Del Dios Toro

Siete 'victorinos', pero ninguno memorable

  • Rompiendo una vieja costumbre, Victorino trajo a Sevilla, con su corrida, un sobrero · Ese sobrero terciado recordó el estilo de los toros que Ruiz Miguel llamaba "alimañas"

NADIE se esperaba en Sevilla una corrida de Victorino Martín como la que vino a salir. De siete y no seis toros, porque, rompiendo con una tradición impuesta por el propio ganadero, se embarcó uno de reserva. Y acabó saltando. Más incierto que propiamente fiero ese sobrero.

Demasiado terciado para ser sobrero y para serlo en Sevilla y en feria. Y tan incierto que estuvo en un tris de buscarle a El Cid la ruina, porque en arreón inesperado se le vino al pecho mientras bregaba. Si no es por la Providencia, lo atraviesa o lo ensarta el toro, que en el suelo lo volvió a prender. Y todavía luego lo cazó durante el trasteo de muleta. Artera pécora, endiablada prenda.

A los toros de encaste Saltillo que sacaban la listeza de los predadores les puso un día Ruiz Miguel un nombre: alimañas. Ruiz Miguel, tan competente y tan capaz, figura en los anales como el torero que más corridas de Victorino ha matado de toda la historia. Victorino lleva como ganadero y criador de esa rama de Saltillo de su casa más años, muchos más, que el marqués de Albaserrada, que fundó la ganadería y puso el hierro en candelero: una A mayúscula con una corona entre ducal y marquesa. No hace tanto se hablaba todavía de los albaserradas de Victorino. Ya no más. Sino de victorinos y punto.

Lo cual obedece no tanto al genio inteligente de Victorino como a la lógica. En 2015 cumplirá Victorino sus cincuenta años como ganadero. Los de ahora, cuarenta y cuatro, son años más que de sobra. Por tanto, el registro de Ruiz Miguel tiene de sobresaliente el dato añadido de no haber habido nadie que haya nunca matado en España y Francia tantos toros de Saltillo. Ni Joselito el Gallo en su intensa vida segada en flor. Ni Belmonte. Nadie. Todo eso da autoridad a la invención de Ruiz Miguel. La historia de las alimañas.

Ruiz Miguel mató unas cuantas. Y no pocas. La historia del toreo es, a corto plazo, ingrata por sistema. Ingratitud es el olvido. Y de la manera de disponer Ruiz Miguel de las alimañas ha dejado de hacerse mención.

No se trata de traer a colación la historia de Ruiz Miguel cada vez que se lidia una corrida de Victorino. Entre otras cosas, porque Victorino ha pasado a lidiar al año veinte corridas de toros y alguna más. Lo que ocurre es que aquel toro alimaña que Ruiz Miguel estuvo despachando durante casi dos décadas ha pasado a ser, dentro de la ganadería de Victorino, una suerte de rarísima avis. ¿En peligro de extinción?

Para que el sobrero que por tres veces cogió a El Cid hubiera entrado propiamente en el capítulo de las alimañas, habrían sido necesarias las dosis de fiereza que ese toro tan incierto no tuvo. Las alimañas que tanto hacían sufrir a los toreros de la época se quedaban en las zapatillas o se metían hasta por debajo de los pies y de los vuelos. Y, según entraban en suerte, atizaban el trastazo a las pantorrillas. El toro artero de verdad no se viene al pecho. Busca más por debajo de la cintura. O al arrepentirse a mitad de viaje.

Victorino ha dulcificado la estirpe. No haca falta ser arqueólogo: están grabados en cine los toros aquellos. Los antepasados remotos de esta corrida toda de ayer tan sorprendente. Sorpresa porque ni los toros de fondo correoso llegaron a defenderse con el estilo del toro de correa. Sino que fueron muy mirones o andarines. Ni los toros buenos, y bueno fue el noble cuarto, llegaron tampoco a darse ni a romper. Y otra sorpresa: ha sido de siempre muy difícil torear de salida con el capote a un victorino. Y ayer, de pronto, Morante lo hizo. Maravillosamente.

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