La campaña intenta aliviarse de la gran resaca

  • Rajoy admite que se equivocó al extenderse sobre la guerra de Iraq y el 11-M en su segundo debate con Zapatero · El líder socialista desempolva el "no os fallaré" para los jóvenes

Se acabó lo que se daba. Esas tres horas de furibundo cara a cara, de puño en rostro y de alta tensión de las que salió magullado hasta el segundo de los moderadores ya son historia. Una espera de quince años es carne segura del cañón de la ansiedad, aunque inexplicablemente el segundo y presumiblemente decisivo debate entre Zapatero y Rajoy del pasado lunes cosechó menos expectación que el del 25 de febrero. Quizá porque no hay morbo alguno como el de la primera vez. Quizá porque se repetía el formato anestesia de la espontaneidad y lo único que cambiaba a priori era el orden de los turnos de palabra y la disposición de las sillas (Zapatero a la derecha y Rajoy a la izquierda, de la pantalla). Quizá porque muchos desertores pensaron que el pescado ya se vendió en el primer asalto... No estaban del todo desencaminados, pero se perdieron varias escenas si no memorables, bastante perdurables, golosos botines para la hemeroteca enemiga.

Pero el paisaje del día después fue ayer casi idéntico al del martes pasado. Los respectivos tenores del PP y del PSOE cantaron victoria, unos más alto que otros, y las minorías (un saco en el que entran fuerzas votadas por más de un millón de personas como Izquierda Unida, la ilustre víctima de la Ley d'Hondt), clamaron de nuevo contra el bipartidismo. Al cielo y al Tribunal Supremo, al que llegaron a pedir que suspendiera el cara a cara del lunes en aras del pluralismo informativo y que ayer se mostraban decididas (IU, PNV y CiU) a llevar el asunto y la pataleta hasta el mismísimo Tribunal Constitucional.

Pero ellos, Zapatero y Rajoy, siguen a lo suyo. Quizá, en el colmo del cinismo, los dos más fundados candidatos a la Presidencia del Gobierno hasta se desearon suerte el lunes después de tirarse como posesos unos cuantos platos a la cabeza. Lo cortés no quita lo valiente. Ambos llegaron al Palacio Municipal de Congresos de Madrid besando el santo de la cordialidad, según declaró ayer la moderadora, Olga Viza, que admitió, no obstante, que durante el interregno de los cinco minutos de publicidad "el silencio se podía cortar con un cuchillo". No fue ajena a la refriega, pues desde las filas del PP le llovieron ayer chuzos de punta afilada por no cortar por lo sano las constantes interrupciones de Zapatero a Rajoy en sus exposiciones. El líder del PSOE, ese "mentiroso compulsivo", es también "muy maleducado", sentenció ayer la presidenta madrileña, Esperanza Aguirre desde el coro del santo reproche.

Ahora les toca emplearse a fondo en los tres días de campaña que quedan para convencer a la legión de indecisos. El domingo, los españoles les pondrán en su sitio. Quedan cinco días, tres de campaña. Y hay que mostrarse humanos. Y admitir que ellos, los políticos, como el resto de mortales, también se equivocan. Como el hijo pródigo por Navidad, la autocrítica se deja ver entre los visillos electorales. Ayer se la echó al hombro Mariano Rajoy. "Probablemente no debería haber debatido tanto tiempo sobre un tema sobre el que los españoles ya han emitido juicio, la guerra de Iraq y el 11-M, que es el argumento favorito de Zapatero", admitió ayer el candidato del PP, que sufrió la chanza inmediata de Zapatero. "Esto si que va a ser exclusiva mundial, señor Rajoy... ¡decir que yo apoyaba la guerra de Iraq después de las decisiones que hemos tomado!". El líder del PP no parece haberse zafado del todo de la alargada sombra de Aznar, mucho menos agraciada de cara a la galería extramuros del PP que la de Rodrigo Rato, que le acompañará en la recta final de la campaña, quizá en Sevilla, pasado mañana.

Zapatero tampoco tuvo una noche feliz contabilizando y comparando los muertos de ETA. Ayer se dedicó a hacer guiños con fruición al voto joven, desempolvando ese no os fallaré que estrenó en 2004. Y, claro, siguió hablando de Iraq, declarándose "feliz y orgulloso de haber sacado de allí las tropas".

Así se las ponían a Felipe II.

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