Tribuna

Manuel gómez Marín

La ruta del Trofeo Colombino frente al ostracismo

Un mes de agosto sin trofeo es restarle una gracia concedida al recreativismo fiel

La presunta celebración del LIII Trofeo Colombino debate su acción y efecto de sobrevivir sin fecha a partido único. Un mes de agosto sin trofeo es restarle una gracia concedida al recreativismo fiel. Y entiendo las dificultades por el apremio de todo lo que se cuece en el Decano. Pero, con todos mis respetos, es como si las Fiestas Colombinas se celebraran en el mes de octubre. Y es que pierden su esencia y los rasgos propios de su origen. El fútbol del verano tenía un trono de tres reyes intocables: Teresa Herrera (1945), Ramón de Carranza (1955) y Colombino (1965) con el reclamo de los mejores equipos mundiales, igual que una Champions League mediática del estío.

El Trofeo Colombino nació del orgullo y la soberbia de José Luis Martín Berrocal, que siendo presidente del Recreativo se empeñó en competir con los gloriosos Teresa Herrera y Ramón de Carranza con la puesta en escena en la programación de las Fiestas Colombinas activando un triangular de los clubes decanos de España, Francia (Racing de París) e Italia (Génova). Del crédito a estar vivo de milagro por la falta de empatía.

El trofeo del "fútbol-fútbol a orillas del Tinto y del Odiel" me trae muy gratos recuerdos desde mi etapa estudiantil en el instituto de La Rábida en la cuesta del Conquero (una joya histórica fundada en 1856), cuando de la paga semanal hacía el sacrificio del ocio para los seis pagos fraccionados del abono y llegaba con mi bocadillo dos horas antes a la puerta del gol sur para coger el mejor sitio junto al córner de vestuarios. Y al final del primer partido, a correr a la puerta de espera para la segunda semifinal ¡qué tiempos más felices! Y también en mi período de prácticas en el desaparecido diario Odiel (1935-1984) hice mi primera entrevista en la edición XVI (1980) a Manuel Meler, presidente del Español. Hoy el Trofeo Colombino está en el diván: una dura etapa para eludir el ostracismo.

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