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La verdad de Mary

  • Periférica y Errata Naturae publican 'El club de los mentirosos', una obra en la que Mary Karr, al narrar su vida junto a su atroz y disfuncional familia, marcó un hito en la narrativa memorialística

La escritora Mary Karr (Groves, Texas, 1955). La escritora Mary Karr (Groves, Texas, 1955).

La escritora Mary Karr (Groves, Texas, 1955).

Recuperar el pasado es casi siempre un ejercicio de fe en la memoria, engañosa compañera que ayuda a reconstruir, la mayoría de las veces, una historia personal llena de vericuetos y atajos, de verdades a medias, de realidades entrevistas a través del cristal empañado del pasado, iluminadas apenas por la luz que desprenden ciertos acontecimientos cruciales. Que el resultado de este arriesgado ejercicio pueda ser calificado de narrativa memorialística o de novela depende no tanto de la naturaleza de lo narrado como de la perspectiva implícita adoptada por el narrador. Quizás por eso, El club de los mentirosos de Mary Karr (Groves, Texas, 1955) comienza con una explícita declaración de intenciones que sitúa al lector ante el enfoque correcto. La autora declara su voluntad de hablar fielmente de su infancia y de su familia y, tras contar una truculenta anécdota que ya adelanta el cariz de la narración, justifica su postura esgrimiendo un argumento poderoso: "Cuando el destino te pone en bandeja unos personajes así, ¿para qué inventar nada?".

Sin duda nos encontramos ante un libro de memorias singular. Ya cuando se publicó hace más de dos décadas en Estados Unidos fue recibido por la crítica con perplejidad y asombro, no únicamente por los acontecimientos narrados, sino por la forma en que son contados. Ahora, vertido al castellano por Regina López Muñoz, tenemos la oportunidad de enfrentarnos a la terrible historia de Mary y su familia, una historia de miedo, inseguridad y desconsuelo. Es difícil imaginar el grado de incertidumbre y desprotección que pueden llegar a soportar los niños que se crían en familias en las que los progenitores son incapaces de ofrecerles un mínimo de cuidado, en las que el alcohol, las peleas y la violencia física y psíquica son el pan, a veces el único pan, de cada día. Karr nos cuenta su historia sin atenuantes, sin aplicar paños calientes, con una claridad apabullante. Duele leer estas líneas desapasionadas en las que, sorprendentemente, no hay rencor, en las que no se intenta en ningún momento -o en casi ningún momento- llevar a cabo un ajuste de cuentas.

Quizás por eso, como cuenta ella misma en el prólogo de la obra, esta narración ha sido capaz de llegar a tantas personas heridas que han encontrado en la historia de Mary un trasunto de la suya. El club de los mentirosos, confiesa Karr, ha servido para que mucha otra gente reconozca y ponga voz a sus propios miedos, gente que se le ha acercado tras una presentación o una conferencia y que le ha confirmado el carácter redentor de este relato.

Sorprende que el reclamo publicitario de la contraportada de este libro sitúe la historia en el terreno de la "tragicomedia" cuando la realidad es que nos encontramos en el terreno de la tragedia extrema y sin paliativos. Puede que la confusión provenga quizás de la marcada naturalidad de la narración, de su falta de artificio para hablar de situaciones extremas, incluidas las dos violaciones sufridas por la protagonista cuando no tenía más de 8 años. Estamos ante una narradora extraordinaria, capaz de poner en pie un cuento de terror sin aspavientos y contarlo poniendo toda la carne en el asador, mostrando las heridas abiertas, pero sin recrearse en ellas, sin victimismos.

Conmueve la ternura con la que intenta comprender los desvaríos de una madre que bebe hasta caer inconsciente, que se despreocupa de ella y de su hermana y que incluso intenta atacarlas con un cuchillo. Conmueve también el cariño por su padre, un hombre rudo y también bebedor, que, sin embargo, comparte con ella la intimidad masculina del grupo de amigos al que pertenece: cazadores y jugadores que forman parte de ese club de los mentirosos en el que circulan anécdotas exageradas y del que su progenitor es el rey. E impresiona su vigoroso retrato de la América profunda.

No podemos descartar que en la reconstrucción de ciertos acontecimientos la autora haya echado mano de su imaginación. El lector se puede preguntar cómo es posible que Karr recuerde, por ejemplo, detalles tan peculiares como el brillo de los ojos de su madre mientras conducía borracha una noche concreta o la ropa exacta que llevaban ella y su hermana el día en el que su tétrica abuela llegó a su casa para pasar una larga enfermedad y, finalmente, morir. Pero estos detalles, que añaden consistencia al relato, no deben ser entendidos como faltas a la verdad, sino que, muy al contrario, son parte fundamental de la biografía de la autora tal como ella la ha revivido al escribir estas páginas.

Desde muy pequeña, Mary Karr encontró en la palabra su particular tabla de salvación, en la poesía un breve reducto de conexión consigo misma, en el oficio de narrar una manera legítima de dar forma a su mundo. Tal vez por eso, El club de los mentirosos sea una de esas historias reales que sobrepasan toda ficción, demasiado bien hilada para ser del todo verdad, o al menos eso es lo que nos gustaría creer.

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