Misericordia

Un milagro terrenal de madera de pino

  • El recogimiento y la sobriedad recorren las calles de la capital un nuevo Jueves Santo

El Santo Cristo de la Misericordia en su salida procesional del Jueves Santo. El Santo Cristo de la Misericordia en su salida procesional del Jueves Santo.

El Santo Cristo de la Misericordia en su salida procesional del Jueves Santo. / reportaje gráfico: canterla

Todavía permanece el monumental silencio en las estrecheces de las calles. Todavía se siente el calor de las gotas de cera color tiniebla derramadas en Rábida, Murillo y Vázquez López. Y también permanece ese misterio que envuelve al Santo Cristo de la Misericordia. Ese milagro terrenal que se explica con una alabanza emocional al ver a Cristo en la Cruz bajo un manto de lirios.

La cofradía de la Misericordia en la calle lo tuvo todo, algo que ya no es noticia sino una costumbre. De principio a fin, el cortejo se guarda en una retina cofrade bañada en ruán. En enigma y en sigilo. El recogimiento se engendra con el corazón de Huelva abierto de par en par. Es como el mundo al revés. El cielo en la tierra y la iglesia en la calle. El silencio sólo se rompía con dos sonidos inherentes de la cofradía. El muñidor que anunciaba la llegada del cortejo y el racheo de los costaleros que dejaban un rastro de fe a cada paso medido durante el recorrido. También solapó el silencio la voz rota de los saeteros que pedían sus promesas en la oración cantada por antonomasia.

Levantás a pulso en un paso que representa una alegoría sobre la misericordia de Dios. Santo Cristo en la Cruz, ambos labrados en madera de pino. La sobriedad sobrecogedora de toda la cofradía coloreó estampas diferentes con el descenso de la luz y la caída de la noche. Los puntos álgidos llegaron tanto a la salida como a la recogida, así como por su paso por Gobernador Alonso, Bocas o la Plaza Niña. Como es habitual, una organización cuidada y ordenada, desde el comienzo hasta el final del cortejo.

El Santo Cristo de la Misericordia recorrió la iglesia de la calle. Huelva abrió su corazón y se volvió a impregnar del milagro terrenal de cada Jueves Santo.

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