Al rojo vivo

  • La ceremonia del 'rakú' sube la temperatura a las Jornadas de Puertas Abiertas de la León Ortega

Aunque no es lo habitual, no siempre es necesario recorrer miles de kilómetros para vivir o llevar a cabo tradiciones ancestrales de otras culturas equidistantes a la nuestra. Alguna que otra vez, a la vuelta de la esquina, una persona o un grupo de ellas podrían estar celebrando un ritual medieval tal como lo realizaban los grandes señores feudales de Japón hace cinco siglos. Aunque parezca mentira, y sin salir de estas fronteras capitalinas, y sin Internet de por medio, que ya es decir, justo en el patio de la Escuela de Arte León Ortega, los alumnos del ciclo superior de Cerámica Artística viajan en el tiempo para resucitar el ‘rakú’, unas de sus costumbres más singulares del país del Sol Naciente.

El rakú es una técnica tradicional oriental de elaboración de cerámica utilitaria. Se cree que es originaria de Corea, sin embargo es en Japón donde floreció. Desde finales del siglo XVI, el rakú atrajo a los maestros del té, influidos por la filosofía budista-zen, quienes sintieron un placer singular en este retorno al directo y primitivo tratamiento de la arcilla. Durante la ceremonia del té, los participantes bebían la infusión en vasijas fabricadas por ellos mismos. La palabra rakú significa tranquilidad, pero también ‘diversión’ o ‘felicidad’. Y de esta tradición, el rakú evolucionó en lo que hoy es, una espectacular técnica de cerámica, a adquirir y aprender en la León Ortega, y que, durante estos días, está subiendo la temperatura a las jornadas de puertas abiertas de esta escuela de arte de la capital onubense.

Entre humos y calores límites, los alumnos del segundo curso de Cerámica Artística, se afanan en mostrar a los curiosos espectadores todo el proceso de esta ceremonial técnica. “Ellos en Japón la hacen un poco más exótica”, aclaran. Lo primero, indican, es moldear la pieza y lo segundo darle una mano de esmaltes especiales; según el tono del esmalte, así será el espectacular resultado. Aunque está relacionada con la ceremonia de tomar el té, esta técnica ha evolucionado con el tiempo, con lo que hoy en día, toda pieza y de cualquier formato, realizada en pasta refractaria o gres con chamota puede someterse al proceso que conlleva el rakú.

Proceso que obliga a las piezas de cerámica a soportar una temperatura de 980 grados. “Sabemos si están listas cuando la pieza están al rojo vivo”, observa la profesora Marta de Pablos, mientras abre una ventanilla superior del horno para comprobar el color de la pieza. Una vez ardente, y cuando los esmaltes alcanzan su punto de cocimiento se sacan, en estado de incandescencia y se depositan cuidadosamente, con la ayuda de pinzas de hierro, en unas ‘ollas’ llena de viruta de madera (también se pueden usar hojas de diario u hojas secas de árbol). El contacto con este medio lo incendia y se genera una enorme cantidad de humo. Humo que penetra en la pieza y entra a formar parte de ella, reduciéndola. Los esmaltes reaccionan con el humo y el calor y convierten los óxidos en metales. Luego de varios minutos se sacan de las ollas, el proceso químico se fija bajando bruscamente la temperatura con agua.

Al final, las piezas aparecen con tonalidades, texturas, matices y colores fascinantes y nunca iguales de una pieza a otra, que pueden ser desde rojos metalizados hasta craquelados, nacarados y tornasoles característicos de esta legendaria tradición, al alcance de nuestras manos.

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