Sabia voz para el 'Mío Cid'

Dar vida a una obra maestra es una tarea fascinante que implica altos compromisos. Los héroes míticos exaltados por los cantares de gesta perduran con el correr del tiempo y las generaciones. Y un peldaño superior a tal compromiso, convertir lo épico en dramático yendo del exhaustivo relato a la encendida palabra. Un cantar de gesta recitado debe rebasar también la erudición e irrumpir en el hombre actual como cuando el paseo por una ciudad antigua despierta en nosotros emociones misteriosas, aquéllas que impactan en nuestro ser antes de que las percibamos con los sentidos.

José Luis Gómez rubricó en Trigueros con su talento y veteranía la obra más sobresaliente de la literatura española medieval. Un público, cuya entrega se refrendó en un silencio no perturbado en los treinta y cinco minutos de declamación, seguía la historia del caballero eternizado al calor de su estirpe y su afán. El actor onubense renuncia al boato artístico de quien es consciente de sus dotes; humildemente lleva a sus entrañas el Mío Cid para autentificarlo a través de una inagotable fuente: voz y drama. Su versión del Poema del Mío Cid, en síntesis antológica, es la que abre horizontes a un lector que comprenderá cosas no manifiestas en su ensimismada lectura; gracias a la obra declamada el espectador se traslada a una vivencia fresca de los acontecimientos; épica acrisolada con paciencia y que une la pesadumbre y el comedimiento, la crudeza y la esperanza; el pavor y el ruego.

De entrada, el timbre recio y añejo de nuestro intérprete era la mejor bienvenida a un cantar de gesta que despacio cobró vida en una inagotable gama de matices. Un fluido pulso de la narración servía de eje a múltiples inflexiones del discurso; declamación versátil que describía a cada personaje, que subrayaba la conclusión de una tirada o que ponía de relieve el innegable patetismo de la acción. Sus tonos exclamativos fueron desgarradores y las rápidas enumeraciones, exentas de monotonía. Grato encuentro tuvo el oyente con los rasgos fonéticos de la época, que Gómez articuló con solvencia e incluso brío, como la y velar fricativa (yentes), la z con sonido ts (vazias) o bien los diptongos crecientes (fuertemientre) y los subjuntivos (vinieredes), sin olvidar la compleja pronunciación de çinxiestes. Resaltamos del cantar primero sus registros para el rey, cuya tiranía al trasluz de un sarcasmo bien estudiado llevaría a la voz a una emisión plana. La expresión del sufrimiento por el azote del hambre dio vigor a un segundo acto colmado en un Si esto non feches, non avredes mi amor, de sonoridades cavernosas. Y para el Tercero, una calante doña Sol y una voz gritada que se reservó en exclusiva para no más de tres versos sentenciosos.

Hubo un fondo musical pregrabado que acompañaba algunos pasajes, procedimiento cuya retumbante amplificación empañaba ciertas estrofas: timbales repetitivos y cuerda grave de melodía harto convencional no son la ilustración merecida para una obra y un intérprete tales. El retraso de media hora ya estaba compensado por un peculiar auditorio; el centro Harina de otro costal se hacía más acogedor en una candela, encendida en un extremo.

Esperamos que recitales como el de Trigueros cundan en nuestra provincia. Huelva se siente afortunada por haber presenciado una de las cumbres de la literatura española en la voz de uno de sus artistas más eminentes y en el seno de los actos conmemorativos del tricentenario de la Real Academia Española de la Lengua.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios