Semana Santa

José Vargas, en el Domingo de Ramos eterno

SEÑOR del Amor, recíbelo con el mismo cariño que él habló siempre de ti.

Dejadme llorar por un momento al amigo, que mi corazón rechace lo que mi razón tampoco comprende. Dejadme sentirme solo, aunque sea por un momento, y le rece al Señor del Amor, ante esa estampa que él nos regaló, para que nunca caigamos en el desaliento ni nos falte su luz y permanentemente nos siga bendiciendo. Ahora os hablo de él.

Querido Pepe Vargas, gracias. Gracias por ser un amigo, no solo mío. Sería muy pequeño y egoísta por mi parte hablar hoy en primera persona. Si algo digo que así lo parezca, perdonad.

Amigo de todos. Sí, lo he dicho siempre, porque viví más allá de un momento. Conocí de cerca a la persona, al cofrade íntegro que lo dio todo, a un onubense de casta que no se doblegaba por nada, al buen esposo y padre de familia. Además, como otros muchos, tuve la suerte de conocer al amigo, al que pude considerar alguien muy cercano, entrañable, amable, cariñoso, a quien en casa todos le querían... Sabes, Pepe, los niños te han querido siempre, cuántos en el despertar en la mañana de Reyes Magos soñaban con la gente de la Sagrada Cena. Con ese amanecer jubiloso por El Polvorín, o los que esperaban que las puertas de su casa se abrieran el día 6 de enero con la ilusión que les traías en ese día único de amistad. Eras un padre para todos. Nobleza que engrandece al hombre.

Venías con tanta gente, con muchos de los tuyos, porque sabían que eras persona entregada y fueron siempre tus colaboradores.

Sí, en esta ciudad de nuestras entrañas, tendría que haber muchos Pepe Vargas. Se debería acuñar como una marca de Huelva la de Pepe Vargas. La persona que no tiene desaliento, la ilusionada, la que se superaba ante las adversidades, quien ante las dificultades ponía una sonrisa y todo lo que hiciera falta por los demás. La que se levantaba antes de que por el barrio de San Francisco o la Plaza Niña el sol ni siquiera se vislumbrara. Un magnífico profesional, un trabajador excelente y cualificado. Ahí estaba él, abriendo las calles a un nuevo día, a una ilusión.

Cuántas personas como tú hacen falta en esta Huelva nuestra para que de verdad camine, que agradecen al Señor el trabajo realizado y la fuerza para dedicarle a la ciudad todas las horas libres y las que se les robaba al sueño para engrandecerla.

Hoy hablan de los jóvenes y yo quiero hacerlo de aquellos que también con el paso del tiempo os hicísteis personas maduras y abuelos, para que sepan que muchos como tú aprendieron en la Sagrada Cena a entusiasmarse de la cofradía cuando érais unos chavales. Tanta ilusión, que os hicísteis hombres en la hermandad y formásteis familia por siempre vinculada a ella. No me puedo olvidar de tus otras hermandades, de aquí de Huelva y de diferentes sitios de España, porque todos te apreciaban y correspondías integrándote en ellas.

Te alegraba de quienes con juventud se acercaban a la Sagrada Cena y a la Semana Santa. Conseguiste formar un equipo maravilloso. Me consta que hoy todos se sienten con orgullo amigos tuyos y agradecidos de que tuvieras las inquietudes necesarias para trabajar por la Semana Santa de Huelva, cuando de los éxitos de ahora nada se podía pensar. Sólo acababa de empezar. En aquel momento la cuestión era sacar los pasos y en la actualidad La Cena tiene las mejores cuadrillas de quienes todavía cuentan con el honroso título de llamarse hermanos costaleros; de los que le pusieron música a los cultos o a la salida de la cofradía, de los diferentes grupos jóvenes que vitalizaron una casa de hermandad cuando nadie sabía lo que era eso. Es que en la Hermandad de la Sagrada Cena se inventó todo hace muchos años, a ser una verdadera escuela de cofrades. Eso se le debe a una persona, a José Vargas Tallón, e igualmente a una pléyade de cofrades que estuvieron unidos a él. A todos ellos hay que reconocerles su contribución a lo que hoy es una gozosa realidad: la Hermandad Sacramental de la Sagrada Cena. En esa generosidad de sacrificio, de abnegación, de muchas horas... estaban Pepe Vargas y sus compañeros de la hermandad. Entendió rápido lo que el Señor del Amor pregona: reunirse con un grupo de apóstoles para hacer grandes cosas.

Aquella Semana Santa fue posible, la más difícil de todas, la de la transición, cuando nadie apostaba por ella. Pepe Vargas estuvo ahí y con toda su generosidad nos regaló el esfuerzo de tantos momentos, no sólo en su hermandad, sino en la Unión de Cofradías. Cuando algunos miraban para otro sitio, a él le preocupaba esto y consiguió darle el empuje que necesitaba nuestra Semana Santa, para sembrar lo que hoy gustosamente se recoge, muchos años después de tanto trabajar sabiendo que nada caía en saco roto. Dotó a la Unión hasta de sede.

Pepe Vargas, además de cultivar amigos, consiguió forjar un estilo de cofrades. Es la Generación Pepe Vargas, a la que él supo inculcar a todos sus valores, y en especial a muchos de los que hoy rondamos el medio siglo, de lo que nos sentimos orgullosos. Aprendimos tantas cosas, en los muchos máster que recibimos en la Universidad Cofrade de Huelva, de la que eras su rector magnífico. Gracias por todo lo que hemos aprendido de ti. Esperamos poder trasmitir el cariño inmenso que nos enseñaste a nuevas generaciones, a profesarlo a Huelva, a sus cofradías, a su gente. Difícil será que lo hagamos con todo el cariño que siempre le ponías a las cosas, con tu amabilidad y entrega. Intentaremos seguir aprendiendo. Nos queda tu sonrisa.

Te has ido en las primeras horas del Viernes de Dolores. Es, sin duda, una víspera dolorosa de la Semana Santa, pero nos reconfortará recordar esa imagen tuya controlando aquellos días, por la carrera oficial, la instalación de los palcos. ¿Saben? Lo que todavía se monta fue el adelantado sistema Pepe Vargas, fácil de instalar y económico.

El Domingo de Ramos siempre tendrá una luz especial en Huelva. Esa se la diste tú, querido Pepe Vargas. Que todos los serafines que le ofreciste al Señor del Amor salgan a tu encuentro. Que la música que te acompañe a ese momento glorioso de un Domingo de Ramos eterno sea la del tintineo hermoso y solemne de los rosarios que un día le pusiste al palio de tu Señora del Rosario, para que cuando baje por la alameda, cubierta por el cielo cargado del sol dorado que le regalaste, y se acerque a Huelva, nada más que exista esa música, la del rezo de unas letanías. Entonces podremos volver a saber que la gloria puede ser una realidad presente si todo lo vivimos con cariño, porque nos conduce a esa senda de amor en la que tú, hombre bueno, sembraste para quienes estuvimos a tu lado y nos sintamos siempre orgullosos de lo que marcaste en nuestro corazón, donde vivirás por siempre mientras nos quede un latido. Pepe Vargas, te queremos.

Te seguiré buscando cada Domingo de Ramos. Que compartas la morada eterna con el Dios del Amor que pregonaste aquí en la tierra.

Descansa en paz, en ese sitio de la Gloria que tú te mereces.

Eduardo J. Sugrañes

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