Las raíces de Europa

Éste es un libro de poeta. Pero no por lo que pueda tener de improvisado y azaroso, sino por cuanto hay en él de fina intuición y estampa perdurable. Al cabo, el ámbito natural de la poesía es la concisión y una viva inteligencia. Y por otra parte, con Un bárbaro en el jardín, el polaco Herbert se incardina en una fértil tradición de poetas que han frecuentado con exclencia el ensayo: Yeats, Cernuda, Pavese y tantos otros.

No hace mucho glosábamos aquí Autobiografía sin vida, último libro del poeta y ensayista Azúa, donde los caballos de la cueva de Chauvet, pintados hace 30.000 años, le servían para dar una visión amarga y desolada del arte. En Un bárbaro en el jardín, sin embargo, son los ciervos y búfalos de Lascaux, datados en el Auriñaciense, quienes permiten atisbar a Zbigniew Herbert la extraña grandeza, la hermosa tragicomedia de lo humano. Uno y otro, Azúa y Herbert, se interrogan ante el hecho misterioso de estas pinturas. Pero las conclusiones, fundamentadas y eruditas, divergen sustancialmente. Donde Azúa traza una historia del extrañamiento y el tedio, Herbert encuentra un fabuloso impulso hacia la vida y su secreto. Las páginas dedicadas a Siena, a las catedrales de Francia, a Piero della Francesca, son bellas, alegres, sutiles y memorables. También aquéllas que dedica al infortunado fin de de los Templarios y la herejía albigense, cuyo destino y controversia nos muestran a lo vivo las fuerzas que operaban en la Europa de la Edad Media. De igual modo, el estudio dedicado a Il Duomo de Orvieto muestra una rara sabiduría; no sólo la propia del diletante, del hombre cultivado, sino la de quien conoce el oficio y las técnicas del artesano. Lo cual, tratándose de un libro de divagaciones artísticas, añade un infrecuente gozo material a la inteligencia poética.

Aun así, Un bárbaro en el jardín no es, en ningún caso, un tratado canónico de arte. Son notas y especulaciones al paso de sus viajes por Europa. Notas de una sencilla vivacidad y un profundo amor a cuanto contempla. Notas, en fin, donde al cúmulo de sus saberes, Herbert añade la alegre improvisación, amiga de lo extraordinario, del caminante sin rumbo.

Zbigniew Herbert. El Acantilado. Barcelona, 2010. 281 páginas. 22 euros.

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