Del Dios Toro

Contundente aperitivo del Conde de la Maza

  • Seis toros de llamativo descaro en el regreso de la ganadería a la serie ferial de abril · Corrida de las de sufrir: un primero y un cuarto dificilísimo pero un notable quinto

CUANDO eran todavía diez las corridas de la Feria de Abril, la primera y la última eran por sistema las dos duras de roer. La última, la de Miura. O la penúltima, porque arraigó la tradición de cerrar serie en lunes festivo pero no feriado con toros de los Guardiola, de la rama Pedrajas. De eso hace ya algunos: de los lunes de Guardiola.

No es nueva la costumbre de que para romper el fuego se juegue en Sevilla una corrida de las de armas tomar. Ahora que los festejos de abono de abril han pasado a ser casi veinte, lo único que permanece inalterable en ese punto es el nombre de Miura, que es cuando cae el telón. El domingo de feria, con todo el pescado vendido y la gente saciada y exhausta. Al crecer la feria por delante, la corrida dura de la apertura dejó de ser una sola. Dos, tres, cuatro y hasta cinco han llegado a ser los aperitivos.

Tan contundentes. No está del todo claro si abren el apetito o quitan las ganas de comer. Y el sueño. Cebada Gago, Cuadri, Palha, Victorino. Etcétera. Dentro de ese capítulo ocupó en su día un puesto muy nombrado el Conde de la Maza, que ha abierto feria más de una vez. Del hierro del Conde se tiene siempre en la reserva una corrida para Sevilla. No ha habido apenas año en que no haya lidiado en la Maestranza y en Madrid, que no todo el mundo se atreve ni puede ni quiere. Pero hacía cierto tiempo que no se lidiaba una corrida del Conde en la feria. Se abrió como de carambola un hueco este año y por el hueco se metieron los toros. Con ellos, la curiosidad. Se esperaba una corrida muy seriamente armada y no hubo la menor sorpresa.

Hay quien dice que el toro más astifino que ahora mismo se cría en el campo andaluz es el de Cebada Gago. Pero habría que echarles un pulso a Cebada y al Conde de la Maza. Todo lo que lleva sangre de procedencia Núñez da muy astifino, pero en algunos toros del hierro del Conde lo de astifino parece hasta gruesa palabra. Pitones como agujas o ganchos carniceros. Aquí no vale apelar al tópico de que lo que impone de un toro no son los cuernos sino las intenciones. En el toro tipo del Conde las intenciones son los pitones y viceversa. Dan mucho miedo. Lo mismo en el toro pérfido, como el primero de los seis lidiados ayer, que en el noble y generoso, como el quinto de corrida.

Los pitones hacen nudos en la garganta. Las intenciones, sí; el volumen, también; el movimiento, de acuerdo. Todo eso impone. Pero, por si acaso, una corrida del Conde de la Maza, esta misma de ayer en Sevilla, para que nadie se olvide de cuál es la burla mayor del arte de torear: ponerse delante de tales cabezas de toro.

El toro notable de la corrida, templado en muletazos buenos de Luis Vilches, fue, sin embargo, un toro lidiado sin acierto ni fortuna. Y, luego, nunca del todo sujeto en un mismo terreno o en un sitio definido, preciso e impuesto. Torear supone conocer las querencias de los toros. O adivinarlas e intuirlas. No contrariarlas sin razón. El juego de las querencias va implícito en una de las razones mayores de una faena de muleta: su orden. Los artistas geniales, que no abundan, suelen ser aliados del desorden toreando. Pero no de las faenas caóticas. La excepción tiene sus normas. La relativa docilidad del quinto y la bonanza del altísimo sexto paliaron el acre y áspero sabor de dos toros de temible condición: un primero listo y artero, el dedo en el gatillo y apuntando a la garganta, y un cuarto de muy agresivo estilo. Pura violencia.

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