Una corrosiva diversión

La película El gran hotel Budapest (2014), tan discutida, tan discutible, tan polémica y tan apreciada por muchos, nos ha dejado un eco notable y fecundo para la reflexión y la inflexión en un género que sugiere diversas perspectivas. Se han invocado ciertos estilos e incluso géneros a partir del simple "gag visual", a la screwball comedy y al slapstick, como definición ésta más oportuna, todas ellas, ¡qué duda cabe!, herederas más o menos legítimas de la vieja commedia dell´arte. La mayoría de estas acepciones se inscriben en el cine mudo pero ninguna de ellas es ciertamente exclusiva de él, porque, como se ve, se cultivan profundamente en la comedia cinematográfica de cualquier época, como bien prueba esta película de Wes Anderson.

Todo gira entonces en lo que hemos llamado cine cómico como tal y la comedia con variantes de todos los tipos y si en el primero se practican toda suerte de golpes visuales que soslayan todo argumento verbal en la segunda es el recurso locuaz y retórico el que recurre a todo repertorio de juegos orales para hacer reír. Si en el primer caso eran los tropezones, las caídas, las persecuciones, las carreras vertiginosas, los golpes, las batallas con tartas y otras peripecias más o menos previsibles las que suscitaban la hilaridad, en el segundo de los casos son las frases de doble sentido, los chistes, las ocurrencias espontáneas y otros juegos de palabra los que motivan la carcajada.

Surgidas de la improvisación o de una elaborada preparación humorística lo cierto es que tanto la pantomima como el slapstick puro y duro que logra del gesto la máxima expresión, constituyen elementos que desde la multiplicidad de historias, donde la densidad y la ligereza se combinan mágicamente, junto a la evolución de los formatos y de la pura estética, es donde Wes Anderson en El gran hotel Budapest, se va de una situación a otra dejando un regusto nostálgico, un hervidero de ideas y unas propuestas que diversifican las lecturas de manera asombrosa. Todo ello entre rasgos de humor intelectual y destellos de genialidad intermitente.

Para un realizador que trabaja en publicidad, televisión, diseño gráfico, vídeos musicales y cualquier tipo de arte o estética en general, sus recursos artísticos, éticos y estéticos son variados y pueden ir desde la minuciosidad más estricta en la puesta en escena a la excentricidad minimalista, pasando por cualquier rebuscamiento artesanal. Inspirado libremente, muy libremente, en relatos, novelas y otros escritos del autor judío Stefan Zweig, su amalgama expresiva resulta inconmensurable. Que yo citara como efecto claro del humor surrealista un claro origen slapstick, propio del cine mudo con proliferación de planos estáticos al estilo pictórico, no era más que constatar ese múltiple y diverso tono expresivo del director a veces grotesco o desmedido, ocurrente y desconcertante, corrosivo y divertido, ácido y agudo a la vez.

Ello confirma una diversidad imaginativa que ese estilo ha heredado del cine mudo y que con carácter retro Wes Anderson recobra ingeniosamente. Una manera como otra cualquiera de retratar el complejo comportamiento humano.

Quiroga

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