La punzada de la juventud perdida

  • Michael Cunningham se mantiene fiel a sus inquietudes en 'Cuando cae la noche'

Michael Cunningham, buena noticia, se ha desprendido del fantasma de Las horas. La sonada repercusión que tuvo aquel libro -ganador del PEN/Faulkner Award y del Pulitzer, fielmente adaptado al cine por Stephen Daldry- parecía marcar el rumbo por el que iba a continuar su trayectoria. Días memorables, su siguiente proyecto, tomaba muchas de las claves de aquel éxito, mantenía una estructura que se dividía en tres tiempos y el aliento de un autor -Walt Whitman sustituía esta vez a Virginia Woolf- surcaba todo el relato. Pero la apuesta carecía de la solidez de la narración anterior, y las piezas del conjunto no ensamblaban con la misma contundencia. Daba la impresión de que Cunningham, quizás con miedo a no ratificar el interés que había generado su obra, se acogía a esa fórmula que ya le había reportado beneficios, una decisión un tanto triste tratándose de un novelista con sobrados recursos para crecer sin necesidad de pasos calculados.

La aparición de Cuando cae la noche (Lumen) demuestra, afortunadamente, que el autor de Una casa en el fin del mundo se ha distanciado ya de Las horas y propone ahora un andamiaje narrativo de mayor sencillez, aunque en la depuración de su literatura el escritor se mantenga fiel a los intereses que ha esgrimido hasta ahora. El estremecimiento ante la hermosura del mundo, la extrañeza que impregna las relaciones humanas o una sexualidad libre que no quiere ceñirse a las etiquetas son algunas de las constantes que reaparecen en esta última propuesta.

Peter Harris es un galerista cuarentón que ha conseguido prosperar sin perder de vista que una vez se acercó al arte porque perseguía la belleza. Peter buscaba ante los cuadros "esa congoja del alma, esa sensación de estar en presencia de algo sublime", y reencuentra esa emoción en Dizzy, el hermano de su mujer, un chico desorientado y brillante, adicto a las drogas en el pasado, que se instala en el domicilio de la pareja mientras intenta arreglar su futuro. Cunningham describe con sobriedad este deslumbramiento, sin preocuparse de subrayar si Peter albergaba una homosexualidad que había estado latente hasta entonces, lo que interesa registrar es la punzada de la juventud perdida: el protagonista observa a Dizzy como si se tratara de una Rebecca rejuvenecida, la muerte por sobredosis que presiente en el cuñado lo convierte en una obra de arte inalcanzable en su plenitud efímera. El escritor trufa de diálogos brillantes y reflexiones de enjundia -hay, eso sí, algunas referencias un tanto evidentes, como la alusión a Muerte en Venecia-una novela que avanza con una agilidad admirable. Y Cunningham conmueve con los defectos y la torpe humanidad de sus personajes, consciente de que "Emma Bovary, Anna Karenina o Raskólnikov no nos interesan porque sean buenos, sino porque no son admirables y son nosotros y porque los grandes escritores les han perdonado que lo sean".

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