cRITICA DE MÚSICA

El cuadrado ideal

Este fin de semana la tertulia Pleamar de El Portil dio cabida en su programación a un debate sobre lenguaje musical, actividad que incentiva a una implicación más enriquecedora del aficionado medio. A partir de una antología discográfica audiovisual se habló de los cuatro factores que dotan a la música de todo su poder y frescura: el compositor, la obra, el intérprete y el público.

Como introducción se mencionaba al arte desde la perspectiva del momento justo de cuando la chispa de la inspiración prende en el alma del hombre. A diferencia de las consideraciones trilladas, un esbozo puede entrañar toda la gracia de una obra. Valieron como ejemplo célebres impromptus y bagatelas en cuya aparente simplicidad se resume el genio más sensible. Alguien puntualizó que estos géneros representan la equivalencia musical de un proverbio, símil argumentado con interesantes contrastes en lo que a lenguaje se refiere.

Después surgía esa controversia típica acerca de la autoría profundizándose en los polos de la legitimidad incontestable y el anonimato intrínseco. Para ilustrar dichos comentarios se ofreció distintas sonatas de compositores contemporáneos, y las opiniones vertidas fueron estilísticamente de lo más jugosas: unos mantenían la personalidad del autor cual parcela hermética; otros admitieron una holgura a partir de la que ciertas obras y autores no se pueden distinguir del todo. Ayudaba a la puesta en común de criterios modulaciones de algunas obras con tal de estudiar las reacciones colectivas del público, entregado al surtido de tantos juegos ingeniosos que desvelan a la partitura como un abanico de misterios.

Y hacia la mitad del debate se analizó uno de los componentes más enjundiosos: el acoplamiento de las dimensiones creativa e interpretativa. ¿Qué pianista o cantante no se devana los sesos en su esfuerzo diario de fundirse en unidad con el compositor?

Como estrategia, los contertulios apelaron a la meditación frente a la concentración. Fue un acierto sugerir en señal de toma de contacto movimientos lentos ya que la articulación sosegada evita las tensiones obligadas de tempi impetuosos y escritura colorista. Paulatinamente se incorporó música de mayor viveza hasta acabar mezclando repertorios como las cartas de una baraja. Esto deshizo tantos planteamientos con que la mayoría de los intérpretes sale al escenario. Cuando alguien hizo mención del concepto de abandonarse al enigma, la aprobación fue inmediata. Entonces no faltaron razones para poner sobre la mesa el espíritu inocente, siempre dentro de una madurez bien construida.

Al cabo de una hora, la animada tertulia musical desembocó en el culmen que todos perseguían: el cuadrado ideal. Hay talentos y actitudes tan esenciales que en raras ocasiones consolidan esta prodigiosa unión, en paralelismo a un sueño noble muy poderoso que vive en la mismísima base de la humanidad. ¿Debemos entender tal unión como un proceso concienzudo cuyo principio y fin se diferencian con absoluta claridad? ¿O bien como un hecho esencial que al cundir define lo más revolucionario de la música? Hubo contertulios que al cuadrado ideal lo asumieron a la manera de un nirvana. ¿Por qué? Porque ha habido una liberación definitiva de conflictos, sean técnicos, estéticos, espirituales u ontológicos. Aquí se escuchó fugas al estilo barroco y texturas corales góticas, que daban por concluida una tertulia que sirve para estimular nuestros gustos al inicio del verano.

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