Jerónimo / Gallego / Izquierdo

El cirio

Ha sido, es y seguirá siendo por muchos años un elemento intrínseco de la Semana Santa, tan nuestro que no la concebimos sin su presencia, al igual que el incienso, las flores, las bandas de cornetas y tambores y los capirotes, pero con la diferencia de que a éste lo sentimos más cerca, más nuestro aún. En contacto con nuestra mano es el compañero fiel que está con nosotros durante el recorrido, desde que entras en el templo, antes de formarse la cofradía, hasta que regresas con los pies 'rotos' y la frente con la marca del capirote; con los guantes, la túnica y hasta la capa manchados de cera, sudoroso y frío a la vez por la madrugada. Carrera oficial y 'parás' incluidas.

El desajuste de un cirio pudo ser la causa de aquel tristísimo incidente a la puerta del Barrio Obrero, en uno de los episodios inolvidables en nuestra particular historia cofrade allá por los años 50. De pequeño, cuando empecé 'a salir de penitente' allá por el año 60, aún no había diferencia de tamaños, ni de colores, salvo 'los de Pasión' que eran rojos. El resto, todos blancos. Bueno, color de cera marfil. Ni tampoco eran 'enteros' ya que la mitad de abajo era de madera y encima un trozo de cera embutido en una agarradera de chapa pintada. Aquello tenía sus inconvenientes ya que si se te caía al suelo, cosa harto frecuente por demás, mismo desde que te lo ponías a horcajadas entre las piernas para atarte con las dos manos las cintas del capirote, o lo apoyabas en un banco para hacerle el nudo del cíngulo rojo a tu amigo Tete, que siempre lo llevaba flojo y cambiado de lado, si se caía, digo, podía empezar a partirse y separarse del trozo de chapa, con lo que te iba a dar la lata durante el recorrido.

Claro que si lo que pretendías era llevarte para casa el cabo sobrante para cuando 'se fuera la luz' o para 'jugar a las procesiones' por el barrio, a lo mejor hasta te venía bien que se fuera soltando, pero poco a poco, para que no se notara demasiado pronto y cuando pasara Manolo con el triciclo, recogiendo los que dejaban los que se querían ir ya a casa, después de salir de la Plaza Niña a la Avenida de Italia, antes de llegar al Punto, o al Matadero, tan sólo se llevase el palo, ya sin resto de ninguna cera. Y tu con el cabo en el bolsillo, como si fuera el bocadillo, o metido en el capirote.

El olor de la mecha quemanda, la cera derretida en la alameda Sundheim ya está encendido...

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