Eterna fidelidad

Siempre se ha dicho, y todos los lectores de Gabriel García Márquez lo reconocemos habitualmente, que adaptar al cine sus novelas siempre ha resultado labor muy difícil y complicada. ¡Y eso que tiene libros que son toda una tentación para llevarlos a la pantalla! Creo, y es una modesta opinión personal, que sólo El coronel no tiene quien le escriba (1999), del director mexicano Arturo Ripstein, estuvo más cerca del genio literario del escritor colombiano. Por supuesto lo primero que se aprecia en la película El amor en los tiempos del cólera, una novela tan llena de la esencia del autor, es que ni el director, Mike Newell, ni el guionista, Ronald Harwood, han acertado a expresar enteramente el auténtico espíritu de la novela de García Márquez. La historia nos cuenta como Florentino Ariza, joven telegrafista de humilde condición y poeta, descubre su primer amor apasionado al conocer a una joven de buena posición, Fermina Daza. Apasionadamente enamorados se han prometido fidelidad eterna, pero, enterado su padre, los separa y obliga a su hija a casarse con el doctor Juvenal Urbino, médico acomodado y de adinerada familia, que consiguió erradicar una epidemia de cólera que asoló la ciudad. Florentino, olvidado por Fermina, se centrará exclusivamente en sus prósperos negocios y tratará de consolarse frecuentando interminables amores más accesibles y fáciles. Pero su pasión por su primer amor se mantendrá más allá del medio siglo.

Un amor de los que duran toda la vida parece un argumento manido y hasta en buena parte repetido hasta la saciedad. Pero la peculiar óptica de Gabriel García Márquez convirtió la historia en un relato muy singular con matices muy personales. No parecen haber profundizado los artífices de esta adaptación en el verdadero mundo del novelista. En primer lugar, y me parece fundamental, por la concepción de los personajes que en la versión cinematográfica no resultan perfectamente definidos. Por otro lado el realizador y su guionista se han empeñado -pese a la promesa del productor al autor de que no haría un uso del tema al estilo Hollywood, cuando vendió los derechos de autor en tres millones de dólares- en emplear ese tono romántico lánguido, relamido y excesivamente melodramático, ineficaz a la hora de encontrar los matices y rasgos de mayor frescura en la personalidad de los protagonistas de la historia.

Por otro lado es evidente la gratuidad e intrascendencia de muchos momentos del relato, reiterados, monótonos e inexpresivos en muchos casos. Contagiado por ese afán de muchos realizadores de trascender la parafernalia colonial, reducida casi siempre a lo imaginario y ambiental, con intérpretes que saturan hasta la saciedad los consabidos estereotipos latinos, Mike Newell, se ha olvidado de la fuerza simbólica, sarcástica y transgresora de la novela de García Márquez y así los personajes quedan más alejados de los auténticos protagonistas perfectamente pergeñados por el autor. Creo que muchos directores estadounidenses debieran olvidarse de la narrativa latinoamericana.

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