Historia del 'Brasil Chico' (I)

  • La fachada del Brasil Chico era señera, sin ser prócer, quedando los adornos supeditados a la uniformidad l Las paredes estaban hechas a la antigua, esto es, eran macizas.

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DE entre los valores que atesoraba la ciudad huelvana a principios del siglo XX, sobresalían dos edificios populares que proclamaban a voces su pintoresquismo y las pautas de hermandad que reinaban entre sus moradores: el Brasil Grande y el Brasil Chico. De cualquier forma, no se trata de idealizarlos, y, mucho menos, de imponer el modo de vida de aquellas casas de vecinos, seguramente trasnochado y nada apetecible en relación con las nuevas edificaciones, y sí de narrar la historia del segundo de ellos.

Si en muchas ciudades españolas, un tanto por ciento de las casas de vecinos surgió a través de la transformación de casas-patio o de antiguos edificios religiosos para albergar varias familias pertenecientes al proletariado urbano, el Brasil Chico fue un edificio concebido ex profeso para que fuese una casa de vecinos, para aliviar la escasez de viviendas tras la llegada de una población de aluvión al conjuro de los puestos de trabajo que se necesitaba para atender la industria minera En los comienzos del siglo pasado, la contemplación de este inmueble era vivo estímulo para que los viajeros que llegaban procedentes de la Estación de Sevilla se adentrasen en la Plaza Niña y avanzaran por el dédalo de calles céntricas.

La fachada del Brasil Chico era señera, sin ser prócer, quedando los adornos supeditados a la uniformidad. Así, se podían contar hasta seis puertas, cercadas de dinteles, que eran coronadas por seis ventanas que seguían el mismo trazo arquitectónico a excepción de que, en la parte inferior de las mismas, se observaban un paño cuadrado, en cuya parte central tenía un rectángulo de ladrillos vistos. En la parte superior, observamos que existía una cornisa tengañé (llamada así porque no dejaba ver con claridad si había ausencia de azotea, al ocultar el remate del tejado). También destacaban los salideros que el pretil tenía en la pared baja; así, cuando llovía el agua salía por ellos y caía sobre la cornisa, realmente importante, esto es, no tenía bajante. En definitiva, sus puertas y balcones y todo su exterior, sus escaleras interiores, sus techos envigados, anunciaba a los transeúntes su antigüedad y la modestia económica de sus moradores. A la izquierda del inmueble, una puerta que rasga el robusto paredón, flanqueada por dos ventanas a cada lado, y dos balcones corridos con una ventana que separa a cada uno de ellos, rompe la monotonía del conjunto del edificio.

La construcción de este inmueble se podía considerar de robusta fábrica, ya que las paredes estaban hechas a la antigua, esto es, eran macizas.

Su techo era de madera de pino. De este mismo material eran algunas de sus pilastras, pintadas en verde. Las paredes de las diversas piezas de cada vivienda eran de caña y estaban pintadas con cal viva.

La intensa vida del edificio se desarrollaba en el patio interior, cuadrado, del que se visualizaba las puertas de acceso a las viviendas que desembocaban en un pasillo corredizo. Tenía dos puertas. La primera, denominada El Portalón, daba a la Plaza Isabel la Católica (vulgo Niña), ampliada en el último momento por la desaparición de la cochera del Sr. Puig, el panadero. Esta entrada tenía mayor movimiento que la segunda, que daba a la carretera Odiel (actual Avenida de Italia), a pesar de ser ésta la principal. A través de ella se controlaba el posible estraperlo, en los años cuarenta, que pudieran entrar en la capital los viajeros de la cercana Estación y se gravaban algunos artículos con el impuesto llamado consumo.

Entremos en edificio tan singular. En el patio, de suelo basto y formado por adoquines grandes y pequeños, mal nivelados, se mezclan las voces de los que utilizan los retretes o letrinas comunes y, alrededor de la única fuente que se observa en el patio, varias mujeres trabajan afanosamente lavando la ropa en los llamados lavaderos (existían 23 pilas de lavar, y para utilizar una había que pedirla el día anterior) que constan de pila pequeña con escalonados dientes para fregarla, con los humos de las cocinas existentes en los pasillos. Con tres tizones de carbón de encina se levantaba una humareda de hogar en cualquier recoveco, y una mujer ejercía la función de cocinera y reponedora.

Muchachas con trajes de cíngaras, que sólo se han vestido para ir a buscar el pan, pasean su belleza en chancletas y dejan un sabor a tallo de hortalizas en quienes las ven pasar. Otra, a quien le sonaba la música y la gracia de su hermosa cabellera por utilizar un peine roto, mujeres desgañitadas envueltas en una riña verbal que se olvidaba a poco de producirseý Como en toda casa de vecinos que se preciara, en el Brasil Chico no era fácil tener privacidad. Así, todos los vecinos sabían cuando alguien usaba el retrete y, para evitar que las conversaciones se filtraran, por las paredes de los apretados cuartos había casi que susurrar.

Era famosa su Cruz de Mayo, que se montaba en el patio. Participaban todos los vecinos en el adorno (farolillos, colgaduras, etc.), aunque se hacía notar la presencia del Sr. Tello, Rosario y Manolo Pagán, Andrea, Trini, Manolita Cruz, Juan Ponce y Dolores.

La Cruz, de madera, se erigía encima de una mesa adornada con sábana blanca, velones y flores, cedidas gentilmente por los vecinos del Barrio Obrero. El montaje llegaba a alcanzar los dos metros de la Cruz más la altura de la mesa. En el resto del patio se celebraban bailes con música de pasodobles, sevillanasý, amenizadas por discos o por solicitarse un jazz-band, que tocaba, al unísono, el bombo, los platillos y el tambor.

Estos bailes solían terminar a las dos o las tres de la mañana. Los músicos que asistían a ellos eran pagados por todos los vecinos. ¡Ah! En las primeras decadas se utilizaba el alumbrado a la Veneciana (mediante farolillos con velas y, cuando había que reponer alguna se bajaba el cordel).

En ambos Brasiles se pedía dinero, mediante una bandeja, a los que desfilaban ante la Cruz. Con lo obtenido se hacían excursiones. En ocasiones, terminaban la mayoría de los vecinos sentados en una interminable mesa saboreando la rubia cerveza y degustando los caracoles preparados por ellos mismos y que, con anterioridad, los jóvenes habían localizado en los huertos cercanos a la ciudad. La víspera, estos caracoles eran purgados con tomillo e hinojo en grandes ollas.

¡Incomparable Cruz de Mayo!

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