Flores para Celia

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Se nos ha ido, en silencio, adormecida en el velo místico y cartujano que presidió toda su vida, Celia, Celia Vázquez, una artista, pintora y escritora por sentimientos, que esbozó y narró el amor sin petulancias, sin arribismos, sin estridencias, sin adornos. Con la palabra exacta. Con el tono preciso. Con el paso necesario.

Amor era su reino pretendido, amor era un fin con paradas continuas y obligatorias que tenían que cumplirse. Amor era mensaje, palabra hecha, expresión cumplida. Amor era, así de sencillo, todo su corazón entregado. Y sin entrega, como decía, no hay amor. No hay verdad. No había amor. No había verdad.

Con Celia se nos va la luz de sus ojos, tan grande como su espíritu, tan verde como su esperanza, y su voz sincera y tierna, tan colmada de afecto como su corazón. Con Celia, probablemente, se nos va un nexo de unión histórico que a Nerva la va costar trabajo recomponer, pues en ella se daban cita dos amores, dos devociones, unidas a una tierra sagrada: Daniel Vázquez Díaz, su tío, hermano de Moisés, su padre, y José María Labrador, su esposo, ese gran minero nervense de Benamejí que plasmó la serranía y la cuenca huelveña como casi ningún otro.

Su obra pictórica, curiosamente, comparte más trazo con Labrador que con su tío Daniel. Paisajes y flores eran sus obsesiones. Trazos luengos, enorgullecidos de pasta, que se deslizaban por la superficie del lienzo en busca de la fortuna plástica y del encanto espiritual. Siempre, en formato pequeño, donde ella podía mejor atrapar el espacio pictórico, donde ella mejor se encontraba, donde ella mejor colocaba sus deseos internos.

Esos paisajes y flores parecían como inconclusos, parecían como necesitados de una palabra más, pendientes de un toque añadido de pincel. Es así…, pero no lo era. Sus cuadros, sobre todo sus sentidas flores, son obras terminadas, perfectamente urdidas en su alma, perfectamente atrincherada en su devoción natural, humilde como la luz crepuscular, compleja como la sencillez definida.

Allí donde esté Celia, seguramente acompañada de Jesús y de su madre, en un cielo de flores que siempre me describía, y que con dudas agnósticas le negaba pues en sus palabras parecía casi cierto, la vida mejorará, pues habrá más luz, más labor callada. Celia entregó toda su vida, desde bien niña, a los demás. Y jamás se quejó.

No conocí a su madre, a la que cuidó siempre. Y siempre es cada minuto. Cada instante. Tampoco a José María Labrador, que seguro que enterró su paleta de artista expresivo dándole gracias por sus últimos maravillosos años. Sí conocí, afortunadamente, a su padre, Moisés, hermano de Daniel, con más de cien años de vida, gracias a un amigo común. Y Moisés, que no mentía, decía que Celia era única. Era bondad. Toda bondad. Vivió para ellos. Por ellos. Se entregó a ellos. Y no pidió nada a cambio.

En alguna bibliografía artística provincial del siglo XX, figura Celia Vázquez, dentro de un contexto general, como pintora de 'paisajes', con referencias tímidas a ser autora de flores. Sin duda alguna no fue la mejor, ni la más rigorosa, pero le aseguro, lector, que ninguna como ella para estampar de corazón que el amor por los demás existe, y que ese amor, solo con amor, es capaz de tener forma en un lienzo, en una cuartilla en blanco. En sus flores dejaba sus ojos. Y sus ojos eran el mismo amor.

Celia se nos ha ido para siempre, pero su palabra y sus flores, al menos para mi, estarán presentes con ese silencio que solo se escucha cuando se ama, cuando se siente la labor esculpida a golpe entregado, a pulso dedicado. Gracias, Celia, por los minutos de esperanza y de compresión que nos regalaste. Aunque dudaré de tu reino de fe por toda una vida, hoy, más que nunca, creo que ese reino es cierto y te pertenece, es todo tuyo, y allí reinas sin corona para que todos seamos iguales.

Flores para ti. Siempre. Celia.

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