El tren de la muerte

Es indudable que películas como Session 9 (2001) y El maquinista (2004) han proporcionado a Brad Anderson una peculiar personalidad para abordar un cierto tipo de cine fantástico de curiosos e inquietantes planteamientos psicológicos, que transmitían esas pautas de incertidumbre, paranoia o vulgar miedo que vive la sociedad actual, constreñida y soliviantada por una cierta inseguridad latente, una psicosis ciertamente inevitable. Algunos pueden criticar su última tendencia hacia parámetros más asimilables por una mayoría de espectadores que, en anteriores posturas, se hacía menos asequible, pero en todo caso obedece también a una relativa evolución en los planteamientos.

Y así nos traslada a otro ámbito no menos restrictivo en el espacio, si cabe, más, e igualmente claustrofóbico como es el tren, donde el director se mueve con envidiable facilidad. Incluso para manejar oportunamente una planificación compleja pero de gran peso específico en la apreciación estética o en su influencia sobre el ánimo de los espectadores. Y es en este vehículo tan cinematográfico como es tren, donde Anderson monta una compleja historia de intriga y seducción, que mueve con habilidad de prestímano, para animar la estrategia de un buscavidas embaucador, para lo que ha contado con un Eduardo Noriega espléndido, y con una Emily Mortimer conmovedora, como elementos muy válidos de una trama que teje sus hilos en el vértigo de un complejo ejercicio de virtuosismo fílmico.

Entramos así desde el más prometedor y estimulante punto de partida en un thriller muy singular, que sin grandes sobresaltos va entrando sin desmayo alguno en una narrativa cada vez más tensa y excitante, a la que sólo su excesivo metraje y ciertos aspectos un tanto inverosímiles de la parte final, le pueden restar la calidad de muchos de esos pasajes de auténtico cine en el que el espectador puede identificarse fácilmente con la angustia de la situación y el clima de esta desconcertante aventura en la estepa siberiana a bordo de un convoy ferroviario de destino incierto.

Se puede constatar la capacidad de Brad Anderson para componer un guión arteramente maquinado, pérfidamente astuto, para provocar continuos vuelcos o cambios de registro, sobre todo a la mitad de su desarrollo narrativo, no exento de sorpresas, algunas más coherentes que otras, pero que todas conjugan ese juego tan habitual en estos casos de lo inesperado, donde no todo es lo que parece y los roles se intercambian en una espiral tenebrosa e imprevisible. Bien todos los actores, donde destaca Eduardo Noriega, magnífica la fotografía y la ambientación en un escenario escalofriante no sólo por la continua presencia obsesiva de la nieve y el frío sino por la autenticidad dramática del entorno.

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