Un gran atentado marca la retirada de EEUU de las ciudades iraquíes

  • El día de fiesta organizado por las autoridades termina con un baño de sangre en Kirkuk · La mayor parte de la población celebra la marcha de las tropas de combate, que se retiran a sus cuarteles

Los iraquíes celebraron ayer con un día festivo la retirada de las tropas de combate estadounidenses de todas las ciudades de Iraq, en cumplimiento del acuerdo de seguridad firmado en diciembre pasado entre Washington y Bagdad. Pero la alegría terminó pronto en Kirkuk donde al menos 26 personas perdieron la vida y otras 56 resultaron heridas como consecuencia de la explosión de un coche-bomba en un concurrido mercado de la localidad.

"Nos enfrentamos a una nueva prueba y estoy bastante seguro de que saldremos victoriosos de ella", afirmó el primer ministro Nuri al Maliki en un discurso retransmitido por televisión con motivo de la culminación del repliegue estadounidense.

El lunes a las seis de la mañana, los hombres del capitán Barry Troy iniciaban su última patrulla en Jan Beni Saad, al sur de Baquba. "Hola muchachos, ¿cómo están?", dice alegremente Barry Troy, de 26 años, a los policías iraquíes que decoraron sus automóviles con guirnaldas y banderolas para celebrar "el día de la soberanía nacional".

En conformidad con el acuerdo firmado en noviembre de 2008 entre Estados Unidos e Iraq, el Ejército norteamericano debe retirarse de todas las ciudades iraquíes y sólo podrá volver en casos específicos, a petición de las autoridades iraquíes.

Después de una breve reunión de información con el comandante de la Policía, el coronel Aziz Ghazi, los soldados norteamericanos parten en el preciso momento en que se levanta una tormenta de arena que cubre la ciudad con un velo amarillento.

Los militares estadounidenses, apoyados por policías iraquíes, avanzan por calles polvorientas y cubiertas de detritus de esta ciudad de casi 100.000 habitantes que hasta 2008 era un bastión de Al Qaeda y escenario de un mortífero conflicto entre sunitas y chiitas. "Desde ayer todo ha terminado. Necesitaremos una invitación de los iraquíes para venir a patrullar una ciudad", explica el capitán Troy, nacido en Pennsilvania. "Pero seguiremos entrenándolos y ellos podrán llamarnos si necesitan refuerzos", agrega.

Mientras avanzan en el misérrimo barrio chií de Imán Al Sadr, el teniente iraquí de Policía Qattuf Salman hace de guía. "Hace dos años era imposible entrar en este barrio. Estaba controlado por las milicias", explica.

"El barrio de Askari, del otro lado de la ciudad, estaba en manos de Al Qaeda. Aquí había de todo: conflictos religiosos y atentados terroristas", añade el oficial. "Fue necesario un año y medio para recuperar el control", indica.

Después de una gran operación norteamericana que permitió derrotar a los insurgentes, comenzó el largo trabajo de entrenamiento de las fuerzas iraquíes. Un trabajo difícil, según el capitán Troy. "El anterior coronel era incompetente y holgazán. No había disciplina. Pero desde que el coronel Ghazi lo reemplazó, las cosas han mejorado", afirma.

"Ellos deben partir. La invitación expiró", dice un habitante curioso, que ha salido de su casa a ver lo que sucede con el pecho desnudo. Si bien la Policía y el Ejército agradecen a "las fuerzas amigas por los servicios que rindieron al pueblo iraquí", la población está ansiosa de que se vayan, porque las asocia con errores y arrestos indiscriminados.

Un soldado norteamericano nervioso le regaña al conductor de una motocicleta que ignoró la orden de detenerse. A dos pasos, en el barrio comercial, Shair Almanash, de 50 años, es testigo de la escena. "Que se retiren, no han dejado de humillarnos. Fueron ellos los que trajeron a Al Qaeda", se queja.

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