cRITICA DE MÚSICA

Afanes del sonido

Escuchar un programa que funde lenguajes dispares es una propuesta que da inicio a un estilo. Tienen los campos musicales abundantes facetas para que el público se interese; si los intérpretes van puliendo la calidad de su trabajo, el público demandará siempre un elemento más, y de esta manera se afianza una tradición. Un claro ejemplo lo encontramos en la sutil combinación de tendencias clásicas y vanguardistas; unas y otras despliegan sus rasgos inconfundibles en un arte sonoro que dice mucho.

Y el gusto por el tempo uniforme hace que la continuidad de autores bien conocidos gane espacio entre el repertorio convencional diversificando ciertos detalles con cuya nitidez pasan al primer plano de la audición. Buscan un pulso contenido en frases de melodías pegadizas. Eso no quiere decir que a lo largo de una pieza no se produzcan ligeras fluctuaciones donde se acelere o se enlentezca; el momento presente determinará de forma implacable los cambios oportunos. No les resultaba difícil a nuestros músicos incluir una serie de piezas que siempre han figurado en las temporadas; y es que cada vez que se interpreta una misma obra ésta suena distinta, bien en el timbre, en la dinámica, el carácter, etc. En consecuencia, se rompe la monotonía que se vincula a obras predilectas muy comunes en los programas de mano.

Pero más allá de rutinas que constituyen nuestro entorno, el campo central de una obra de grandes proporciones irrumpe en nosotros como las profundidades submarinas, esto es: no hay más que zambullirse sin miedos ni prejuicios para darnos cuenta de que hay elementos muy variopintos que aun pasando desapercibidos sostienen todo el equilibrio oceánico, enigma e intriga para quien sólo ha navegado por la superficie, en analogía al oyente que únicamente presta atención a lo directo y explícito de una composición musical. De hecho, una textura orquestal es como un océano recorrido por especies asombrosas que giran y giran transformándose junto a un escenario vegetal elocuentemente sinuoso. Si lo fácil reside en apreciar aquellos seres enormes que alteran la quietud de las aguas, lo fascinante está en los roces brevísimos de algo indescriptible o animado o inanimado con un relieve coralino. No hay magnificencia sin nimiedad.

Cuando se fija un camino dramático en la manera de dirigir, la fluidez artística despierta nuevas inquietudes. Se trata, en definitiva, de abordar la música con un empuje personal que acabe influyendo poderosamente, sin que por ello se pierda la fidelidad al espíritu de la obra. El melómano comprende que el lenguaje-estereotipo ofrece más posibilidades que lo enseñado, lo oído y lo escrito; algunas veces los interludios de composiciones escenificables nos acercan un submundo que resume genialmente la propia razón de ser de una obra descomunal. Y reconocemos el mérito no sólo en el compositor; el intérprete audaz quiere enfrentarse a sí mismo en una velada donde siempre hay algo nuevo que desentrañar de una partitura.

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