La Casa Colón abre una ventana a los mundos de Hocks y Castro Prieto

  • El Salón de los Brazos reúne las ensoñaciones del holandés recreadas por él mismo

  • El Salón Iberoamericano muestra las referencias vitales del madrileño en el pueblo de sus padres

A Teun Hocks se le puede encontrar siempre en sus propias fotografías. Igual deja el hacha para leer un libro recostado en un árbol, que espera pensativo, trajeado y sentado en una banqueta, a que piquen los peces en un charco. O se le ve reflexivo también al final de un camino sinuoso. Contaba a Huelva Información ayer, paseando entre ellas, que en todas hay un poco de sí mismo, sin que al mismo tiempo haya una intención definida para colocarse delante de su cámara. Esas escenas en espacios abiertos, casi etéreos, imaginados o soñados, son parte de ese mundo propio que recrea en su estudio, como también explicó ayer en el Salón de los Brazos, en la inauguración de su Untitled.

En el pabellón principal de la Casa Colón, en la Sala Iberoamericana, Juan Manuel Castro Prieto también ofrece al público su universo personal. El suyo es real, físico, con ubicación concreta en el mapa, aunque con una temporalidad abierta a la evocación del espectador. La suya es la de sus orígenes: el de sus padres y el de su propia existencia, documentados a lo largo de 40 años como referente constante en su vida.

Las dos muestras presentadas ayer en Latitudes tienen en común precisamente esos mundos de Castro Prieto y Hocks, diferentes aunque abiertos aquí en Huelva a que la gente rasque un poco y descubra lugares comunes, compartidos en la memoria y en la imaginación, a los que desde ayer se abre la Casa Colón, con Cespedosa y Untitled, hasta el 25 de marzo.

No es la primera vez que Latitudes muestra la obra de Castro Prieto, viejo amigo ya del festival onubense. Ahora lo hace con su trabajo más personal y sólo algo muy vinculado a él, como es la enfermedad de su madre, le ha impedido estar aquí para presentarlo. No es casualidad que su amigo Chema Conesa sea el comisario de la exposición y fuera ayer el encargado de representarle. Porque también fue él quien le apuntó a ese itinerario biográfico para definirle y mostrarle tras conseguir el Premio Nacional de Fotografía en 2015.

En esa colección que reúne el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, estrenada en Madrid en 2016, hay fotos que se remontan a 1977, y que llegan al mismo año de su conclusión, todas en el pueblo salmantino de sus padres. Hay formatos pequeños y grandes, grises de franqueza y tonos coloridos ilusorios. Y hay en todas las imágenes un reflejo de otro tiempo, que sigue es el mismo de ahora, y que fue el de mucho antes de ser tomadas. Es el tiempo detenido que Castro Prieto encuentra siempre en Cespedosa de Tormes, en la casa familiar y en la de sus vecinos, y que todo el que se pone delante de cada fotografía suya identifica también en su propio mundo interior.

En las obras de Teun Hocks parece que no hay tiempo, aunque sembrara un campo de relojes, en la única escena de ausencia física propia. Realmente sus composiciones parecen flotar en la indefinición de un mundo sin identificar, sin distracciones en la tragicómica teatralidad de su propio yo.

El fotógrafo holandés explicaba a este periódico que la inspiración le llega sugerida en viñetas de novelas gráficas y escenas comunes que encuentra a diario en los libros. Ese fino humor adivinado tampoco es buscado, dice, aunque deja entrever con su sonrisa que es parte de ese yo que se cuela en su interpretación.

Es frecuente que despierte curiosidad su técnica y se ofrece a hablar de ello antes de que le pregunten. Porque esa impresión pictórica que dejan sus fotos es subrayada por los colores que aplica posteriormente a decorados de escenas que algunos críticos asocian con la ensoñación de Magritte. Nunca antes el Salón de los Brazos consiguió encerrar un espacio abierto tan extrañamente seductor como lo hace ahora con Teun Hocks.

Juan Manuel Castro Prieto no pinta pero maneja la técnica fotográfica como pocos virtuosos hay en el mundo. Ayer destacaba ese otro maestro que es Chema Conesa la plasticidad conseguida, la sedosidad con velos imaginados por uno de los fotógrafos, aseguraba, que mejor transmite la belleza en esas tonalidades. Enfoques plenos en una caja de zapatos, o concretos, casi milimétricos, entre un puñado de clavos; resultado único de grandes cámaras de placas que domina como pocos desde que Isabel Muñoz le permitió experimentar con una por primera vez. Dice Conesa que Castro Prieto tiene la capacidad de sacar fotos donde no las hay. Y lo hace de un mundo propio en el que todos nos descubrimos.

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