Tribuna

Juan Villa

Tras el cristal

Tras el cristal Tras el cristal

Tras el cristal

En la Gran Vía hay una fiesta.  Una fiesta de lujo. Una fiesta algo frenética, carnavalesca.
Nos cuenta un cuento de H. G. Wells como un personaje, un niño, que vagabundea perdido por un barrio desangelado y sucio de la ciudad “llegó hasta una puerta verde que había en un muro alto y blanco, todo cubierto de yedra, y, al abrirla, se encontró un jardín encantado. Había algo en aquel ambiente que transmitía alegría, que fomentaba una sensación de ligereza y optimismo y bienestar; había algo allí que hacía que sus colores resultaran limpios y perfectos y sutilmente luminosos. En cuanto uno entraba en él se sentía deliciosamente alegre, allí todo era hermoso”. Algo así sucede al traspasar la puerta de cristal –de la misma materia que el espejo de Alicia– de la sala de exposiciones de la Diputación de Huelva en estos días, parece como si Wells la hubiera traspasado y le inspirase el cuento.  
Al entrar en la sala –magnífica por cierto–, formas y colores que te invaden, te apabullan, te empujan a participar en esa parada de tonos puros, deslumbrantes, de formas  impúdicas, atrabiliarias, que cuestionan los órdenes viejos de la composición y hasta de la misma física, como en Chagall: enormes perros que vuelan, personajes que se contorsionan buscando su sitio en unos espacios tomados, rostros deformes que te miran…y gafas, muchas gafas; una sugerencia, algo perversa quizás, del autor que nos acucia a corregir nuestra miopía para poder mirar cabalmente su obra, a eliminar esa cosa borrosa de lo convencional que oscurece la mirada de la inteligencia, la mirada del alma.
Sigue Castro Crespo fiel a sí  mismo, como esos grandes narradores de voz inconfundible, de timbre personalísimo, siempre el mismo, pero que siempre también te vienen a contar una historia nueva; le vienen a dar otra vuelta de tuerca a su discurso, a mostrarnos otra faceta de su  talento, un talento deudor del humor, esa cosa tan difícil para todo creador –pinte, escriba, haga cine, teatro…– y que es marca de los grandes, desde el viejo Cervantes a Jardiel o a Berlanga… o a Botero o a Buly –que lo precedió en la misma sala hace unas semanas– en la pintura.   
El personaje del cuento de Wells termina por salir del jardín, abre la puerta en el muro y vuelve a la ciudad, a la grosera realidad. Ese niño terminará por convertirse en un importante político y, aunque la buscará a lo largo de toda su vida, nunca dará con la puerta.  Es probable que con los años la miopía le hubiera ido creciendo, que hubiera perdido la claridad y la limpieza en la mirada de aquel niño que un día la traspasara. Es la mirada del niño la que el pintor nos pide para acercarnos a esta nueva entrega de su obra, una mirada exenta de prejuicios; y si carecemos de ella nos propone que utilicemos gafas –o lentillas, tanto monta– que nos aclare la mirada y las ideas. 
Hace décadas escribí un artículo sobre una exposición de Castro Crespo –al que ni siquiera conocía por entonces ni en persona ni en obra– fue lo primero que vi de él. Y me impactó. Creo recordar vagamente –ha pasado mucho tiempo– que cerraba aquella columna diciendo que además de una ría y un barco velero, Huelva tenía para su orgullo a Castro Crespo. Hoy lo sigo manteniendo.

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