Fila siete

Vuelven los chicos del armario

Era de esperar, como suele ocurrir ya inevitablemente, que tras un éxito tan espectacular como el logrado por Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario, que sólo en Estados Unidos en la Navidad de 2005, el día de su estreno recaudó casi 43 millones de euros y que, cuando terminó su carrera por las pantallas del mundo, acumuló más de 500 millones, tuviera una continuación, una secuela o como quieran ustedes llamarla.

Esta fábula ecocristiana, como se la ha llamado a este drama de aventuras, se ha basado una vez más en la novela de C.S. Lewis. Su director y coguionista, Andrew Adamson, se ha tomado con cierta libertad el texto original, con algunas alegorías ecológicas, sin perder su tono espiritual, por aquello de que lo religioso tiene más impacto en el público que la ecología. Como quiera que sea se ha emprendido una historia con el rumbo dirigido a la taquilla y a pesar de que en su estreno en Estados Unidos no pasó de los 55 millones de dólares, aunque esperaban recaudar 80, ya está en marcha la tercera parte que se llama La travesía del viajero del alma.

Parece que esta saga pretende repetir la suerte de El señor de los anillos y es curioso porque el autor de estas novelas C. S. Lewis es coetáneo de J. R. R. Tolkien, aunque menos famoso y cuyas ideas, no digo que estén en las antípodas, pero desde luego no coinciden. Lo que tenemos con estos protagonistas que ya no se meten en un armario para iniciar una aventura insospechada, es una nueva hazaña de héroes juveniles en un relato que, sobre todo, pretende impresionar a los espectadores merced a un nuevo juego fabuloso de magia y fantasía, con más violencia que su precedente, si bien sus artífices se vieron obligados a borrar digitalmente algún muerto para suavizar la tragedia.

En su afán de infantilizar y trivializar los argumentos y servir las tendencias evasivas de los públicos actuales, esta franquicia de Disney y Walden Media, no alcanza con toda su parafernalia de efectos especiales, alardes cibernéticos y digitales, ese grado de fuerza y emotividad que parecen necesitar estas superproducciones para apasionar a los destinatarios de tan aparatosos y espectaculares montajes.

Esta guerrera empresa de liberar a Narnia del poderoso y malvado rey Miraz, deviene en una continua acción que lleva al espectador de Londres -en realidad el film se rodó en Praga- a las parajes agrestes de Nueva Zelanda donde se filmaron la mayoría de las escenas más apasionantes de la película. Con el descubrimiento de Ben Barnes como protagonista, un desconocido al que hubo que buscar durante trece meses por un buen número de países de Europa y América.

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