Barroca

"Entro en una biblioteca y se para el tiempo"

  • Guillermo Turina combina su pasión por la investigación con su carrera de violonchelista, lo que lo ha llevado a la publicación de su segundo disco para Cobra, que dedica a Giacomo Facco

Tomoko Matsuoka, Guillermo Turina y María Eugenia Boix. Tomoko Matsuoka, Guillermo Turina y María Eugenia Boix.

Tomoko Matsuoka, Guillermo Turina y María Eugenia Boix. / May Zircus

Bisnieto e hijo de dos compositores esenciales para entender el discurrir de la música española por el siglo XX (Joaquín y José Luis Turina, respectivamente), el madrileño Guillermo Turina vuelve al sello Cobra para publicar un segundo CD después del que dedicara al sorprendente Francesco Supriani. Acompañado de nuevo por la soprano María Eugenia Boix y la clavecinista Tomoko Matsuoka, el sujeto de su mirada es ahora Giacomo Facco (Venecia, 1676 - Madrid, 1753), un compositor "menos conocido de lo que merecería en España, pues fue clave en el desarrollo de la ópera en español. Escribió varias de ellas en la década de 1720, todas ellas con gran éxito".

-¿Cómo llega Facco a la corte española?

-Un poco por casualidad. Él estaba al servicio de Antonio Spínola, virrey de Sicilia, pero cuando por el Tratado de Utrecht, España cede Sicilia al ducado de Saboya, Spínola se viene a Madrid. El destino primero de Facco era Lisboa, ya que la corte portuguesa estaba muy interesada en contar con sus servicios, y de hecho, Scarlatti es llamado a Portugal en sustitución de Facco, después de que este decidiera quedarse en Madrid. Aunque era violonchelista, entra en la corte de Felipe V como profesor de los infantes y como violinista, porque en ese momento no hacían falta más violonchelistas en la capilla. En 1721 con libreto de José de Cañizares presentó ya una ópera en el Buen Retiro, Amor es todo invención.

-En este álbum ha grabado un par de cantatas italianas y otras dos españolas. ¿Hay diferencias entre ellas? ¿Hay un Facco italiano y otro español?

-Hay algunos rasgos que evolucionan y cambian con el tiempo. Las dos cantatas italianas son formalmente convencionales: introducción instrumental, arias da capo, etc. Clori pur troppo bella debió de ser la obra más conocida de Facco, porque se han encontrado cuatro copias de ella, en Nápoles, Madrid, Londres y París, dentro de una edición antigua del Método para tocar el violín de Corrette. Es probablemente una de sus primeras obras, ya que el manuscrito de Nápoles es de 1702, pero llegó a muchas partes. Es una obra maravillosa, amplia, con tres arias. Perche vedi ch'io t'amo es de su época siciliana y está escrita con violonchelo obligado. Cuando llegó a España, Facco lo escribió todo con textos en castellano. Amada Libertad es una cantata inédita, que tenían en la Biblioteca Nacional de Cataluña. Fui buscando su única cantata religiosa conservada, Oh qué brillar, una obra muy vivaldiana que está en un manuscrito de México, pensando que habría también una copia en Barcelona, pero no, y en su lugar me dieron un libro de cantatas italianas que estaba sin catalogar y allí encontré esta obra. La primera aria no tiene da capo, lo cual ya marca una diferencia. Cuando en el Oriente se había grabado una vez, pero con barítono. Está en un solo manuscrito que custodia la catedral de Guatemala. Tiene un desarrollo armónico muy elaborado, y eso la hace mucho más larga que las otras, cada aria dura entre siete y ocho minutos. También es con violonchelo obligado, casi me atrevería a decir que es casi una ópera pequeñita con dos personajes, la soprano y el cello.

-¿Cómo es la escritura vocal de Facco?

-Recuerda mucho a la de Alessandro Scarlatti, que él sin duda conoció muy bien. Pero es interesante también apreciar su evolución, pues la tesitura se va haciendo más cómoda, es como si fuera aprendiendo los límites de los cantantes. La última aria de Clori pur troppo bella está escrita entera muy aguda, es muy difícil. Esto irá corrigiéndolo.

-Ha grabado también tres sinfonias di violoncello. ¿Cómo es la música instrumental de Facco?

-Aparte de conciertos de violín, tiene sonatas para violonchelo, que a veces llama sonatas, otras veces sinfonía y otras balletti, pero la forma es la de la sonata. Están en una colección veneciana, pero el manuscrito es madrileño, porque José Carlos Gosálvez, director de la sección de música de la Biblioteca Nacional de Madrid, lo estudió y encontró que la filigrana del papel era de Madrid.

-Usted combina su labor de intérprete con la de investigador. Sigue centrado en el violonchelo en la España del XVIII. ¿Ha encontrado cosas nuevas?

-Creo que hay más música por descubrir que descubierta. He encontrado música de Porretti, el gran violonchelista español anterior a la llegada de Boccherini, de quien también han aparecido algunas cosas, como del hijo de Brunetti.

-¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo como musicólogo?

-Lo más bonito es ir a las bibliotecas. Los bibliotecarios son seres apasionados de su trabajo, que se saben cuidadores de un legado que hay que dar a conocer. Para mí las bibliotecas son un mundo muy especial. Entro en una y se para el tiempo. Y luego la gran maravilla de nuestra época son las bases de datos con acceso a través de internet. Hay bibliotecas que tienen casi todo digitalizado. La Biblioteca Digital Hispánica, por ejemplo, es extraordinaria. La de Nápoles también lo tiene todo digitalizado, aunque los centros italianos no suelen hacerlo sistemáticamente. Aprovecho todos los viajes para visitar las bibliotecas que me interesan, pero no puedo llegar a todas, y en ese sentido, internet es una herramienta esencial.

-¿Algún proyecto con ese repertorio recién descubierto?

-Manejo varios . El año que viene se cumple el aniversario del fallecimiento de los hermanos Duport, fundamentales en el desarrollo del violonchelo en el siglo XVIII, y algo me gustaría hacer. También me gustaría seguir trabajando con Eugenia y Tomoko: lo próximo creo que será música de Caldara y Scarlatti. Y me encantaría hacer un disco de música exclusivamente española, incluso de música escrita en Madrid en una década concreta. Estoy obsesionado con la ciudad en la década de 1760. La cultura madrileña estaba en plena ebullición. A finales del XVIII, Madrid era un hervidero maravilloso de violonchelistas: Boccherini, Francesco Brunetti (hijo de Gaetano), Pablo Vidal... Hay mucha música aún por recuperar. Tengo que seguir investigando.

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