No toda apariencia engaña

En un mes presidido por el despropósito (del) Tripartito catalán, mis ojos críticos se han ensangrentado. Sangre. Roja. Y no gualda. No hay nada más abyecto que renunciar a tus raíces. No hay nada más amoral que engañar por confusión. No hay nada más beocio que desistir a tu paisaje. No a tu país, a tu paisaje, una sucesión de escenas contenidas en distintos cuadros que conforman una exposición nutrida por los siglos de convivencia. Hoy que todo es globalización, el necionalismo -sí, lo he escrito bien: necionalismo- vence merced a la estulticia de los ciegos espurios que dicen ver más allá de los arios ojos de la ira.

No entiendo de toros. No amo la sangre. Menos la muerte. No he ido más de siete veces a una plaza. El toro muere, cuando no mata o hiere, en su coso en buena lid con un matador. Sí, el torero es un matador, un gladiador secular, tan ancestral que ha dibujado la geografía de la península ibérica a semejanza de la piel del enemigo. Un enemigo fruto de la amistad y del mimo desde que nace. Un vínculo telúrico y sagrado que se pierde en el tiempo y que se gana en el respeto de dos vidas. Una de las dos se tiene que ir cuando no se indulta. La que se va hace triunfar a la que se queda.

El mundo mediterráneo está lleno de testimonios. En Iberia y en la Francia sur, el rito, liturgia y leyenda, está tatuado de fechas, de prodigios. En algunos rincones la marca ha desaparecido por falta de culto. En el resto es religión acunada por los ancestros, un lance bello que se hace Arte desde el paseíllo hasta el arrastre. Un fervor hecho vestido, grana y oro. Sangre de rojo, y no solo gualda. El toreo no es España, es Mediterráneo. Es historia de un pueblo (que son muchos). Es Goya, Lorca, Picasso o Barceló. El pasado no se puede matar (ni ocultar). La historia está para ser reflexionada, no engañada. Y el Tripartito, con su prohibición, toma el testigo de acciones ya vividas en algún lugar.

El que la tríada del Eje de la Generalitat haya herido de muerte el toreo, no así al toro que se festeja sin normas ni leyes en sus pueblos, al albedrío electoral de lo atávico, no significa que sorprenda a la apariencia. Esta tríada de la depuración es un engaño. Una apariencia catártica tan débil y falaz que es capaz de cambiar el dibujo de la piel de toro para confeccionar otra de cordero sin lazos de conocimientos del pasado. Berenguer era central de un equipo de fútbol charnego y Aragón no fue corona ni madre, vecino a anexionar, si es posible, por la vía del extravío balcánico. Henri-Levy lo denomina "una tontería asesina".

El jueves, tarde de canícula soberbia, marché medio desnuda al museo, aunque no me hubiera importado despojarme también del medio para sentirme más y completamente desnuda. Allí me esperaban las obras de Helena Kankan y Celia Bragança. Como sigo calentita de sangre por la estolidez del Tripartito, no quiero profundizar en dos cuestiones: la indecisa práctica del espacio y el no uso de estas exposiciones en el Hotel París. Le haríamos un gran favor al museo, hambriento de desarrollar su producción.

El juego de las apariencias se despertó una vez entré. Me recordó buena parte de la producción de Kanaan a una muestra propia que el museo produjo en 1991. La Exposición, se llamaba, y catalogada por Isabel Caride, del Museo del Prado, como una de las más didácticas e innovadoras de ese año en España. Paneles y marcos recreaban las distintas formas de exponer en los museos más importantes del mundo. En uno de esos paneles colgaban cuadros con trozos de telas que desbordaban el límite natural del marco. No había función artística, sólo referencial, reproductiva. Kanaan, en nuestra apariencia, frisa también ese límite y estira en su narración la piel de nuestra vida, una película que a modo de muda va describiendo la historia, con nuestras tristezas y alegrías.

Pero, si embargo, de las piezas expuestas en esta sala de matarifes que es la del Siglo XXI (perdón por la comparación pero viene bien para seguir con esta falsa apariencia de los toros y los animales de sacrificio) nos encontramos una obra significativa, muy interesante. Cuelga de una percha. Supuestamente, ensangrentada. Título: Vestido. La apariencia, en cuanto te topas con ella, el buey desollado de Rembrandt. O de Bacon. Y cuanto más la miro y giro alrededor de ella, más me recuerda. Espléndida. Las heridas de la vida en un vestido con hechura de mujer. Con heridas en la mujer. Desollada en vida por las apariencias de unos imbéciles.

Rembrandt plasmó, con una pincelada luenga, detallada y libre, la realidad del carnicero. En un fondo adumbrado por el claroscuro de corte aún caravaggesco se sitúa la mujer del matarife. En esa mujer podemos contemplar a los que viven de las apariencias falseando la realidad. Rembrandt exalta el protestantismo dominante, de notable ascetismo, de una sociedad triunfante que consagra el memento mori, "recuerda que eres mortal". El toreo, como el tripartito, es un memento mori: "comer, beber y ser feliz, porque mañana puedes morir".

Pla, que no era extremeño, sino de Palafrugell, decía que "el nacionalismo es como un pedo, sólo le gusta al que se lo tira". Aunque ese cantaor culero haya nacido en Córdoba o Huesca, por citar. El rey de Andersen iba medio desnudo. La apariencia era engaño. Un niño delató. El rey tiene nombre. Como el sastre burlón. Ambos forman parte del tripartito. Prohibir invita a mantener. Las cosas que no se practican mueren. La falta de culto mata la doctrina. Y esta solución es mucho mejor que prohibir.

Si el sol se lo permite, póngase para reflexionar el vestido que aparenta referenciar el buey desollado de Rembrandt. No engaña. Es creación. Es arte. Tempus fugit. El tiempo no solamente vuela. Olvida. A veces, mata.

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