Fila siete

El despelote nacional

A veces pienso que hay que darle la razón a mi amigo, el escritor Manolo Garrido, quien no confiaba en las direcciones compartidas, asegurando que la obra cinematográfica, como cualquier otro arte, es trabajo de una sola persona. Pudo pensarse así de los realizadores de esta película, Dunia Ayaso y Félix Sabroso, si se repasa su labor en sus películas Perdona, bonita pero Lucas me quería a mí (1997) y Descongélate (2003), por ejemplo. Pero no podemos olvidar la estima que mereció su serie televisiva Mujeres (2006), cercana a cuanto supone esta revisión de aquellos años del despelote, como se los llamó, de invasión de películas eróticas, donde se acumulaban desnudos femeninos como desmedida respuesta a los largos años de oscurantismo y represión de la interminable e implacable Censura estatal.

Ése fue el cine S, la letra que señaló aquellas producciones, para muchos infamantes, pero que, vistas bajo la óptica actual, parecen una torpe inocencia propia de los excesos a que habitualmente nos damos los españoles. Comportamientos eminentemente carpetovetónicos, aldeanos, propios de la mediocridad intelectual, la medianía cultural, de la que no nos ha librado la Logse, y del cutrerío hortera de más baja estofa, tan evidente en numerosos sectores de nuestra sociedad. Mucho de esto hay en el tratamiento de Los años desnudos, pero también en la mayoría de las más características expresiones de su puesta en escena.

Siendo admirable la dirección artística de Javier Fernández para recrear una época de la vida española, y concretamente el Madrid de la transición política, recién recobrada una ilusionada libertad, que luego no fue tanta y a veces tan engañosa siempre, hay tópicos que se imponen como remoquetes inevitables. Sin embargo cabe apreciar una cierta madurez y un cierto rigor al afrontar un tiempo, vergonzoso o vergonzante para muchos, según el punto de hipocresía o falso pudor de muchos al recordar estos tiempos de apresurados desmadres en tantas y tantas cosas. Es de agradecer que Dunia Ayaso y Félix Sabroso hayan eludido nostalgias y sentimentalismos y a veces el retrato humano sea vivo y desgarrado con más o menos claras referencias de otros conocidos.

Como quiera que sea resultan fundamentales las actrices que encarnan a estos tres prototipos de la época y de las figuras que protagonizaban aquella enloquecida exhibición epidérmica. Destacan, desde experiencias femeninas muy diferentes, Candela Peña, con su reconocida vitalidad interpretativa, reafirmada en escenas muy convincentes, y Goya Toledo, en una desgarradora muestra del trauma que la experiencia produjo en muchas de aquellos juguetes rotos de la sexualidad y el exceso. Mar Flores, en este nuevo intento de volver a la interpretación, falta de oficio, trata de jugar con la mejor voluntad el difícil papel que le ha correspondido.

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