Segundas partes

En el cine norteamericano actual, plagado de remakes, nuevas versiones, secuelas y continuaciones, las segundas partes son algo habitual. Y si el refranero español asegura que "nunca segundas partes fueron buenas", en el cine suele confirmarse con una rotundidad por lo general inexorable. Se ha venido dando a lo largo del tiempo salvo en muy raras ocasiones. Y el ejemplo más evidente lo tenemos en nuestras pantallas, al menos cuando compongo estas líneas. Me refiero a Asalto al tren Pelham 1 2 3, de Tony Scout, a quien alguien llamó el torpe de los hermanos Scott, el otro es Ridley, generalmente más afortunado en sus realizaciones, nueva versión de un clásico del género de acción e intriga que realizó en 1974 Joseph Sargent, con Walter Mathau y Robert Shaw como protagonistas en los papeles que ahora interpretan Denzel Washington y John Travolta.

Quizás las comparaciones sean siempre odiosas pero a mí el caso me recuerda a otro muy cercano. La versión que del famoso El tren de las 3.10, que realizó Delmer Daves en 1957, realizó en 2007 James Mangold. Curioso que en los dos ejemplos comparativos que contemplamos figure el tren, un elemento extraordinariamente cinematográfico, presente en tantas y tantas películas como un protagonista más. Pero lo que si coincide realmente es la decepción que nos produjeron las dos nuevas versiones. Bien es verdad que la de James Mangold es mucho más aventajada que la que ahora nos ofrece Tony Scott, de su remake de aquel inolvidable Pelham 1 2 3, que así se llamaba escuetamente aquel film, basado en la novela de John Godoy, todo un thriller de la mejor escuela.

Lo que Scott nos ha propuesto ahora es mucho menos reflexivo y profundo que lo que exponía su precedente hábilmente dirigido por Joseph Sargent. Es, sobre todo, la puesta en escena de una acción trepidante con persecuciones y tiros a mansalva en medio de un ritmo vertiginoso y un montaje más bien frenético, que es lo que, al parecer, atienden muy bien algunos realizadores de Hollywood, y demandan ahora los compulsivos y adocenados espectadores de nuestro tiempo. Quizás para los que no vieran aquella película, aunque coincidiendo con el estreno se emitió a través de una canal regional, estas reflexiones críticas no vengan a cuento. Pero no dejan de ser oportunas para establecer diferencias y categorías cinematográficas. Y eso que no hay que restarle méritos al guión que ahora ha compuesto Brian Higeland.

Sí porque ha servido las intenciones con las que se ha concebido la nueva versión sobre el secuestro supuestamente insensato de un vagón del metro de Nueva York. Ha variado lo suficientemente la trama, los caracteres y las circunstancias, acentuando los estímulos maniqueos sobre los protagonistas: Denzel Washington que es el bueno y John Travolta, que es un malvado de lo más despreciable y que el actor acentúa con su peculiar histrionismo, al borde de la histeria y el patetismo en muchas ocasiones. Resultan más estereotipados, pese a la buena actuación del primero, y circunspectos, que sus predecesores, que, dentro del dramatismo de la trama, ofrecían rasgos de humor, sarcasmo y complicidad mucho más sugestivos para el espectador.

Para los enajenados espectadores de nuestro tiempo, más acostumbrados a lo inmediato y lo banal, que dispuestos a poner en marcha su cerebelo - hablo de un público generalizado o gregario-, estas muestras de cine de acción pueden ser más digeribles, dejándose llevar por la inercia de los argumentos planos, las sucesiones delirantes de imágenes, efectos especiales y sonidos estridentes. Así la versión escasamente conceptual de Tony Scott, como es frecuente en su filmografía, no ofrece mejores perspectivas que la que nos resulta más valiosa en el tiempo. No pasa de mostrarnos lo de siempre su afán por la intriga y la acción, las secuencias espectaculares aunque sean gratuitas y la falta de un cierto rigor narrativo, que es lo que vemos en esta versión suya de este trepidante relato sobre el secuestro en el suburbano neoyorkino.

Entre tanto, uno se pregunta una vez más qué necesidad hay de copiar antiguas películas si no es para expresar una nueva perspectiva interesante y valiosa o mejorar la anterior, que todo es posible. Pero, como afirmaba al principio, y no trato de imponer mi opinión, la realidad es que nunca se logra superar la valía del precedente. Esta segunda parte, que no es buena, se deja ver pero no aporta nada nuevo ni atrayente.

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