Urkullu también vio la final

LA semblanza era tan previsible que se multiplicó en los periódicos del día siguiente. Política y fútbol, fútbol y política. Como cada periodista tiene su librillo, las conclusiones fueron de toda índole. España, la selección, por fin ganó. España, el país complicado, el puzzle plurinacional, tenía un nuevo espejo corrector en el que mirarse sin ver sus propios achaques. Y la ceguera implica en última instancia olvido. Qué buen método para entenderse.

Así está la cosa. Queremos que el fútbol nos saque las castañas del fuego y nos hermane ahora que no vale el viejo hermanamiento de la historia y parece casi obligatorio buscar nuevos lazos que sostengan el país. Imposible cuando la obcecación, que es otro tipo de ceguera, empuja a tipos como Urkullu a apoyar al rival, aunque ese rival no juegue con gente de su tierra y La Roja sí. Al pesimismo hispano, aparentemente jubilado tras la victoria, debería suceder la estupidez hispana, igual de arraigada y más difícil de extirpar.

Debe ser durísimo vivir un torneo como la Eurocopa con las emociones permanentemente castradas. Claro, el deporte también es cuestión de sentimientos, y Urkullu, como el resto del PNV EA, CiU, ERC e incluso algunos líderes y militantes de IU, no vive los colores que también a él representan no ya necesariamente como español declarado sino como habitante periférico y marginal del sistema que le beneficia [aunque no lo sepa, el País Vasco es una joyita del bienestar por su espléndido e intocable cupo].

Me lo imagino. Don Iñigo en casa, 20.45, arranca la final, España se paraliza pero su hogar conserva la plomiza normalidad de un domingo más. Escucha un grito colectivo procedente de hogares contiguos e igualmente acomodados. Gol. Comprende el significado porque en San Mamés y Anoeta se grita lo mismo. Si todos sus vecinos fueran nacionalistas, pensaría en Alemania y quizás hasta se alegraría. Tan perversa es la deformación afectiva. Como la hipótesis es falsa, como en su barrio acomodado conviven personas de distintos estratos ideológicos, sospecha inmediatamente. Mira intranquilo a su mujer. Baraja encender la tele y echarle un vistazo furtivo y desapasionado al partido.

Tras un formidable combate entre mente y vísceras, se decide. Agarra el mando y activa el aparato, que zumba antes de ofrecer imágenes desde Viena. Un 1 brilla en el casillero de España (Estado español no cabía en el estrecho marcador ideado por la UEFA), número redondo, mágico frente al contraste del 0 teutón. Algo se mueve en su estómago. Diablos, piensa, ha sido un pinchazo parecido a la felicidad. Apaga la tele y se toca la frente. ¿Fiebre? No puede ser. Es un tipo sano. Se cuida. Levanta piedras.

Los minutos pasan y sucumbe otra vez a la tentación. El árbitro pita el final. Asiste silencioso a la explosión de euforia. Se perfila su obsesión. Sabe cuál será la primera pregunta mañana, en la rueda de prensa. Tendrá que prolongar la contradicción. O el disimulo.

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