Los pilares de la iglesia de La Palma

  • El terremoto de Lisboa de 1755 destruyó el anterior templo de corte mudéjar levantado en el siglo XVI y hasta 1776 no concluyeron las obras de la nueva parroquia a la que se le imprimió el estilo barroco tardío

La arquitectura es, en ocasiones, mucho más que la belleza que encierra un edificio o la majestuosidad de la que hace gala un monumento o un complejo de edificaciones rematadas con excelente factura. A veces, gran parte del valor de esos monumentos radica en la historia que encierran sus muros y en la sucesión de acontecimientos que hicieron posible su alumbramiento o reconstrucción.

En La Palma del Condado, la iglesia parroquial de San Juan Bautista cumple a la perfección esta definición. De hecho, en el solar donde a día de hoy se asienta el edificio cristiano fue, en su tiempo, cuna de un templo de corte mudéjar que, según las estimaciones de los eruditos en la materia, pudo ser levantado en el siglo XVI.

Sin llegar a las vicisitudes que se vivieron en la genial novela alumbrada por Kent Follett, 'Los pilares de la Tierra', la historia de la construcción de esta parroquia no está exenta de sucesos extraordinarios, aderezadas por el concurso y la aportación de un rey, amén del esfuerzo humano y social por erigir el que desde entonces sería el emblema religioso del municipio.

De la primera parroquia no hay vestigios documentales que certifiquen de modo fehaciente la fecha de su construcción. Lo que no da lugar a dudas el de su defunción: el 1 de noviembre de 1755, a consecuencia del terremoto de Lisboa.

El Archivo Parroquial de La Palma del Condado detalla que: "siendo las nueve y cuarto de la mañana, cantándose los oficios divinos, antes de la Misa mayor", en la que se encontraban unas quinientas personas en su pórtico, "se levantó un terremoto tan fuerte y espantoso que duró un cuarto de hora", debido al cual se "cayó y arruinó" la torre de dicha parroquia, mientras que parte de ella se desplomó sobre los tejados de las naves anexas, abriéndose ante los despojos de escombros un agujero en los techos que penetró al interior, al tiempo que cayó "la torre y sus agregados, en donde estaba la celebre campana del reloj".

Ante tan magna tragedia, los cabildos eclesiástico y secular de la villa comenzaron a buscar el modo de financiar la reforma o construcción del señero edificio. Para esta 'lid' determinaron reunirse con el Rey Fernando VI, para lo cual reiteraban mediante epístolas que "se condoliera de tanta necesidad, y en esta atención se dignara a aliviar a dichos vecinos por los medios que tenga por conveniente, para que así puedan reedificar la referida parroquia".

Con la fe de que la ayuda llegará, se comenzó a realizar un balance de los daños que no fue nada halagüeño, al constatarse de que los muros de la torre, portada, presbiterio, capillas y cubiertas habían sido reducidos a escombros. Para valorar la magnitud del desastre y determinar la conveniencia de una restauración o la construcción de un nuevo edificio, el Maestro Mayor Tomás Zambrano realizó un primer y minucioso análisis de la situación. Su valoración fue tajante: no existe atisbo de reconstrucción, de ahí que abogará por acometer el proyecto de reforma desde los mismos cimientos. Para cerciorarse de tales extremos, el Arzobispado de Sevilla envió a su arquitecto Pedro San Martín, personalidad que corrobora las tesis defendidas por Zambrano y emite un informe técnico en el que se reafirma en la conveniencia de optar por un edificio de nuevo cuño y mayor amplitud, estimando el coste de las obras en 200.000 reales.

Los trámites se llevaron con tremenda agilidad y el mismo 26 de diciembre se coloca la primera piedra de la que sería la nueva parroquia, cuyo delineador será el propio Pedro San Martín, quien diseña la planta original de la iglesia.

Según consta en documentos de la época, en 1759 Pedro de Silva, maestro del Arzobispado desde 1756, asume el desarrollo de la construcción que ya se mostraba muy avanzada con el alzacubiertas de la iglesia, las portadas, los cuerpos superiores de la torre, las capillas y las dependencias parroquiales. Las labores de construcción continuaron su curso hasta que en 1768, fecha consignada en el frontispicio de la fachada principal, finaliza la fase constructiva, dándose el 5 de septiembre toda una batería de festejos para celebrar el acontecimiento y se traslado del santísimo a su interior. No obstante, no fue hasta el 1776 cuando Pedro de Silva anunció la finalización total de esta gran obra del barroco tardío de carácter sevillano.

Ni que decir tiene que la reconstrucción de la parroquia fue un acicate y un reto para mejorar el añejo templo. Las diferencias fueron patentes, no sólo se amplió las instalaciones hasta ocupar un área de 1.473 m2, sino que se mejoraron todos los aspectos constructivos amén de la ornamentación de torre, fachada y pórtico, entre otros elementos, que sufrieron una mejora significativa, si bien siempre habrá quien prefiera las líneas más anejas. Siguiendo los patrones de la época, el nuevo templo cristiano se definió con una disposición en cruz latina con forma basílica de tres naves, con la central más alta y ancha que las laterales. En el interior se cuidaron igualmente las formas y los detalles, como los espacios laterales con zócalos de azulejos de estilo trianero que recrean las estaciones del vía crucis.

El ábside es otro de los puntos de interés de la iglesia donde en la cabecera se muestra un mural pictórico a base de lienzos barrocos realizados por el pintor Rafael Blas Rodríguez, en la que se inmortalizan diversos momentos de la vida del titular de la parroquia: San Juan Bautista.

La gran factura pictórica de la que gozan dichos lienzos es extrapolable a de la bóveda del Sagrario Viejo, atestadas de leyendas latinas referidas a la Pasión de Cristo, obra de Rafael Blas Rodríguez. No obstante, quizás lo más notable e impactante para el visitante sea la excelente fachada principal, realizada de ladrillo visto, que en una superposición de planos nos demuestra el buen hacer y buen gusto de los maestros albañiles que trabajaron en esta magna construcción, orgullo del Condado y fuente de fervor religioso de los palmerinos.

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