"A los enfermos hay que pagarles con afecto, con mucho amor"

  • Reyes Martín está dada de alta y cobra 538 euros por cuidar de su madre

En casa de los Romero-Martín la vida dió un vuelco hace diez años. La madre de Reyes Martín, Matilde Mejugo, era una mujer de mucho carácter y "muy activa" que de pronto comenzó a marchitarse. El Alzheimer se instaló en lo cotidiano sin avisar y lo hizo todo cuesta arriba. "Mi madre empezó con los olvidos: a veces dejaba la cartera en la mesa y no se acordaba y empezaba a buscarla por toda la casa como una loca, o llamaba a una vecina cinco veces al día para preguntarle lo mismo y decía que no la había llamado", explica Reyes mientras su madre la observa desde el balancín del salón.

Entonces Matilde tenía casi 80 años. "Fui a una médica que me dijo que mi madre estaba chocheando, hasta que la vio Arturo Robledo y nos comunicó que tenía principios de Alzheimer". Reyes empezó a leer un libro en el que se indicaba cómo esta enfermedad, cruel, progresiva y sin cura, iba acabando poco a poco con lo que fueron antaño sus moradores: "Me daba tanta pena que preferí dejar de leerlo".

Los tres primeros años fueron "horrorosos". Matilde, que aunque siempre había tenido una personalidad fuerte era muy cariñosa y simpática, se volvió "agresiva y desconfiada, no nos dejaba que la laváramos, ni que la ayudáramos a nada y tuvimos que quitar hasta los pomos de la puerta para que no saliera a la calle o a la terraza sin que nos diésemos cuenta".

Después de ese trienio de calvario para ella y su familia, Matilde tuvo que ser ingresada "y yo pensé que no saldría de esa". Ni siquiera podía moverse de su lecho pero Reyes se resistía "a que mi madre viva sus últimos años empotrada en su cama, como una enferma".

Cuando no hay dinero ni medios, el ingenio es la mejor solución para afrontar los problemas. "Como la silla de ruedas no cabía por ninguna puerta y tenía que trasladar a mi madre por distintas estancias de la casa, la sentaba en una silla de oficina, que cabe por todas partes sin problema".

Resistiéndose a la idea de que su madre permaneciera en la cama para siempre, Reyes solicitó la ayuda de una cuidadora "de la Asociación de Alzheimer". Juntas, "empezamos a levantarla y ya comenzó a dar paseítos desde la cama al salón o al baño". Luego, siempre con ayuda de su marido, Evaristo Romero, o de sus hijas, Reyes acompañaba a su madre a dar paseos cortos "hasta la puerta de la calle o hasta el pasillo del bloque tres veces al día".

Con la enfermedad de Matilde, su vida dió un giro. "Fue durísimo acostumbrarse a ver así a mi madre, aceptar la enfermedad. Después, con el tiempo, te das cuenta de que la agresividad que desprende no proviene de ella, que es la enfermedad". Alaba a su esposo porque "él se ha adaptado a todo, algo que no hacen muchos hombres, desde no salir hasta a no irnos de vacaciones".

Reyes Martín es ama de casa, por lo que ha podido disponer de más tiempo para atender a Matilde. Sin embargo, la necesidad de contar con otra persona para poder moverla ha hecho que para ella y para toda su familia "la Ley de Dependencia sea lo mejor que el Gobierno ha podido hacer por nosotros". Está contenta, feliz.

Preparó la solicitud en mayo y una asistenta social "vino a valorar a mi madre, que es gran dependiente de tercer grado y segundo nivel, y le dije que prefería una paga antes de que me enviaran a una cuidadora". Reyes ha sido dada de alta en la Seguridad Social y ahora percibe un sueldo de 538 euros por la labor que viene realizando desde hace un decenio . "Le pago a una muchacha para que me ayude, una mujer de la Asociación de Enfermos de Alzheimer que ya nos conoce y en la que confío plenamente. La prefiero a ella antes de que venga un cuidador al que no conozcamos". Esto ha servido también para descargar de responsabilidad "a mi marido y a mis hijas".

Desde su sofá beige, Reyes opina que los beneficiarios de la Ley 39 "deberían tener un seguimiento, puede haber algún desalmado que esté cobrando la paga y no atienda bien al enfermo". Dice que a las personas dependientes hay que pagarles "con amor, con mucho afecto, cuanto más, mejor". Su obsesión por cuidar en primera persona a su madre le lleva incluso a "ir a Granada a las seis de la mañana y volver a la dos de la tarde cuando tengo que ir al médico por unos problemas de circulación que padezco. No me fío de que nadie la levante sin que yo esté". Asegura que "mientras mi madre viva, no voy a dejar que la cuide otra persona: ella me necesita a mí".

El día de Matilde comienza antes de las nueve de la mañana. "La lavamos, la arreglamos y la traemos al salón para que pueda desayunar a las 9.30 horas". Reyes explica que a esa hora "toma su desayuno, a las 13.30 su almuerzo, a las cinco la merienda y a las ocho la cena. Me hago a la idea de que tengo un niño chico".

Hace un par de meses, Matilde fue hospitalizada de nuevo tras verse afectada por una neumonía "que creí que no iba a superar", comenta Reyes mientras una lágrima furtiva asoma a sus ojos. Pero su madre, que ya tiene 91 años, se recuperó "y ahí la tienes, como una rosa otra vez: ¿Quién dice que lleva diez años con esta enfermedad?". Ha perdido la memoria, la capacidad para hablar y caminar sola... pero lo que nunca perderá Matilde es la sonrisa.

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