Buly, en la pinacoteca de Almonte

  • De siempre sorprende su concepto de pintura limpia, rozando el diseño y la abigarrada historia de cada personaje, tan literaria, tan poética

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Viernes tarde. Huelva casi desierta. Algún que otro despistado intentando estrujar mente y bolsillo para satisfacer la cuota de regalos de Navidad. Colonia, ropa, accesorios. Más colonia, más ropa y más móviles. ¿Regalamos alguna vez arte con la idea de satisfacer y de camino invertir?

Retomemos el rumbo. Los niños, tras una partida olímpica de Nintendo, necesitan cambio de aire. Almonte es una gran desconocida. Allí nos espera la Pinacoteca de Arte Contemporáneo y la exposición de Buly.

Almonte es un ejemplo de superación. No sólo es Virgen del Rocío y Doñana transmisor de valores sostenibles, por sí mismos acontecimientos culturales de primer orden. En los últimos años ha dedicado museos y ha abierto una galería de arte que… ya quisiera para sí la capital de la provincia, tan carente de espacios especializados. Allí hemos ido, a la Pinacoteca de la calle de El Cerro. Y allí, un clásico exiliado de la pintura onubense, Aurelio Díaz Trillo, Buly.

No sé si la ironía se puede explorar con las yemas de los dedos. Si así fuera, Buly, un aticista mordaz e insatisfecho, la toca para hacerla inteligente, real. De siempre me ha sorprendido su concepto de pintura limpia, rozando el diseño, y la abigarrada historia de cada personaje, tan literaria, tan poética, que da para reinventarla en series. En esas sucesiones estamos todos. Y Buly, el primero.

En todos sus personajes, reales o no, propios o comunes, vive parte de la historia de la pintura y la literatura españolas y muy particularmente la llamada del Siglo de Oro. La gran manera aportada por Buly es que él le confiere un sello personal, una impronta socarrona, cáustica, hidalga y justiciera de la vida. Plasma en sus escenas el gran teatro del hombre, exhalando una lluvia fina de cuentos ejemplarizantes que cuando llega al espectador se convierte en un tsunami de interpretaciones y reflexiones.

Siempre rico, siempre fresco, nunca cansado de servir al hombre medio, prototipo de español superior, su obra se caracteriza por la particularidad y el sentido crítico de la vida. Sin embargo, nos ha sorprendido en esta exposición de Almonte la pérdida de parte del Buly creador de símbolos, dador de objetos-ejemplos. Si exceptuamos la mesa con pescado, la taza y el barco mareado por las olas, el resto se pierde en narraciones "no Buly". Algunas obras diríamos que anodinas, carentes de esa fuerza interna privativa del cronista astuto de la realidad.

Plásticamente han perdido la personalidad bulyana, pero de insistir en su observación, parece como si este nuevo concepto pictórico, y quizá conceptual, oculte una broma a su propia obra, tan distantes de otras, recreando una especie de seriales de pintura anónima comercial. En algunos cuadros el paisaje se come al paisaje. En otras, materiales pobres abaratan el resultado de un gran artista. ¿Subyace una crítica medioambiental, un cansancio de las formas o una triple pirueta de la broma-falacia pictórica?

Sea lo que sea, necesitamos que Buly vuelva con su troupe de personajes de soledades e inquietudes, tan circense, tan teatral que para nada nos embaraza. Necesitamos que Buly nos siga regalando la ironía quevedesca, el barroquismo conceptual gongorino y el idealismo cervantino. Necesitamos como aire fresco que Buly siga siendo Buly, pues hoy, en Almonte, hemos visto una ironía de Buly que, por rizo de ella misma, deja de ser ironía de Buly (al menos a nuestros ojos).

En tantos años de disfrute, no puede dejar de regalarnos esa síntesis salvaje y ejemplarizante de la España que interpreta. Para quien esto escribe, Buly siempre será un Greco terrenal que censa estereotipos reales; un Pantoja de la Cruz vestido de gimnasio y taberna pestilentes; un Sánchez Cotán con donuts y calentitos en dinners de carretera; un Tristán socarrón sin dejar de ser místico del pop que a todos nos cuelga; un Ribera de la luz multicolor; un Herrera el Viejo pulcro, simétrico y divulgador de enseñanzas; un Zurbarán moralizante, señor de la nobleza espiritual; un Cano de la limpieza de líneas; un doble de Carreño, mitad real y la otra más real para ser irreal; y un espejo velazqueño donde lo cotidiano se hace mitológico, los pequeños dioses terrenales del consciente. Ahí reside la grandeza de Buly.

En Almonte puede ver, en parte, el universo personal de Buly. Pero además, en la Pinacoteca podrá contemplar, y extasiarse, con una extraordinaria muestra permanente de Jorge Camacho, uno de los grandes artistas vivos de aquel movimiento revolucionario liderado por Bretón denominado surrealismo.

Conozcamos nuestra provincia. Almonte tiene muchos motivos para ser visitada. Y no todo es Virgen del Rocío.

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