Atenas, ciudad del hombre

  • Juan Vicente Piqueras toma el paisaje griego como trasfondo para un poemario conmovedor y austero que se hizo con el último Premio Loewe

Los cinco años que vivió en Grecia el poeta, profesor y traductor Juan Vicente Piqueras podían haber propiciado que el autor hubiese transformado su obra en un periplo culturalista y ampuloso por los mitos y las referencias de la civilización helénica, que el componente intelectual del paisaje hubiese fraguado una voz fría, desapegada de los problemas del mundo que le rodeaba; podía haber ocurrido que, embelesado por ese patrimonio heredado de dioses y leyendas, el escritor hubiese olvidado el registro de lo humano. No ha sido así. Atenas, el libro que ha reportado al valenciano el Premio Fundación Loewe, encierra una poesía sobria y conmovedora que invoca el calor de lo vivido, que aboga en sus versos por el valor y la emoción de la experiencia. Grecia se extiende aquí como un trasfondo privilegiado, nada menos que donde se gestó la democracia y la idea de Occidente, pero también, ay, donde se reflejan el desgobierno y la desesperanza de nuestros días, aunque el hallazgo del libro es que no carga las tintas ni en su mirada al imaginario clásico ni en la crónica de la miseria de la actualidad; ambos elementos sirven como marco para hurgar en otros temas: el desconcierto del individuo ante su propia, dolorosa, insignificancia -"Ni Jerjes ni Leónidas, soy alguien / que no saldrá jamás en un libro de Historia"-, su necesidad de trascendencia pese a todas las divinidades derrocadas.

Ya en algunos de los primeros versos, Piqueras deja claras sus intenciones: en su poema Museo de la Acrópolis, establece un paralelismo entre las desmembradas, incompletas, obras de arte que allí se exponen y el también mutilado espíritu de los hombres: "Un toro sin cuernos que está siendo devorado / por un león que no está, / sólo sus garras. / Admiramos lo desaparecido. / Tal vez nuestra cultura nace de estas ausencias, / de lo vacío, de lo que no hay. / También nosotros somos lo que queda / de nosotros, / lo que nos falta, / el hueco que nos cuida". Los dioses y las fábulas, viene a decir el autor, no son quizás más que proyecciones de las carencias de las personas, como asegura en El laberinto: "Empiezo a sospechar que tal vez no haya nadie / y que el temido monstruo / sea sólo una invención del miedo de los hombres, / de su oscuro deseo de desaparecer". En un tiempo de descreimiento, en el que "en vez de venerar, sacamos fotos", el poeta añora deidades ante las que postrarse, quizás porque profesar un credo puede entenderse como una forma de fidelidad, de custodia de una memoria sagrada, frente a "una raza de esclavos / que han hecho del olvido su misión y su vida / y su razón de ser". El hombre se revela, finalmente, como la criatura más amenazante de todas. En Tebas, por ejemplo, el peligro no radica en el adversario de una batalla, de una inquietante cercanía -"Hasta quien nos ataca es nuestro hermano. / Hasta nuestro enemigo es de los nuestros"-, sino en la oscuridad del corazón de uno mismo: "No importan los saqueos ni el sitio ni la sed. / El peligro peor está en nosotros (...) Oigo en mi voz entrechocar de lanzas".

Escribir es, inevitablemente, asomarse a los abismos interiores, un exorcismo en el que su artífice se contempla como "una mosca dentro de mi alma / acudiendo a la herida"; la poesía, se afirma, "es fruto de la guerra". Pero Piqueras se resiste a ser un Ulises seducido por las sirenas de la tristeza -"y así me veo atado / al mástil de estas voces que son apenas mías, / ciego a fuerza de cielo, sordo a súplicas, / buscando entre la niebla / el rumbo que el asombro ha trazado en mi sangre"-, no quiere encarnarse en "mártir / de una fe que no tengo" y se niega a encallarse en la desdicha. "Me espera el mundo, el mar y lo que amo, / la odisea feroz de ser feliz", proclama.

Piqueras, que residió en Francia e Italia antes de mudarse a Grecia, y actualmente es jefe de estudios del Instituto Cervantes de Argel, observa desde la atalaya del desarraigo, lo que le facilita expresar extrañeza ante sus semejantes. En Sin idioma habla de ese pasear entre lenguas que no comprende, pero su poema acaba siendo un bello retrato de la incomunicación y la soledad, de la imposibilidad de conectar con el otro. "...Desde hace días, podría decir años, / me he ido acostumbrando a no entender. / Le he cogido cariño a esta ignorancia, / a la elipsis que soy, a la sedante / dicha de no poder comunicar". Porque el ser humano es una identidad imprecisa, un habitar los parámetros de lo precario. "Sólo soy aquí y ahora / y lo que no me atrevo aquí y ahora a decir", admite el autor. Grecia ya dispuso con Odiseo el perfil de un hombre difuminado: "Me he convertido en nadie. / Tendré que regresar a tu regazo, / apoyar mi cabeza donde ahora está el ovillo / que guía mi retorno. / Y cuando llegue a ti ya no sabrás quien soy. / Cuando te abrace abrazarás el aire", escribe Piqueras cuando presta su voz al personaje de la Iliada.

Inevitablemente, Atenas describe asimismo la miseria de una ciudad devastada por la crisis, "una ciudad que ya no huele a azahar / sino a ceniza, llena / de ancianos vencidos que piden limosna (...) fundada por los dioses, / castigada sin cielo por el único dios / que este siglo venera". Y al final, otro viaje aguarda: el autor se despide de esa tierra que ha calado tan hondo en su ánimo. "Habrá que irse de Grecia aunque no creo / que quien aquí ha vivido / y ha visto como ardían los días y los dioses / pueda dejarla atrás sino llevársela / dentro de ese jarrón azul antiguo / (...) de la maleta vieja que es el alma".

Juan Vicente Piqueras. Visor. Madrid, 2013. 70 páginas. 10 euros

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