La imagen desnuda

La serie de diez fotografías que Manolo Carvajal muestra en el centro de Arte Harina de otro Costal, en Trigueros, ha sido realizada con una cámara analógica sin manipulación ni intervención posterior. Son la fiel transcripción de lo que capta el objetivo cuando se convierte en el ojo de quien lo dirige. Esto que contado así podría crear la expectativa de enfrentarnos con una colección de fotografías de gran realismo, que contara cosas o mostrara imágenes identificables, está muy lejos del resultado que se nos ofrece.

Para empezar nos encontramos con unas fotografías que a primera vista parecen cuadros; cuadros abstractos, pero que en realidad son fragmentos seleccionados de una realidad global. Fragmentos que diseccionados de una entidad vulgar adquieren personalidad propia y capacidad para expresar por sí mismos emociones individuales. Las sensaciones de texturas y el color obtenido hacen olvidar la fotografía e imaginar pinceles y procedimientos plásticos con mucha cocina.

Quizás el gran mérito del arte, mal llamado abstracto o informal, sea el habernos mostrado esa parte de la realidad tanto tiempo ignorada y despreciada por no ajustarse a cierta idea oficial de una vida llena de rigideces y limitaciones. ¿Quién se hubiera atrevido hace unas décadas a pensar que un fragmento del traje de una princesa pintada por Velázquez podría ser más interesante que el retrato en su conjunto? En ese fragmento que el artista ha manchado, sin la esclavitud de lograr un parecido, pueden jugar en libertad la inteligencia emocional y la intuición.

La maestría de la mano se mueve sin cortapisas y deja interesantes mensajes sin palabras para quién sepa leerlos. Con la naturaleza ocurre algo parecido. Tras la apariencia de las cosas existen otros mundos para los ojos que no se contentan con el relato diario. Eso parece decirnos Manolo Carvajal con esta exposición en la que la fotografía y la pintura llegan a una misma conclusión.

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