: “Tenemos que convencernos de que se puede ser buena madre y buena directiva al mismo tiempo”.
La agricultura, un reconocimiento histórico
Y de las finanzas a un ámbito totalmente diferente: el de la agricultura. La presidenta de ASAJA Sevilla, María Morales, resume la situación con una idea sencilla: las mujeres siempre han estado presentes en el campo, pero “en la sombra”.
Mientras los hombres acudían a los mercados o figuraban como titulares de las explotaciones, ellas se encargaban de la contabilidad, la organización del trabajo o la gestión diaria de la finca.
Una realidad que, según Morales, ha cambiado totalmente porque hoy cada vez es más habitual verlas al frente de explotaciones o coordinando equipos. “El campo, que es un sector tradicionalmente masculinizado, cuenta con mucha presencia femenina”, asegura.
A pesar de ello, el camino continúa y debe empezar “en las aulas”. “Las niñas tienen que crecer sabiendo que pueden dedicarse a lo que quieran”, sostiene con fuerza.
Un camino que no acaba
Las historias de estas profesionales evidencian un avance que ha ido construyéndose poco a poco. Cuando Carmen Mochales escucha hablar de científicas, directoras financieras o agricultoras, sonríe. Aunque reconoce que hay ciertos aspectos del mundo actual que le sorprenden, observa con ilusión un mundo distinto. Uno en el que muchas mujeres ocupan espacios que antes parecían inaccesibles.
Y aunque todavía quede camino por recorrer –se hace camino al andar–, para ella el cambio es evidente: las mujeres ocupan, al fin, el lugar que siempre les correspondió.
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