Sartre en Japón

En cierto modo, Shusaku Endo es la cotrafigura de Mishima. Si éste quiso reverdecer el esplendor y la cruenta gloria del imperio, si cultivó un severo tradicionalismo, Shusaku Endo es excéntrico a la tradición nipona por dos motivos: su formación francesa y su catolicismo. Nos encontramos así con que El mar y veneno (1958) está mucho más cerca del existencialismo galo, de los grandes autores católicos de aquella hora (Mauriac, Bernanos, Graham Greene, Julien Green, Léon Bloy), que del atormentado idealismo de Mishima, casi coetáneo de Endo, y cuyo dramático final, tras una asonada militar fallida, ha sido contado demasiadas veces.

Al parecer, los hechos narrados en El mar y veneno son rigurosamente ciertos. Al final de la Segunda Guerra Mundial, algunos médicos japoneses decidieron viviseccionar, bajo la excusa de la experimentación científica, a varios presos norteamericanos. De este modo, la monstruosa imbricación de tecnología y barbarie, ya escenificada en los campos de exterminio europeos, extendía su influjo al Imperio del Sol Naciente. No obstante, lo que determina la eficacia, la intensidad de esta novela, no es el rigor histórico del drama, sino el dilema moral de sus protagonistas. El mar y veneno, como Los grandes cementerios bajo la luna de Bernanos, lo que relata es el silencio culpable de quienes consintieron el horror entre la indiferencia y la desgana. Con esto, obviamente, no se estaba retratando sólo a la fatigada población de Tokio, bombardeada diariamente por la aviación aliada. Con esto, Shusaku Endo estaba haciendo una requisitoria (la amagura del existencialismo, la culpa judeocristiana), a las degradadas multitudes del XX. En este sentido, no es extraño que Endo acudiera a la novela negra, a su economía de medios, a su ambigüedad esencial, para dar este complejo retrato de la abominación, el remordimiento y la derrota.

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