Edad Media

El rey de los concejos

  • A Fernando III se debe la conquista de la Andalucía del Valle del Guadalquivir. Configuró el paisaje social y la organización política de pueblos y ciudades inspirado en el Fuero de Toledo. La nobleza se instala ya en el poder local

Dicen que cuando un emir árabe visita Sevilla y pregunta quién es la figura ecuestre de la céntrica Plaza Nueva no se responde que es Fernando III, El Santo, el conquistador de Córdoba (1236), Jaén (1246) y Sevilla (1248) y un largo etcétera de territorios tomados por ejércitos cristianos. Al catedrático Manuel González Jiménez no le consta que esta leyenda urbana sea cierta, pero tampoco le extraña. “Los musulmanes que nos visitan saben muy bien quién conquistó Sevilla. Mejor que muchos sevillanos”. Quien así habla es uno de los máximos referentes del medievalismo contemporáneo y profundo conocedor de la figura de este monarca, que configuró el paisaje social y la organización política de los pueblos y ciudades andaluzas.

Situemos la escena. Desde que Pelayo, un noble visigodo que ha sido elegido rey, derrota en el 718 al ejército musulmán en la batalla de Covadonga (Asturias) hasta que Fernando III, rey de Castilla y León, entra con sus tropas en Baeza (Jaén) en 1227, han pasado cinco siglos. El reino nazarí de Granada, que ocupa también Málaga y Almería, es el último reducto islámico en la península Ibérica. No será hasta enero de 1492 cuando el rey moro Boabdil entregue las llaves de Granada a los Reyes Católicos.

La conquista y cristianización de Al-Ándalus supone la gran empresa de Fernando III, que completaría más tarde su hijo Alfonso X. La desintegración del Califato almohade y los pactos con los poderes locales andalusíes explican el gran paso adelante de la conquista cristiana y destacan la valía como negociador del rey castellano. “En los casos en que los moros opusieron resistencia, como en Córdoba, salieron con lo puesto. Pero en el caso de Sevilla se les dio un mes para que se fueran y en pueblos como Carmona se quedaron durante siglos, porque eran útiles. Herreros, carpinteros o moros cañeros, que abastecían de agua a la ciudad a través de sistemas de acueductos subterráneos, eran provechosos en suelo cristiano para el funcionamiento de unas tierras repobladas con súbditos del rey venidos de toda la España reconquistada: Castilla, León, País Vasco...”, explica el catedrático.

La categoría del repoblador, caballeros hidalgos, caballeros ciudadanos o peones, marcaba el lote de tierra, más o menos rico, que le correspondía, que llevaba consigo la masa de jornaleros que trabajaban esas tierras. Es la época del gran proceso repoblador del Valle del Guadalquivir, del reparto de tierras y de agradecer con propiedades a nobles, hidalgos y combatientes a caballo la lealtad al rey. Fue una empresa monárquica y política que se convirtió en empresa popular: tierra que se conquista, tierra que se reparte.

Estos territorios se configuran en municipios organizados legislados por el monarca a través de un sistema de concejos andaluces, inspirados en parte en el Fuero de Toledo. En las grandes ciudades como Sevilla o Córdoba los regidores locales eran designados a dedo por el monarca y en las ciudades medianas, Andújar o Úbeda, eran los vecinos los que votaban al elegido para administrar las tierras, un simulacro de democracia tan breve como violenta. En unos tiempos en los que existía el esclavismo, sobre todo los cautivos de guerra en las zonas fronterizas, para elegir y ser elegible en los comicios locales, que tenían lugar cada año normalmente el día de San Juan, se debía tener cierto nivel de riqueza: una especie de sufragio censitario. Según el catedrático sevillano, “el voto lo ejercían todos los varones considerados ciudadanos o vecinos de la villa, es decir, los que residían en la ciudad y, lo más importante, aquéllos que contribuían a la reparación y construcción de sus obras y pagaban los impuestos reales. Las mujeres viudas al ejercer como cabezas de familia también votaban”.

Pero este atisbo de libertad en unos siglos de oscurantismo y temor al castigo divino se acabó pronto dejando paso a una época de intervencionismo municipal que perdurará a lo largo de toda la Edad Media. Y más. “El reino estaba dividido en tantos municipios, cada uno con sus propias reglas, que cada votación se convertía en una batalla campal. La vida local se dividía en dos bandos –lo más parecido a los partidos políticos locales del siglo XX en plena campaña– que articulaban tal serie de martingalas que cada comicio era un baño de sangre”, indica González. “El rey decidió entonces designar a una oligarquía para que controlara la vida municipal, garantizara el cobro de impuestos y las levas militares”, apunta.

El proceso de señorialización en la Andalucía del Guadalquivir se intensifica a partir de las segunda mitad del siglo XIV. Los beneficiarios serán las principales familias nobiliarias, como las distintas ramas de los Fernández de Córdoba, los Benavides de Jaén y los Guzmanes y Ponce de León en Sevilla, que acaparan cada vez más tierras, sinónimo de poder. Y quien lo prueba no quiere perderlo, y para ello servían todo tipo de connivencias. La Edad Media es un gran ejemplo. Prácticas como el nepotismo, la compraventa de cargos o la herencia de poderes de facto, con la aquiescencia real, estaban a la orden del día.

La Iglesia, impreganada del espíritu feudal y que en Andalucía se dividió en las mitras de Jaén, Córdoba, Sevilla y Cádiz, no era ajena a estas prácticas y prelados de la época combinaron religión y política o religión y guerra, “como el Arzobispo de Toledo en tiempos de Alfonso VIII”, apunta el catedrático sevillano. Había que continuar la misión que inició Pelayo: cristianizar los ocho siglos de dominación árabe.

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