Tampoco se las prometan muy felices

El triunfo de Zapatero dibuja un panorama razonablemente halagüeño para el Gobierno al haberse quedado tan sólo a siete pasos de la mayoría absoluta. Este dato presagia una legislatura cómoda, incluso plácida, pero nada es lo que parece.

La marea bipartidista no ha podido con CiU y PNV, las dos grandes fuerzas nacionalistas, que siempre han vendido caros sus apoyos en Madrid y que ahora vuelven a ser decisivas para la gobernabilidad. Felipe González ya sobrevivió entre 1993 y 1996 gracias al apoyo de Jordi Pujol y ahora la federación catalana parece llamada de nuevo a ser el socio natural. Un respaldo que el renovado inquilino de La Moncloa busca pero que aterra a los socialistas catalanes, los mejores costaleros de Zapatero con sus 25 escaños. Artur Mas quiere mover la silla a Montilla y aprovechará la nueva aritmética para exigir contrapartidas (como dinamitar el tripartito para que gobierne CiU, la fuerza más votada, en Cataluña) aunque el president ya ha dejado claro en Ferraz que su Gobierno no se toca. Las turbulencias, pues, están servidas al oeste.

Y al norte también pintan bastos. Por muy boyantes que hayan venido siendo en los últimos tiempos las relaciones entre el PSOE y el PNV, ese reférendum sobre el derecho a decidir que el lehendakari está decidido a convocar en octubre es un nubarrón que puede arruinar cualquier acercamiento. Y la iniquidad etarra se desmelena .

No. Esta legislatura no es tan idílica como parece. Las dos fuerzas nacionalistas señeras siempre van del brazo, han salvado los muebles tras el tsunami bipolarizador del 9-M y ahora exigirán, por ejemplo, reconocimiento en la UE o su cupo de magistrados en el Tribunal Constitucional, o...

Y por si quedaba alguna duda de que esto no va a ser un camino de rosas para Zapatero, obsérvese que el PP también salió reforzado de las urnas. Y con sus antecedentes, nadie está en condiciones de asegurar que la crispación haya dicho la última palabra.

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