La elegía colombiana de Botero

  • Pinturas y dibujos sobre la violencia en su país constituye la exposición abierta en Sevilla

Del país herido y violento en cuyas selvas se consume secuestrada Ingrid Betancourt, el mismo que ha envuelto a sus muertos en sudarios de palabras tan alucinógenas como las de Fernando Vallejo, llega ahora el retrato impactante que ha pintado otro Fernando, Botero. El artista de Medellín, que desde hace cuarenta años reside fuera de Colombia, se sumergió en la barbarie del terrorismo y el narcotráfico para componer 42 dibujos y 25 óleos que donó entre 2004 y 2006 al Museo Nacional de Colombia, con sede en Bogotá.

Esta comprometida serie temática puede verse desde ayer y hasta el 30 de junio en la Fundación Cajasol en Sevilla en la que supone su presentación en España y tras haber peregrinado por Colombia, Brasil, Argentina, Panamá, Perú y Ecuador.

Botero, conocido sobre todo por sus mujeres orondas y carnales, por la luminosidad y alegría de vivir con la que se ha acercado a otros temas, incluida la tauromaquia -compuso el cartel de la Feria de abril de Sevilla de 1999-, se revela más tenebroso y amargo que nunca en esta selección, titulada con cordura Botero. Una mirada diferente.

Buitres, esqueletos, cuerpos amputados con motosierra, tumbas y torturas son algunos de los motivos omnipresentes en esta luctuosa orgía donde la mirada del pintor, generalmente distante, trasluce su piedad por las víctimas y los dolientes.

La exposición ocupa tres plantas de la Fundación Cajasol y, mientras se la recorre, la diversidad técnica (óleos, pasteles, carboncillos, sanguinas...) y la unidad temática de las obras nos enfrenta de bruces con un artista que ha absorbido generosamente las tradiciones americanas (como las muestras de duelo de los muralistas mexicanos y las alegorías de la muerte de José Guadalupe Posada) sino también las europeas.

A esa rica herencia pictórica, en la que tienen un peso importante los emblemas del terror pasado, como los Fusilamientos de Goya, pero sobre todo del siglo XX, caso del Guernica y las mujeres llorando de Picasso, se refirió ayer el presidente de Cajasol, Antonio Pulido. Junto a él, presentaron la muestra el responsable del montaje, Juan Fernández Lacomba, y la cónsul de Colombia en Andalucía, Carmen Caballero.

Botero, una mirada diferente surge cuando este artista, nacido en 1932, había desarrollado más de medio siglo de trabajo artístico centrado en la sensualidad de las formas y asume que debe dejar un testimonio de la barbarie. "Yo estaba en contra de ese arte que se convierte en testigo de su tiempo como arma de combate. Pero en vista de la magnitud del drama que vive Colombia, llegó el momento en que sentí la obligación moral de dejar un testimonio sobre un momento tan irracional de nuestra historia", declaró en su día Botero antes de producir esta serie de imágenes.

Son cuadros como El desfile (2000), donde representa un entierro colectivo a la manera de un torrencial río de ataúdes; o como Sin esperanza, donde una mujer desnuda muestra todo su desamparo. Obras en las que, como recordó Fernández Lacomba, el dolor masculino también tiene su cuota de protagonismo, con el retrato detallista de víctimas y verdugos. Un desgarramiento que, añadió este crítico de arte, está también en deuda con las escenas de crucifixión y duelo pintadas por Piero della Francesca y Mantegna.

El catálogo de la muestra descubre además que el tema de la violencia y el dolor no era ajeno al artista, como demuestran los fondos del citado Museo Nacional de Colombia. Allí, cuadros como Obispos Muertos (datado en 1958) reflejan ya la conciencia adolorida de Botero y su deseo de trascender la ilustración periodística de unos hechos sangrientos y relacionados con la implicación en la política de ciertos sectores del clero.

En los óleos que integran esta exposición, los característicos tonos alegres y vivaces de Botero no resultan alegres sino que subrayan el carácter irreal y macabro de las escenas: desplazamientos, asesinatos, violaciones...

En cambio, en los dibujos, su dominio del lápiz, el carboncillo, la tinta o el pastel le permite introducir una gran variedad de expresiones faciales y corporales que exploran toda la gama de emociones relacionadas con la violencia.

Antonio Pulido subrayó que el compromiso de rebeldía de Botero no deja a nadie indiferente e invitó a los jóvenes a acercarse a esta cita "por su excepcional valor ético y estético". Un compromiso que sobrevuela las convenciones y las ideologías, atento sólo al dolor de sus compatriotas.

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