El sexo de Fátima

  • Las prácticas sexuales de los moriscos se concebían lejos del pecado y como una forma de acercarse la divinidad donde las mujeres tenían tanto derecho al placer sexual como los hombres.

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Gozo, placer, disfrute de los cuerpos, cercanía con la experiencia espiritual y la divinidad. De esta manera concebían los moriscos las prácticas sexuales, unos modos que diferían de los cristianos viejos, quienes consideraban al sexo como algo sucio, pecaminoso y alejado de Dios si no mediaba el fin de la reproducción. Las mujeres moriscas, como transmisoras de la cultura de su pueblo, eran reverenciadas por los hombres, que veían en ellas y en sus cuerpos un modo de acercarse al Paraíso. Ellas tenían derecho al placer. Ildefonso Falcones, en La mano de Fátima (Ed. Mondadori), destaca este concepto de la sexualidad morisca, el vivido y disfrutado por una joven morisca dueña de la mano.

La prohibición de todas las costumbres y ritos moriscos por parte de las nuevas autoridades católicas llevó a este pueblo a ocultarse y eliminar los grandes fastos con los que celebraban las bodas, los bautizos y los entierros. Muchas son las leyendas que existen en torno a las prácticas sexuales de los moriscos, auspiciadas todas ellas por sacerdotes y teóricos cristianos viejos.

El tópico del sexo desenfrenado de los musulmanes conversos fue uno de los de mayor arraigo en las mentalidades cristianas, dando lugar a un imaginario sexual no demasiado católico. Aznar de Cardona, ilustre teórico contrario a los moriscos, afirmaba que "mantenían una fuerte atracción por el pecado de la carne", y describía a las moriscas como "prolíficas conejas".

Los cristianos viejos estaban totalmente convencidos de que los moriscos tenían una mayor propensión para el coito, y que entre las mujeres moriscas la disposición sexual era mayor, ya que no existía ni la figura de la monja o la beata ni el concepto de castidad. La poligamia era otro de los aspectos esgrimidos por los inquisidores, aunque inciertos porque parece que este uso, muy popular dentro del Islam, no tenía demasiada implantación entre la población morisca.

Los prejuicios de los cristianos viejos granadinos sobre la vida sexual de los moriscos iban mucho más allá. Situaban las prácticas sexuales de este pueblo lejos de toda sexualidad reproductora, saltándose todos los límites de las leyes divinas, naturales y humanas, para adentrarse en el mundo de los placeres contra natura, o sea la sodomía o también llamado "pecado nefando" y la lujuria desenfrenada.

Los autores del Siglo de Oro abordaron ampliamente esta cuestión de la sexualidad morisca, difundieron el doble error de que "los moros violaban la ley natural siendo incestuosos, bestiales y grandísimos sodomitas". Muchos moriscos murieron a manos de la Inquisición acusados de falsos delitos como este de la sodomia, sin saber que en las comunidades o aljamas los jefes, alfaquíes y alcadíes sobre todo ejercían una vigilancia muy estricta de los valores del Corán, castigando a sodomitas, malas mujeres, amancebados o bestiales -o sea, a los que se dedicaban a la práctica de la zoofilia.

El sexo en el matrimonio, que en el mundo cristiano se debía exclusivamente al mandato divino y destinado a la procreación, hasta no hace mucho tiempo cualquier tipo de placer era pecaminoso, dentro del mundo musulmán tenían su momento de mayor esplendor y relevancia, sin lugar a dudas, en la noche de bodas.

Las mujeres más ancianas arreglaban a la novia para la que decían era "la noche más importante de la existencia de una mujer". La preparación consistía en toda una ceremonia en la que perfumaban, alheñaban y vestían a la joven morisca para hacerla más atractiva a los ojos del marido.

Las moriscas se ilustraban sobre las prácticas sexuales a través de un antiguo manual, una especie de kamasutra, en el que se ofrecía a hombres y mujeres consejos y demás detalles encaminados a dar el máximo placer a sus parejas, libro que deja patente la importancia del orgasmo femenino.

El jardín perfumado es el título de ese manual sexual, donde el alfaquí Muhamad el Nafran y el Jeque Nefzaqui le dan consejo a los y las jóvenes para que disfrutaran al máximo de sus cuerpos. Este era uno de los consejos que daba a los hombres para mayor satisfacción de las mujeres: "Antes de hacer el amor excita a la mujer con cariños para que el coito sea satisfactorio para ambos (...) la excitarás besando sus mejillas, chupando sus labios y mordisqueando sus pechos (...)si quieres repetir el coito, perfúmate con dulces esencias, y entonces acércate a la mujer y llegarás a un feliz resultado".

En cuanto al ideal de belleza femenina, se aleja del actual icono sexual en el que predomina la delgadez: "Para que una mujer pueda gustar a los hombres debe tener un talle perfecto y debe ser regordeta y lozana. Tendrá el cabello negro, la frente despejada, grandes ojos negros (...) su busto y su vientre grandes, su aliento perfumado".

Entre las recomendaciones para un mejor placer durante el coito, El jardín perfumado ofrece este consejo: "Has de saber, que si deseas hacer el amor, al unirte a la mujer no debes tener el estómago lleno de comida y de bebida; solamente en ese estado será tu cohabitación completa y buena. Si tu estómago está lleno sólo daño podrá resultar para ambos. Sentirás síntomas amenazadores de apoplejía y gota, y lo menos que te puede ocurrir es que tengas una retención de orina o debilidad de la vista".

La mujer morisca se preparaba para el acto sexual como si de una fiesta se tratara, algo que no era muy común entre las cristianas viejas, la mayoría de ellas realizaban el acto coítal vestidas con una camisola que tenía un agujero por donde el hombre penetraba.

"Tomar a la mora" significaba algo inconcebible para las cristianas, la desnudez y el cuerpo humano eran un regalo de dios. La costumbre de lavarse, depilarse con una mezcla de miel y limón o utilizar todo tipo de esencias consideradas afrodisíacas como las de canela y rosas, era otro de los hábitos considerados pecaminosos por parte de los cristianos. "Alabado sea Dios, que ha situado las partes naturales de la mujer mayor placer del hombre, y ha destinado las partes sexuales del hombre para proporcionar el mayor placer de la mujer", afirmaba el jeque Nezfaqui.

Estas costumbres sexuales moriscas continuaron en la intimidad de los hogares pese a la prohibición explícita de las autoridades eclesiásticas, que veían en aquellos comportamientos íntimos un peligro contra los valores que defendía el catolicismo.

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