Los 'frikis' son garantía de votos en Eurovisión

  • El televotante, amparado en el anonimato, se decanta por el espectáculo heterodoxo, para esperanza de Rodolfo Chikilicuatre

"Los conejos viven en el bosque/ los gatos en la pradera/ y las cucarachas/ viven bajo las tejas...". Esta canción, interpretada en lánguida pose como Enrique y Ana en Amigo Félix, fue el sexto puesto en el Festival de Eurovisión de 2003. El austríaco Alf Poier, rodeado de animalitos de cartón, superó a los últimos representantes españoles. Los votantes repartidos por el continente le valoraron el buen humor, el surrealismo, el cutrerío prefabricado o su transgresión naif. Los televotantes, arropados en el anonimato y la risa en familia o entre amigos, tomaron la imprevista decisión. El actual modelo del festival de Eurovisión premia a quienes saben, con talento, dar la nota. El televoto popular y anónimo, instaurado hace diez años, ha sido no sólo el nuevo motor económico del programa (una pasta en llamadas), sino que ha revolucionado la forma de interactuar entre el espectador y el espectáculo. España lo ha vivido en sus carnes con la elección del salvador Rodolfo Chikilicuatre y su Baila el Chikichiki, caballo de troya de La Sexta en la cita exclusiva de La 1.

Hasta hace diez años la palabra sobre los votos nacionales estaba en manos de un jurado selecto, con nombre y apellidos, que pese a tener una vocación de representación intergeneracional, atendía a los cánones clásicos que fueron encorsetando el estilo del Eurofestival. Y nadie reconocería a la cara haber votado a un friki.

El grupo belga Telex, en 1980, presentaba una balada electrónica titulada Eurovision que ocupó el penúltimo lugar. El vídeo de esa canción, sin embargo, es en Youtube uno de los más vistos sobre la cita eurovisiva. El fracaso de Telex se convertiría ahora en un triunfo por su frikismo. ¿Le sucederá lo mismo a Chikilicuatre? ¿o al pavo Dustin irlandés y al Chiquito croata, 75 cts? Hay competencia.

El pseudocantante español lo tiene de todas formas difícil. Además del televoto, y su explosión de democracia guasona, la otra revolución eurovisiva fue la cimentación de grandes bloques de influencias en el conglomerado nacional del antiguo Telón de Acero, ajeno a Eurovisión hasta los 90. Un golpe de efecto cómplice, como pudiera ser un Chikilicuatre caído en gracia, podría abrir la puerta para que los votos al vecino se compartan con la sorpresa. Eso le pasó a los finlandeses de Lordi en su victoria de 2006. Hace tres lustros los monstruos no habrían pasado del puesto 20, el que han venido ocupando las convencionales representaciones de TVE. La excentricidad es garantía, aunque si es con calidad, se convierte en un cóctel perfecto. Así ocurrió con el transexual israelí Dana Internacional en 1997 o el pasado año con la lesbiana serbia Marija Serifovic. En segundo lugar quedó un digno sucesor del mejor Paco Clavel, el travesti ucraniano Verka Seduchka, con 235 puntos, un centenar más que el récord español, en manos de Mocedades en 1973.

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