Fila siete

Petróleo y sangre

Escribo petróleo y sangre por el propio título de la novela original en que se basa la película Petróleo, de Upton Sinclair (1878-1968), prestigioso novelista y dramaturgo estadounidense y por el original de la propia película Habrá sangre. Estamos ante la gran tragedia norteamericana propia de un mundo capitalista exacerbado. Con ocho nominaciones a los "Oscar", de las cuales sólo consiguió dos: al mejor actor, Daniel Day-Lewis y la fotografía de Robert Elswit, el film despertó lógicamente la consiguiente expectación. A casi mes y medio de su estreno en España la crítica lo ha tratado bastante mejor que los espectadores, que no fueron los que podrían esperarse. A nuestra capital como saben los seguidores del cine no llegó.

Director que ha logrado cierta estimación tras los éxitos de Boogie nights (1997) y Magnolia (1999), dos títulos inolvidables por tantos motivos, Paul Thomas Anderson, tras su última realización Embriagado (2002), ha tardado cinco años en llevar a cabo un proyecto como Pozos de petróleo, del que se esperaba una película que algunos comparaban con las más ambiciosas producciones en la gran tradición del cine de Hollywood. No obstante a la vista de lo que tenemos y en la vuelta a ese clasicismo propio de este director, cuya intensidad fílmica muy determinante de sus obras anteriores, contrasta con cierta frialdad en la exposición de los argumentos de esta nueva realización.

Con un impresionante comienzo que recuerda en cierto modo a El tesoro de Sierra Madre (1948), de John Huston, hay toda una exposición de intenciones de singulares virtudes descriptivas, con un admirable diseño de producción y motivos éticos y estéticos llenos de atractivo. Es el relato sobre el ascenso de Daniel Plainview, un hombre estimulado por la ambición, que a principios del siglo XX levanta en el suroeste de Estados Unidos un emporio petrolero. Sólo un predicador fundamentalista se interpone en su desmedido camino de codicia. Esa extraña relación entre ambos personajes estructura dramáticamente la historia y llena de una inquietante tensión el prolijo relato.

Aunque se hayan argumentado ciertas lecturas sobre la película, esencialmente en esa intención de parangonarla con ciertas situaciones del mundo actual y las tensiones entre los poderes políticos y los religiosos, Paul Thomas Anderson asegura que su idea se centraba en el seguimiento del personaje protagonista, sus vicisitudes humanas y sus insaciables ambiciones. Es evidente que ese propósito en función del talento y la profesionalidad, se demuestran tanto por parte del director como del protagonista, Daniel-Day Lewis. Lástima que la película alargue excesivamente ciertos pasajes que pudieran resultar perfectamente prescindibles. Quizás otro día vuelva sobre esta película que merece más atención que la recibida hasta ahora por parte del público.

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