Toros

Un ramillete de naturales congracia a Padilla con Madrid

  • El diestro jerezano brilla en el toreo con la izquierda, pero pierde premio tras una estocada caída · De la descastada corrida de Samuel Flores, se salvan cuarto y sexto

GANADERÍA: Cinco toros de Samuel Flores y uno de Agustina López Flores, en primer lugar, en conjunto bien presentados. Primero, manso, noblón y muy flojo; segundo, manso, se desentendía de la muleta; tercero, con movilidad, aunque sin clase; cuarto, con un gran pitón izquierdo; quinto, áspero; y sexto, manso y con un gran pitón izquierdo. TOREROS: Juan José Padilla, de verde y oro. Casi entera (silencio). En el cuarto, estocada caída (saludos tras petición). Luis Miguel Encabo, de blanco y oro. Dos pnchazos, metisaca en los bajos y otro pinchazo (silencio). En el quinto, cuatro pinchazos y descabello (silencio). Iván Garcia, de lila y oro. Estocada defectuosa (silencio). En el sexto, estocada (saludos tras aviso). Incidencias: Las Ventas. Miércoles 26 de mayo. Lleno.

El personal quería atisbar, desde el malecón de Las Ventas, embravecidas embestidas de los samueles, pero se encontró con marmolillos que flotaban en el ruedo. Toros de pétrea e imponente fachada, coronados por hermosas arboladuras, pero con horchata en las venas.

En la corrida de Samuel Flores -uno de los hierros predilectos de la afición madrileña- prevaleció la mansedumbre y la falta de casta. Ningún toro repitió como para que naciera esa rima imprescindible que es la ligazón, esencial para que suene la buena música del toreo. Sin embargo, dos astados salvaron la tarde: cuarto y sexto, en una corrida de espadas-banderilleros, que no brillaron precisamente en el segundo tercio.

Juan José Padilla, gracias a un ramillete de naturales de gran suavidad, se reconcilió con el público madrileño, con el que mantenía un litigio. Si nos atenemos al primer islote de alegría que se vivió en la sosa tarde, hay que centrarse en el cuarto, Trompetaco, que para llevar la contra a sus hermanos, cumplió en el caballo. Padilla, con agallas, lo recibió con tres largas cambiadas de rodillas en las rayas. Comenzó la faena con la diestra, por donde el animal se vencía, y no hubo nada. Con la izquierda, tras una tanda entonada, dibujó naturales despaciosos en una serie brillante. Otra más, con aislados naturales de mano baja, fueron de oro. Un recorte o un farol fueron el epílogo de una faena inteligente, en la que el torero siempre ganó la acción al toro, al que no permitió que se marchase suelto. Una faena limpia y templada, que rubrió con un espadazo caído. Posiblemente, la colocación de la espada fue decisiva para que el público se frenara a la hora de ondear los pañuelos. Hubo petición, pero no fue suficiente. Y Padilla se negó a dar la vuelta al ruedo.

El primer toro, manso y noblón, fue protestado desde que pisó el ruedo por su invalidez. Con el ambiente en contra, Padilla invitó a su compañero Encabo a banderillear. Tras cumplimentar el segundo tercio envuelto entre protestas, brindó su faena a Diego Robles. En la labor, muletazos y más muletazos sin que aquello calase; entre otras cosas porque al toro, por su carencia de fuerzas, tampoco se le podía bajar la mano.

Iván García, que toreaba su primera corrida de la temporada, reivindicó, por su actitud y (por momentos) buen toreo, que merece más oportunidades. El sexto, De Velilla, ostentaba dos velones que quitaban el hipo. Destacó por su buen pitón izquierdo y además tuvo fondo. El rubio torero madrileño logró hasta cuatro tandas al natural, en las que hubo varios muletazos de muy buen trazo. Precisó de un descabello tras una estocada y todo quedó en una fuerte ovación y saludos.

Iván García, que ha mejorado notablemente tras volver con José Antonio Campuzano, se pasó de metraje ante su primero, en un trasteo de escaso relieve con un astado que se movía, pero al que le faltaba clase.

Luis Miguel Encabo desentonó negativamente. Porfió sin frutos ante el tercero, un manso que se desentendía de la muleta. Por cierto, cuando banderilleaban los espadas al astado, Julio Campano, capote en mano, perdió pie y quedó en la arena a merced del toro, que le tiró un viaje al pecho, sin acertar a cornearle. Por un momento, sobrevoló la reciente imagen dramática de Aparicio. Ante el áspero quinto, el torero complutense anduvo sin ideas. Ante ambos astados, manejó pésimamente los aceros.

Quién lo iba a decir. Después del enfrentamiento con el 7 hace tres sanisidros, un ramillete de naturales -que no las banderillas- sirvieron para sellar la paz entre Juan José Padilla y el público venteño.

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