Gratitud en las tradiciones

Marco Antonio Molín Ruiz

Después de un largo tiempo, la Zarzuela retornó a Huelva, y lo hizo de la mano de La del manojo de rosas del maestro Pablo Sorozábal a cargo de la Compañía Lírica de Zarzuela de Madrid, cuya dirección artística recaía en Félix San Mateo y la escenografía en Gerardo Meré. Fue una interpretación gustosa que plasmó las esencias del autor y donde el público pudo recordar tiempos pretéritos, cuando los entretenimientos de esta índole estaban al orden del día en los teatros españoles.

Hay que mencionar como muy valiosas las cualidades dramáticas del reparto, por encima en ocasiones de las musicales: la solvencia y el desparpajo sobre el escenario de una veintena de actores hicieron las delicias de un auditorio al que se veía entusiasta y partícipe de la trama. Y es que sobró talento para que la chispa zarzuelística saltara en el Gran teatro onubense: Espasa propició esa risa sana producto de ocurrencias verbales que rayan en la extravagancia; Clarita, una actriz que bordó su papel con un derroche de simpatía, y Capó, alguien de palpable comicidad, también resultaron formidables en sendas caracterizaciones que alcanzaron su apogeo en el dúo danzable hacia el final del primer acto, con una coordinación perfecta de canto y baile divertidísimos que el público aplaudió fervorosamente. Daniel, Ricardo y don Pedro contaron con buenos intérpretes, cautos en no caer en aspavientos. Hubo un aspecto muy cuidado, el de la naturalidad de los diálogos, cuyas secuencias variadas con suspiros y silencios incluidos conseguían lo más difícil sobre un escenario: la veracidad.

Ya se sabe que este género no obliga a refinar demasiado la voz como si se tratare de un recital de canto ni un papel operístico; pero bien es cierto que conviene hallar el término medio que consiga lo ideal. Joaquín estaba encarnado por un bajo cantante que desplegó en la romanza Madrileña bonita su redondo timbre aunque un no controlado vibrato y desacompasamientos llegaran a deslucirlo. Por su lado Ascensión fue todo un lujo de musicalidad, siempre de un refinamiento que imprimía de feminidad a las escenas y además un complemento tímbrico maravilloso al cantar con Joaquín.

La Orquesta alcanzó un buen nivel con sonoridades expresivas en general (finales de escena y pórticos de romanza) y perspicaces en particular (cuando se daba una pincelada al argumento). Pese a que durante el primer acto se notara desajustes con los actores el segundo acto fue determinante, como se hizo patente en la Romanza gitana, donde el clarinete y la flauta travesera acariciaron al oído.

Como añadidura, dos hechos. El primero, lo estimulante de haber entre los asistentes niños que, en compañía de sus padres, siguieron felices de principio a fin la función (hubo alguno que bailaba y jugaba al compás de algunos pasajes expresivos) y el segundo, la carencia de programa de mano, lo cual impidió estar informado sobre el reparto, la trayectoria de la compañía y por supuesto la misma obra. Este hecho es frecuente en Huelva y si se pretende desarrollar una singladura cultural en una ciudad, lo mínimo que se pide es situar cada cosa a la altura de sus circunstancias.

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