Dios en la obra de J R Jiménez

  • Esta idea no se encuentra sólo con reunir datos de su vida y su poesía, notas, aforismo, cartas o en sus documentos, sino que hay que ver en lo que el poeta piensa, en lo expresado acerca de ello en su obra

Al dar comienzo a este artículo dudamos de si debemos decir Dios en la obra de Juan Ramón Jiménez o, por el contrario, La idea de dios en la obra de Juan Ramón Jiménez. Dudamos incluso de si debemos escribir Dios con mayúscula o con minúscula. Realmente, cuando hablamos de Dios -dios- o de la idea de dios -Dios- en nuestro poeta dudamos de casi todo. Esta idea, o la concepción de dios -Dios- en la poesía de JRJ, están aún por pensar. No debe extrañarnos esta afirmación, y ello en su doble sentido, a saber, que falta aun en la bibliografía sobre nuestro poeta un estudio pormenorizado, exhaustivo y sistemático sobre su idea de dios -Dios- o su concepción de Dios -dios- en su obra, y que, además, este estudio no puede basarse exclusivamente -adelantemos de momento sólo esta idea- en el solo análisis de su obra en conjunto y de su vida en general. Por lo demás, esto es lo único que se ha hecho hasta ahora, e, independientemente de ciertos artículos sobre el particular -algunos sin duda brillantes y bastante esclarecedores- y de determinadas incursiones a través de estudios sobre la vida y obra de nuestro poeta, el único ensayo con pretensión de definitivo es la obra, ya por lo demás bastante caduca a la vista de los sucesivos hallazgos de poemas, aforismos, notas y demás documentos de interés del propio JRJ publicados desde entonces, la única obra monográfica sobre el particular, pues, es la del padre Carlos del Saz Orozco Sj, publicada en Madrid, en 1966, en la editorial Razón y Fe. No existe, hasta donde nosotros sabemos, ningún otro estudio monográfico y con tal pretensión de definitivo que éste. Pero un estudio de estas solas características es justamente lo que indicábamos que difícilmente puede prosperar hacia el objetivo del máximo y esencial esclarecimiento de la idea o concepción de Dios -dios- en la poesía de Juan Ramón Jiménez. Lo que es más: seguiríamos en la duda de si escribir el mal llamado "dios juanramoniano" con mayúscula o con minúscula. Por ello, no sin duda en una afirmación acaso extraña para algunos, decíamos que aquella idea o concepción están aun por pensar.

¿Qué se quiere decir con esto? Aquí está en efecto la clave de toda comprensión suficiente sobre el tema que nos ocupa. Nos bastará señalar aquí que para un esclarecimiento definitivo, o con pretensiones de definitivo, de esa idea o concepción de dios -Dios- en la poesía de Juan Ramón Jiménez no es suficiente con reunir datos sobre su vida y analizar su obra poética, sus notas, aforismos, cartas o cualquier otro documento que nos ayude a profundizar en ella, sino que debemos pensar lo que el poeta piensa en lo expresado acerca de ello en su obra. Toda expresión, que es sin duda un pensar sobre lo en ella expresado, reposa enteramente sobre lo no pensado de ese pensar. Quiere decir: lo pensado por un autor en su obra va siempre más allá de ella, de tal modo que esconde, en ese pensar, lo aun no pensado, fundamento de la esencia misma de su pensar. Traducido a la obra de nuestro poeta: lo que se expresa en la poesía de Juan Ramón Jiménez -cuando hablamos de su poesía no nos referimos a una u otra época de su producción poética sino a ésta en su totalidad-, el pensar que se transparenta en todos y cada uno de sus poemas está aun por pensar, vale decir, guarda en sí mismo, en ese pensar, lo aun no pensado en él. En ese todavía lo no pensado habita su idea o concepción de Dios -dios-, y sólo pensando lo no pensado en su pensar -ya siempre y en todo caso pensar poetizante, dado que ese pensar irrumpe o se abre con el canto mismo, es decir, en el poema de cada caso- podremos decidir sobre esa idea o concepción de Dios -dios- en la poesía de JRJ, y decidir asimismo, de una vez por todas, si debemos escribir Dios con mayúscula o con minúscula, o incluso decidir si esto en realidad no tiene ninguna trascendencia respecto de aquella idea o concepto. Sólo a la luz de ese pensar lo no pensado en el pensar poetizante de nuestro poeta se esclarecerá con suficiencia todo aquello expresado por él en notas, aforismos, poemas, etcétera, y los rasgos biográficos sobre ese particular quedarán asimismo puestos de manifiesto en su más extrema desnudez, exentos de toda tradición o de todo convencionalismo. Con ese pensar lo no pensado en el pensar poetizante de Juan Ramón des-encubriremos un fundamento sólido y esencial que transita todo a lo largo y ancho de su producción poética. Nos daremos cuenta, en efecto, que dicha producción, desde su inicio hasta su final mismo, viene predeterminada o destinada en esa idea o concepción suya de Dios -dios-. Dicho acaso de una manera más sencilla: no importa tanto a la hora de la interpretación de la poesía de JRJ en su conjunto que en ella se mencione o no el nombre de Dios, o de dios, con minúscula, es decir, que no se hable explícitamente de Él, lo que sólo acontece en algunos poemas. Eso a lo que remito: lo aun no pensado en su pensar poetizante, nos revela o des-encubre aquella idea o aquella concepción de Dios en nuestro poeta como fundamento vivo de toda su obra, de todos y cada uno de sus poemas, constituyendo el hilo conductor que le otorga unidad y sentido y que desemboca, como no podía ser de otro modo, en Dios deseado y deseante (Animal de fondo), razón por la que decimos que este libro es síntesis de toda su obra, a la que no obstante -no olvidemos esto nunca- sobrepasa enteramente.

Dios es, para Juan Ramón Jiménez (podemos usar aquí ahora la mayúscula con toda propiedad), inicio y término de su andadura poética y vital. Se dice en efecto a menudo que toda la obra en general de un autor está dominada, sustentada o predeterminada por una sola idea, que la cerca y la envuelve enteramente; que toda esa obra bascula o se mueve alrededor de una única idea. Para nuestro poeta, esta afirmación -a nuestro entender- es perfectamente válida. Afirmamos así que toda la producción poética de JRJ no es sino una incansable búsqueda de Dios (con mayúscula), y que en esa búsqueda, o por razón de ella, Dios es en efecto inicio y final. Pero decir que Dios es origen y término de todo cuanto es no significa más que decir que, en verdad, precedemos en todo caso a la idea o concepto de Dios y que su hallazgo supone, ya desde siempre, un venir hacia aquello que ya nos pertenece por entero, de tal modo que Dios es así el Venidero, aquel que está viniendo a nosotros desde el inicio y que, por ello mismo, en nuestra precedencia sobre él, su término coincide con su inicio y es término e inicio igualmente para nosotros, y es por tanto Dios con mayúscula y dios también con minúscula y que ambos modos de expresarlo son no sólo perfectamente válidos sino igualmente complementarios y no excluyentes. Toda la producción poética de Juan Ramón, desde sus primeros libros de poesía hasta los últimos, significan una búsqueda de Dios por parte del hombre en el sentido de que Aquél, aun estando el poeta tras su rostro, mira en la misma dirección que Él y abre el mismo espacio de realidad, de tal modo que lo que se abre es aquello cantado por el poeta en sus versos, su significado último, y denota la conquista de una expresión exacta, desnuda de toda representación y, por consiguiente, de todo estado preestablecido de cosas, y debe así por tanto preceder necesariamente a esa idea o concepción de Dios, siendo ya así Dios, o dios, o ambos, hecho carne y oración en el canto del poeta y hallado al fin -en el estar viniendo a aquello que ya desde siempre le pertenece- como término que es inicio, en un círculo que fundamenta enteramente el sentido último y esencial de su poesía; una poesía, de este modo, desnuda, exacta, preñada de esa belleza y de esa eternidad que sólo Dios, como término final de todo, puede otorgar al hombre y al mundo. ¿Cómo podría ser Dios donación esencial de lo bello y lo eterno en lo mío y en lo tuyo y en lo nuestro sino fuera el término final de la obra del hombre, si éste no le precediera desde siempre e hiciera posible, con su canto, con la expresión imposible de un acontecer que a cada instante se le escapa, su aparición como término final de un círculo en el que el principio y el final están en todas partes y su centro en ninguna?

Cuando editamos la obra Dios deseado y deseante (Animal de fondo) en febrero de este mismo año pensábamos de alguna manera que estábamos aportando al esclarecimiento del mal llamado "dios juanramoniano" su más hondo fundamento. Hoy ya no pensamos exactamente así. Adivinamos que con esa obra, en lo que tiene de síntesis final de toda su obra anterior, de la totalidad de su producción poética, y una síntesis -como hemos dicho- que supera a ésta enteramente, dios des-encubre finalmente, en todos y cada uno de los poemas que la componen, su rostro más vivo, y que este rostro aparece en efecto mirando en la misma dirección que el rostro del hombre, pues Juan Ramón poeta es, en esa obra, no sólo esto, poeta, sino además, y esencialmente, hombre. La proyección de esos poemas, lo no pensado en ellos de su pensar -de ese pensar poetizante- nos revela, no el hallazgo -a través de la poesía o en virtud de ella- del rostro del dios, sino ante todo y sobre todo el hallazgo del hombre en sí y por sí mismo, humano, demasiado humano, que, precediéndole, halla al fin a su dios, que es también su Dios, el dios que está viniendo desde siempre hacia aquello que también desde siempre le pertenece, el dios de la inocencia última, dios al fin vivido en conciencia y Dios de su infancia unidos de este modo en un círculo completo, suficiente de suficiencia plena. La edición de aquella obra, por tanto, no fundamenta en sí misma una comprensión esencial de Dios si desde ella no se habita, en el sentido más hondo y esencial de esta palabra, toda su obra, la de la primera época, la de la transición o puente hacia la desnudez de la palabra, en la que destaca, silencioso, dulce, místico a veces, pensativo, doliente o nostálgico, su libro Bonanza -puente tendido entre su Dios, con mayúscula, y su dios, con minúscula, ambos una sola y única realidad-, y la obra también del ansia de desnudez, de expresión exacta de las cosas, nombradía que ha de reverter, al fin, en el término final de su obra en el exilio haciendo que resplandezca ahí, con brillo propio, ya su dios, el dios hallado, ese Dios que está viniendo hacia él -en su pertenencia- desde siempre, y que precede a su realidad más profunda -raíz y vuelo de la transparencia del hombre como animal de fondo de aire, de tierra, de mar y de cielo.

Los comentarios de aquella edición nuestra de Dios deseado y deseante (Animal de fondo), junto con su Introducción general, conforman -somos conscientes- un libro dentro del libro, y tratan de buscar ese fundamento del dios hallado y del Dios por venir, de Aquél que está desde siempre llegando en el venir hacia aquello que ya desde siempre le pertenece, pero no son suficientes para esclarecer en su más hondo sentido ese dios forjado en conciencia abierta y hecho Dios en carne y oración, ese Dios de la infancia que, regresando -viniendo- completa el círculo último de la más alta virtud que el hombre, en sí mismo y por sí mismo, puede llegar a asumir: su inocencia última. Esto se nos escapaba: la conciencia de esa inocencia que no se halla solamente en Dios deseado y deseante sino que está ya implícitamente presente en toda su obra en general como fundamento último de ella. Sólo ahora, cuando dimos en las páginas de ABC [el 28 de junio pasado] ese poema inédito de nuestro poeta sobre Dios, el dios del hallazgo puede comprenderse como el Dios que viene, el Venidero, enraizado desde siempre en su vida y en su obra, en la esencia misma de su ser hombre, que es uno y todo y nada en la conciencia abierta del alma humana, en inocencia última de un mundo que halla ya en ella, como síntesis de toda nombradía, el nombre conseguido de los nombres.

Sólo a través de la búsqueda de ese fundamento vivo que otorga el sentido último de toda la producción poética de nuestro poeta, de eso no pensado aun en el pensar de su pensar poetizante, podemos acercarnos a su idea o concepción de Dios(-dios) y construir, a partir de ella, ese estudio exhaustivo, riguroso y sistemático que está aun por hacer, con una urgencia acaso no suficientemente valorada en su ausencia, respecto de la obra del Nobel.

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