Década para cinéfilos (II)

Recordarán que el pasado domingo nos ocupábamos con este título de las mejores películas de la última década y nos habíamos quedado en el 2006 con La vida de los otros. En 2007, como en el resto de las elecciones, es difícil elegir un solo título. Pero la decisión hay que tomarla y, aunque ese año se estrenaron películas de calidad que no llegaron a Huelva, yo me inclinaría por Zodiac (2007), de David Fincher, quien en un recio relato acierta a contraponer a la barroca sucesión de acontecimientos una contención firme en función de esa meticulosidad excesiva y manierista de la narración.

En el año siguiente uno tiene sus dudas, pero un film impactante fue sin duda Gomorra (2008), de Matteo Garrone, una historia de realismo inquietante y perturbador, una crónica desgarradora de la crueldad. De las películas estrenadas aquí en 2009, no hay dudas. Uno se acuerda inmediatamente de Gran Torino (2008), de Clint Eastwood, un film tal vez reaccionario o muy gringo, como dirían algunos, pero una muestra valiosa de lo que un buen director puede hacer con un personaje reciamente retratado y una mínima pero vibrante historia.

En 2010 también es complicada la elección, pero si hay que hacer justicia por una película olvidada en los Oscar del último año, la opción debe recaer sobre La red social (2010), de David Fincher. La destreza narrativa del realizador ha facilitado que un tema un tanto duro para no versados en informática y otras complejidades de interacciones sociales, interese vivamente al espectador más adulto, inteligentemente hablando.

En toda esta crónica de las diez mejores películas de la década es evidente que nos hemos dejado atrás títulos como Brother (2000), de Takeshi Kitano; Chocolat (2000), de Lasse Hallström, un dulce sabor mágico, tierno y estimulante; La boda del monzón (2001), de Mira Nair, un retrato colectivo del que nos sentimos identificados; Hero (2003), de Zhang Yimou, subyugadora homogeneidad de deslumbrante belleza; Ciudad de Dios (2002), del brasileño Fernando Meirelles, cuadro desolador de la vida cotidiana en algunas ciudades de su país; Un funeral de muerte (2007), de Frank Oz, muestra gozosa de la comedia negra que ya escasea, o Cuatro meses, tres semanas y dos días (2007), del rumano Cristian Mongiu, crónica retrocomunista, cuya estética, cuyos diálogos y situaciones resultan desesperados, demoledores, amargos.

Y así seguiríamos con Irina Palin (2007), de Sam Garbarski, una historia sórdida convertida en un relato entrañable y hermoso; Yo serví al rey de Inglaterra (2006), de Jiri Menzel, algo más que una comedia del prestigioso realizador checo al que casi habíamos olvidado; Celda 211, (2009), de Daniel Monzón, una de las mejores películas españolas de los últimos tiempos; Rock´n´rolla (2008), tal vez olvidada y reveladora del talento indiscutible del emergente Guy Ritchie; La teta asustada (2008), de la peruana Claudia Llosa; un cine etnográfico con desabrida sensación y el amargor de un duro relato; Vals con Bashir (2008), del israelí Ari Folman, exorcismo personal y colectivo sobre las matanzas de Sabra y Chatila, y Copia certificada (2010), del iraní Abas Kiaorostami, una profunda reflexión sobre el pasado y el futuro del cine, pero a la vez un emotivo relato sobre el origen y la naturaleza de las relaciones sentimentales.

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