OPINIÓN LA CALLE POR AGUSTÍN RUIZ-ROBLEDO

La sorpresa andalucista

En septiembre de 1935 Blas Infante escribió una reflexión sobre el papel de la Junta Liberalista de Andalucía en aquella época, dividida entre los que preferían una actividad cultural de difusión de sus ideas para que nuestra tierra fuera “restaurada en la conciencia de sus hijos” y los que abogaban por dedicarse a la política con el fin de lograr una “Entidad de privativo poder” para Andalucía. Este enfrentamiento, entre lo que Infante llamaba la “eterna cuestión entre el saber y el poder”, la resolvió apostando por ambas al mismo tiempo pero sin presentarse a las elecciones, debido a sus malos resultados electorales anteriores. ¿Y cuál fue la causa de esos resultados? Las palabras de Infante –que hay que situar en su contexto histórico– suenan poco democráticas hoy día: los políticos republicanos al uso supieron manipular convenientemente al pueblo, “que tiene lo que se merece. El pueblo no quiso, pues allá el pueblo”. Setenta años después, el andalucismo político ha obtenido en las elecciones del pasado 9 de marzo sus peores resultados y sus líderes no parecen meditar sobre ellos inspirándose en las reflexiones de don Blas, o si lo hacen es para actualizar la parte más discutible de su discurso: la culpa del descalabro electoral la tiene el bipartidismo, nuestra militancia no se merece el resultado cosechado, el electorado siempre nos castiga con especial dureza, etcétera. Julián Álvarez y los suyos no han hecho el más leve asomo de autocrítica, más allá de un par de declaraciones de cortesía, vacías de contenido, como “mi continuidad es una decisión que deben tomar mis compañeros”.

Es completamente cierto que el bipartidismo ha estado más presente que nunca en estas elecciones. También es verdad que, como dice el profesor Pérez Royo, Andalucía se siente centro y no periferia, por lo que no es un terreno especialmente favorable para un partido nacionalista andaluz. No es menos cierto que, siempre que han podido, los dos grandes partidos han dificultado la marcha del andalucismo, incluso con fichajes sorpresa de algunos de sus líderes. Todos esos factores externos –y algún otro que me dejo en el ordenador– han contribuido a los malos resultados electorales del andalucismo. ¿Ya está? ¿No hay ni un solo error del andalucismo? ¿Ni un solo factor interno?

Francamente, no lo creo. Incluso más bien pienso lo contrario: el Partido Andalucista podría ser hoy día una de las grandes fuerzas políticas españolas si hubiera realizado una estrategia medianamente inteligente. Su voto negativo en el referéndum del año pasado sobre el nuevo Estatuto y su delirante coalición electoral del Yo voy de este año, tan atinadamente criticada por José Aguilar, son los dos últimos eslabones de una larguísima cadena de errores iniciada poco después de sus dos grandes éxitos: la brillante idea de un “Poder andaluz”, lanzada en 1975, y los cinco diputados al Congreso logrados en las elecciones de marzo de 1979. Recordemos algunos de esos errores: el cambio en el último momento (después de 14 días de decir lo contrario) de las alcaldías de Huelva y Granada por la de Sevilla en las elecciones locales de 1979; el pacto en septiembre de 1980 con Martín Villa para desbloquear la autonomía de Andalucía, a espaldas del PSOE y del PCE; la expulsión de un tercio de la militancia tras el III Congreso de diciembre de ese año; la atemperación de su componente de izquierdas y su conversión en partido “nacionalista” en el V Congreso celebrado en 1984; la defenestración de Pedro Pacheco tras el éxito electoral de las autonómicas de 1990, con éste líder como cartel electoral, y su posterior expulsión en 1992; la incapacidad de Antonio Ortega para transmitir una imagen propia a partir de su coalición con el PSOE en 1996, por no hablar de la apariencia de grupo de interés y en permanente pelea interior (nueva escisión de Pedro Pacheco). Si hay algo sorprendente en la trayectoria electoral del andalucismo es que, a estas alturas de su historia, aún 125.000 andaluces, el 2,8 por ciento de los votantes, le hayan dado su confianza. Por eso, a lo mejor todavía tiene futuro, siempre que –siguiendo al mejor Blas Infante– reflexione sobre sus carencias, construya un proyecto ilusionante y encuentre un líder solvente.

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