Una lectura del arte del siglo XX

  • La ampliación y reordenación de la colección del Reina Sofía permite recorrer secuencias de la creación española reciente

Museo y colección de arte son históricamente sinónimos. Napoleón en 1793 abrió el que fuera hasta la Revolución palacio real para ofrecer allí al pueblo soberano las grandes obras de arte antes recluidas en palacios o iglesias. Treinta años después se inicia la National Gallery. La alimentarán el mercado y las donaciones, pero la intención es la misma: una colección pública. Una oferta pública del arte, en este caso el del siglo XX, la cumple ahora la colección del Museo Reina Sofía, ampliada y reordenada.

No era fácil hacerla. Nuestra cultura ignoró durante casi tres décadas que hubiera algo llamado arte moderno. La única excepción, Barcelona, dejó de serlo al restringir el dictador Primo de Rivera la autonomía municipal y acabar así con las muestras que organizaba el ayuntamiento y ciertas asociaciones culturales. Mientras en Madrid, el Museo de Arte Moderno no iba más allá de Zuloaga. Las cosas cambian con la República, al dirigir ese museo el crítico Gutiérrez Abascal, Juan de la Encina. Una exposición de Max Ernst en 1936 es el canto de cisne de esos años. Después, con el franquismo, las iniciativas de Eugenio D'Ors (1942-1954), tan eficaces como restringidas, y las de González Robles en apoyo del informalismo español, concebidas sin embargo como fachada al exterior más que como fermento en nuestra propia cultura. Con un pasado así, una colección de arte del siglo XX para un museo iniciado en 1988 parecía un imposible.

Pese a ello, la actual disposición de la colección permite recorrer secuencias del arte español del siglo XX con potentes contrapuntos de obras internacionales significativas. Se estructura en cuatro secciones que muestran las inflexiones del arte de nuestro tiempo. La primera se centra en las vanguardias históricas (de Anglada Camarasa y Nonell hasta la Guerra Civil), sigue con la modernidad tardía (años de la segunda postguerra: de Rothko y Tàpies a Yves Klein y el Equipo 57), continúa con las transformaciones de los años 60 bajo el título de cambio de paradigma (arte pop, minimalismos, arte por ordenador y conceptualismos) y finalmente las iniciativas contemporáneas: Muntadas junto a Cindy Sherman o Dan Graham, reflexiones sobre la violencia (como las de Farocki o Mike Kelley, presentes en la segunda Bienal de Sevilla) y una concisa pero excelente muestra de pintura actual: Richter, Gordillo y Hernández Pijoan junto a un Barceló, a menor nivel que los anteriores.

Así concebida, la colección ofrece orientación al aficionado, es de obligada visita para cualquier estudiante (no sólo de arte) y da que pensar al estudioso. No se limita a la sucesión de obras, sino que las contextualiza con documentación, relación con el cine y la fotografía, y paralelos entre autores españoles y propuestas internacionales. La colección adquiere así tinte de archivo: valga como ejemplo el Gernika. Al contexto que ofrecían los bocetos preparatorios se añaden fotos de su elaboración, hechas por Dora Maar, y se expone, además con el correlato de Las Hurdes, el filme de Buñuel, la maqueta del pabellón español en la Exposición Internacional de París (de Sert y Lacasa) y fotos, dibujos y carteles de la Guerra Civil.

Hay, por tanto, un criterio que señala las discontinuidades en la idea de arte, de un lado y de otro, documenta las obras con elementos que atestiguan la dimensión social, cultural y política de la praxis artística. A ello se une la reciente adquisición de obras necesarias (La caja verde de Duchamp) y otras importantes como las de Schlemmer (coreografías de la Bauhaus), Picabia y Judd, entre otros.

No faltan los problemas. Uno de ellos es reverso del mismo esfuerzo realizado: la amplitud de la muestra puede obstaculizar una apreciación unitaria de la colección. Otra dificultad nace de ciertas asociaciones entre artistas: reunir en la misma sala al Equipo 57 y a Palazuelo puede que sirva de contraste (del que, sin embargo, no se da explicación) entre ideas muy diferentes del arte geométrico, pero lo que carece de sentido es asociar a Carmen Laffón (con una obra poco representativa de entre las que tiene el Museo) con Antonio López. Aquí el criterio se sacrifica al viejo afán etiquetar y clasificar.

Quizá tuviera interés que, más adelante, se propusiera sucesivamente a diversos especialistas (no sólo españoles) otras ordenaciones de la colección: los buenos criterios (como sin duda es el actual) no son por ello únicos y a estas alturas hemos aprendido (no sin trabajo) que criterios y valores son plurales y las más de las veces contradictorios.

Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía. Santa Isabel, 52, Plaza de Carlos V, s/n. Madrid.

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