Salvador Cortés, última medalla en la Feria de San Isidro

  • El diestro sevillano sufre una cornada limpia, menos grave, en el muslo izquierdo · Luis Miguel Encabo y Fernado Cruz estuvieron desacertados

Salvador Cortés ha sido el último en conseguir una medalla en este San Isidro que se ha convertido en una batalla campal, en el que cada día, en lugar de una crónica, ofrecemos un parte de guerra. Cornada en el muslo izquierdo, algo más arriba de la rodilla. Cornada limpia, lo que significa en el argot taurino que la herida producida que no afecta a órganos vitales. Sucedió con el astifino tercero, un toro que acabó orientándose. La faena de Cortés fue de más a menos, con dos tandas de derechazos, con la virtud de la ligazón. La cosa se torció cuando tomó la izquierda y surgieron varios enganchones. Fue por ese lado, cuando el toro hizo por el torero y le prendió. Le buscó con saña, cuando yacía en la arena, pero afortunadamente no volvió a calarle. Anteriormente, el galafate ya había propinado un varetazo en el muslo derecho al banderillero Juan José Domínguez, que también tuvo que pasar por ese taller de reparaciones que dirige perfectamente el doctor Máximo García Padrós y que, desgraciadamente, no acusa la crisis. Por cierto, que Luis Mariscal estuvo oportunísimo en un quite para que el funo no le corneara a Domínguez, cuando yacía en la arena. Encabo mató al toro de un bajonazo, a cambio de un tremendo susto. Estuvo a punto de sufrir un pitonazo en una axila.

El resto de la corrida tuvo escasa historia. Luis Miguel Encabo y Fernando Cruz se las vieron con toros deslucidos, cuando no complicados, sin brillar.

Luis Miguel Encabo banderilleó a sus toros, sin cuadrar en la cara. En su primero, también vivió un enorme susto cuando fue arrollado en un par de banderillas y tuvo que hacer la croqueta, rodando para no ser cogido. Con la muleta, trasteo insulso con el deslucido toro, que se había roto en dos puyazos larguísimos en los que no metió los riñones. Con el quinto, manejable, soso, y que fue a menos, el alcalaíno sólo logró un par de tandas, cortas -tres muletazos y el pase de pecho-, en lo que resultó una labor desabrida en la que dio un mítin con el verduguillo -casi una veintena de descabellos-.

Fernando Cruz, voluntarioso, estuvo muy desacertado con los aceros. Se las vio en primer lugar con un astado que a lo sumo tomaba un par de veces la muleta, a regañadientes y saliendo con la cara alta. Un bicho que fue desarrollando sentido y le complicó las cosas a Cruz. Con el descastado cuarto, el madrileño no tuvo opción al lucimiento. Y ante el aplomadísimo sexto, trasteo de trámite.

Espectáculo para el olvido con una medalla más en la honrada carrera del sevillano Salvador Cortés. La última medalla en este sangriento San Isidro.

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